Homenaje a Miguel Ángel Ibáñez (2) / La reforma que bajó al profesor de su altar

Vista general de los talleres de LA SAFA. Fotografía: Carlos Rojas.

Homenaje a Miguel Ángel Ibáñez (2)

La reforma que bajó al profesor de su altar

Uno de los profundos fracasos del sistema escolar es reducir la enseñanza a las materias académicas a aprender. Lo decía insistentemente Miguel Ángel Ibáñez, padre de la reforma educativa en la escuela La SAFA-Riotinto. Y junto a esta crítica, solía añadir que no son los alumnos quienes deben adaptarse al profesor sino al revés, los docentes tienen que estar al servicio de los chavales para resolver dudas o dificultades. Era una manera de que la realidad social entrase en la escuela. Esa utopía pedagógica que tan buenos resultados dio –en opinión de profesores, padres y alumnos–, duró solo tres años pero confirmó que otra Formación Profesional es posible y que el alumno puede ser el protagonista del proceso de su propia maduración con un guion elaborado por toda la comunidad educativa, incluido el alumno.

Por ISAAC MACHO

A los pocos meses de ponerse en marcha la reforma educativa en la Escuela de FP de Riotinto (1969-70), los primeros sorprendidos fueron los propios alumnos que quedaron perplejos ante el trato humano y académico que recibían por parte de la dirección del centro y de los profesores. Un cambio profundo en la manera de enfrentarse a una formación integral, cercana y revolucionaria, que estimulaba su, hasta ese momento, tradicional desgana por asistir a clase.

También los padres notaron esa transformación vital de sus hijos y muchos de ellos se preguntaban dónde se escondía el milagro. Y el prodigio no era otro que a los alumnos en la Escuela se les trataba como personas responsables lo que daba pie a que la sintieran como propia y participaran democráticamente en el proceso de su instrucción. Acostumbrados a sufrir una dictadura académica, el cambio de mentalidad les ofrecía una reforma educativa en la que los profesores no estaban al servicio de un plan de estudios sino al servicio de su formación.

Leonardo Arroyo, alumno de la escuela y trabajador durante toda su actividad laboral en Astilleros de Huelva, afirma que su paso por La SAFA marcó “el devenir” de su vida. Una vida llena de reivindicaciones en todos los ámbitos, especialmente en el sindical donde su militancia activa en Comisiones Obreras le sirvió para mantener una postura ética y de compromiso con los demás. Sindicalista “a la antigua usanza”, como se define, “nunca tuve pesebre”, siempre “dispuesto a ayudar a quien lo necesitara. Eso lo aprendí en La SAFA”, algo que lleva muy a gala.

Manuel Aragón, formado en Electricidad en las aulas de la Escuela de Riotinto, todavía conserva las fichas y los cuadernos donde seguían el proceso de aprendizaje en las clases de manera un tanto autogestionaria.

Consiguió su primer trabajo en Abengoa (Huelva) sin necesidad de realizar prueba alguna “porque nuestra escuela tenía fama, era garantía de que estábamos bien preparados”, se jacta de ello.

A pesar de su formación como electricista, Aragón reorientó pronto su vida laboral hacia la fotografía donde lleva más de 40 años y sus recuerdos del “gratificante” sistema con que aprendían los tiene todavía muy frescos. No olvida el cambio de método educativo que vivió en primera persona, pasando de una fórmula tradicional donde “el profesor estaba en un altar”, a otra manera de entender la enseñanza en la que el docente pasaba a “ser un compañero”. “Para mí ese cambio fue fundamental”, remacha.

Y junto a estos aspectos generosos de la educación recibida, tampoco quiere callar otros signos igualmente elogiables de la Escuela como eran las sesiones de debate cargadas de espíritu crítico, el hablar en público, la seguridad que proporcionaba dialogar con el resto de compañeros, acostumbrarse a hacer preguntas continuamente…

Y ¿qué juicio elaboran, casi cinco décadas después, quienes promovieron aquella experiencia de renovación educativa? Tomás Alberdi, director de la escuela de Formación Profesional, considera que uno de los hitos de aquella reforma se cimentaba en “buscar fórmulas para lograr que todos los alumnos se esforzaran y mejoraran su nivel tanto en lo profesional –mecánica, electricidad…– como en las carencias que pudieran tener –lenguaje, escritura, cálculo básico–, o en los temas de educación general”.

En el camino para lograr el esfuerzo de cada uno de los chavales, “lo más difícil era conseguir que los buenos alumnos rindieran todo lo que podían”, dice. En esa intención de conseguir la implicación de los educandos, otra de las tareas primordiales de la dirección de la escuela se orientaba a “hacer un seguimiento de los alumnos que terminaban, tratando de ver si les habíamos preparado correctamente”.

Grupo de alumnos de La SAFA en 1971. Fotografía: Carlos Rojas.

