Calendario (8)

Calendario (8). © Ilustración: Avelino Fierro.

Después de 125 entregas (y tres libros consecutivos, publicados en Eolas Ediciones), el autor anuncia que va a dejar de escribir el “Querido diario” por algún tiempo, que necesita un cambio de rumbo… Y abre nueva sección, “Calendario”, asimismo ilustrada. Esta es su octava entrega:

CALENDARIO

8

Por AVELINO FIERRO

Tumulto de gaviotas, claros manteles de la tarde, estandartes, griterío, impulsos entrecortados del corazón. Todo se diluye, como la blanca cresta de las olas, sumiéndose en la orilla; como el verdeazulado del agua. Todo ha resbalado hasta ser engullido por el mundo ignoto que hay tras el corte frío y profundo del horizonte. Cae la noche y no llega desde ese telón lejano –que por unos instantes fue de plata desbruñida– ninguna sirena ni toque de campana ni graznidos ni gotas de melancolía de esa herida en el centro de la luz. Nada. Hemos venido al Norte y apoyados en este muro que siente la podredumbre de la sal y el agua, miramos la noche. En lo oscuro, allí, abajo, un débil chapoteo. Cristales negros eclipsan ya todo el aire. Una polilla vacila entre la luz dudosa de una farola. Todo es ahora tan indeciso como las cuentas de la vida si uno las extiende sin la pasión de los sueños. El Tiempo siempre es ocaso. Y los minutos constantes como el fluir irremediable de las olas, en todos los días y noches, haya o no alguien acodado como estamos nosotros ahora en este balcón salvaje. Y el color del tiempo es negro o de un gris manchado. Como el mar, como el color de aquellos cuadros de Miguel Galano que vimos por primera vez hace unos veinte años. Esta vez ha pintado el atardecer y no las noches del mar y de la costa. Vegetaciones que besan un acantilado, nubes que van o vienen sobre la tierra o el agua como trenzadas bandadas de pájaros, el viento que sopla como un fantasma blanco, ese instante detenido o indeciso o inestable antes de que empiece a llover, la estela de una gaviota y la luz de algunos barcos, barcos de pesca en la noche, pequeños como lágrimas sobre la piel del agua, solitarios como sílabas de un hídrico lenguaje. ¿Cuánto tiempo ha pasado, Miguel, desde que escribí sobre tu pintura y el mar aquellas líneas de un noviembre con lluvia, que no sé si titulé “Visión del ahogado”? Ahora, allá, a lo lejos, enciende el faro su mirada triste. Y en la altura de las grúas zancudas del muelle luces rojas crotoran y aletean como pestañas. Yo no sé si esos nidos del astillero son testigos para el amor, como en el poema de E. Bishop. No lo sé. Como no sé medir el espacio entre esas luces y mis ojos, ni los días que han transcurrido desde que vinimos por primera vez a mirar en este lugar la noche. El Tiempo no es indulgente, y su linaje es áspero, aunque hasta mí lleguen ahora recuerdos como velas extendidas, casi amables. Sopla también el viento en mi corazón. Alzado contra el tiempo quedará el rostro de tus pinturas, Miguel. Y, como un murmullo de espumas, puede que este pequeño homenaje.

 

Un Comentario

  1. José Luis Avello Álvarez

    Siempre poético y, por ende, pintor. ¿Viceversa? Sí también. Captar el movimiento-tiempo; darle luz-color y sentimientos. Y a partir de aquí podemos mezclar nuestra memoria e imaginación para poder hacer nuestro lo tuyo y también lo de Miguel Galano.

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