Acabar con la leyenda negra de la FP

Al respecto, Manuel Aragón tiene grabada a fuego la leyenda negra que escuchaba con frecuencia a su alrededor: a los alumnos de Formación Profesional “se nos decía que no podíamos seguir estudiando porque teníamos una preparación inferior”.

Sin embargo, el antiguo alumno de la SAFA tiene su propia respuesta fijándose en el espejo de la trayectoria de sus colegas. “A todos los compañeros y amigos que conozco que estudiaron ingeniería en la Universidad, procedentes de la SAFA, no les costó sacar sus carreras más que al resto de universitarios, lo cual demuestra que nuestra base era sólida”, asegura.

Carmen Lampaya llegó a Riotinto desde Madrid para abrazar su primer trabajo, “sin ideas pedagógicas, solo con intuiciones” y se vio obligada a elaborar su modelo no solamente en el trabajo sino también en relación con la sociedad y su implicación social. En un tiempo récord tuvo que asumir “la responsabilidad que como persona creía tener”.

El paso por aquel laboratorio pedagógico en el que se trataba de “implicar a todos para que crecieran y avanzaran unidos hacia un mayor desarrollo individual fue una vivencia digna de orgullo”, matiza la bióloga.

Aquella primera referencia profesional le sirvió a la joven profesora para aprender, también ella, que el alumno es el actor de su aprendizaje y que el estudiante debe estar en el centro de la acción pedagógica, del conocimiento y de la comprensión de su entorno. Sin olvidar tampoco otra pieza esencial del engranaje educativo: el trabajo en equipo de los docentes.

En el caso de Tomás Alberdi, ingeniero industrial, la dignidad de esta propuesta educativa no estaba relacionada con la humildad del centro que dirigía ni con la lejanía de los grandes templos del poder educativo, siempre urbanos. Muy al contrario. Aquella reforma emprendida en la remota y marginada cuenca minera de Riotinto no conllevaba “complejos en nuestras posiciones respecto a la situación de la sociedad y las minas de Riotinto”. Sin necesidad de comprometer a la escuela, los responsables de La SAFA llevaban la cabeza alta, reflexiona pasados los años, “pero sin genuflexiones ante las autoridades de la zona: directivos de la compañía minera, delegado de Educación, delegado de Trabajo, etc.”.

Miguel Ángel Ibáñez, primero de la derecha, con gafas de sol. Fotografía: Carlos Rojas.

Resucitar a los cadáveres académicos

Y en lo alto de la pirámide que resume las consideraciones del planteamiento de la reforma educativa en la Escuela, se sitúa otra referencia nada menor. Entre las preocupaciones de Alberdi figuraba “la decisión de no echar a ningún alumno, salvo que nos fuera absolutamente imposible lograr que la escuela le sirviera para algo”.

Pasado casi medio siglo de aquel compromiso ético, educativo y social de profesores y alumnos, todos a una con la escuela SAFA de Riotinto, la luz de aquella peripecia educativa, profunda, tardará tiempo en extinguirse.

Varios libros, una tesis doctoral, la lectura humana y didáctica de primera mano de sus protagonistas y otros parlamentos en distintos foros impedirán que la lumbre se apague fácilmente.

“Estoy muy satisfecho de todo”, resumía Miguel Ángel Ibáñez cuando le preguntaba, unos meses antes de morir, sobre las llamas que había prendido aquel fuego didáctico en la comarca minera. Y continuaba: “Desde el punto de vista humano, lo que más satisfacción nos produjo, te podría decir que fue lo que llamaríamos la resurrección de los cadáveres académicos. Me refiero a aquellos alumnos que, fracasados humanamente en Primaria, vinieron a la fuerza a Formación Profesional con un bagaje académico de segundo o tercer grado, mal digerido, y cambiaron de tal manera que algunos de sus padres nos dijeron que qué habíamos hecho con su hijo que eran otras personas…”

Carmen Lampaya, ahora jubilada y con una dilatada experiencia docente, habla de nostalgia, de quizás haber empezado la casa por el tejado, de haber llegado al final sin pasar por el principio, de un sueño…, olvidando que las utopías cuando se comparten entre muchos dejan de ser sueños para convertirse en realidad.

¿Por qué –se pregunta Tomás Alberdi– los partidos políticos, los sindicatos, el Ministerio de Educación y las empresas no afrontan de cara una Formación Profesional que se adapte con criterios objetivos a las profesiones que se necesitan? ¿Por qué esas entidades y organizaciones han considerado a la FP, década tras década, como un buen silo para colocar a sus allegados y dejarles disfrutar de un sobresueldo? Alberdi también cuestiona las razones por las que la FP tiene que parecerse al Bachillerato y por qué se ha permitido tanta rigidez en los planes de estudio. La falta de respuesta a tantos interrogantes, durante tanto tiempo, provocó que muchos docentes optaran por abandonar la Formación Profesional. Tomás Alberdi fue uno de ellos. Mal final para el comienzo de una gran etapa innovadora.

 

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

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