“Crónica de un ermitaño cibernético”

© Fotografía: Óscar García Bárcena.

Nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, dentro de su sección “Trazos de sombra” sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. En esta ocasión busca contar “cómo cada vez más nos vamos alejando más y más del mundo real, del mundo de verdad, para adentrarnos en otro virtual y, en parte, espurio…”. / Ilustrado con una fotografía de ÓSCAR GARCÍA BÁRCENA.

CRÓNICA DE UN ERMITAÑO CIBERNÉTICO

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

Despierta en medio de la noche, últimamente despierta todos los días en medio de la noche. A tientas coge el móvil, lo enciende, mira la hora, las tres y diecisiete, dos me gustas, lo apaga, consigue conciliar el sueño, pero a las seis y veinte, diez minutos antes de que suene el reloj, despierta de nuevo. Antes de levantarse repasa en Facebook los recuerdos de hace uno, dos, cinco años. No ve nada que le parezca especialmente digno de compartir. Bajo la ducha piensa lo que colgará hoy, la ducha le inspira, pero esta mañana no se le ocurre nada que trasmitir a los cuatrocientos treinta y ocho amigos virtuales que tiene. Se viste, se dirige al metro. Camina rápido en medio de una lluvia improvisada y fina. Son las vías del tren reverberando en el andén descubierto las que le provocan esa especie de revelación que reconoce de inmediato. “Ya está, la tengo”. Sin pensarlo dos veces hace la foto, la cuelga, “Luz de verdad” la titula.

Al llegar al trabajo saluda a sus compañeras, todas mujeres, arracimadas en torno a la pantalla del ordenador. Hablan del viaje que hará una de ellas dentro de unas semanas a las Islas Maldivas. Le hastían soberanamente sus conversaciones que giran en torno a familia, compras, excursiones, y para esquivarlas busca refugio en el mostrador de la ventanilla. Mira su móvil. Ya tiene seis me gustas. Con el dedo en la pantalla revisa abstraído los post de sus compañeros virtuales. Se detiene a leer los últimos comentarios que le hacen a E. E., una joven y explosiva mujer que, tras declarar que ha sido abandonada por su pareja, lleva una semana sin levantarse de la cama. Él la sigue, le da morbo esta situación. A las nueve en punto se dispone a dar aburridísimas citas médicas durante cinco aburridísimas horas.

Pero nada más empezar, una mujer acompañada por su hijo protesta por la fecha de una prueba.

—¿Qué dice? Mi hijo no puede esperar tanto a que le hagan la resonancia— y, en un aparte, añade en voz baja: —Nos acaban de decir que tiene un tumor que hay que quitar.

—Es la primera fecha que me sale en el ordenador, señora.

—No hay derecho. ¡Dentro de tres meses! La Seguridad Social funciona de pena, de pena, ya se lo digo—, la mujer se desespera, agita mucho los brazos y, como si hubiera dejado de importarle que el chaval se enterara de lo que le pasa, añade: —¡Pero no ve lo malito que está!

Está harto de escuchar ese discurso de lo mal que funciona la Seguridad Social que se repite a diario. Él no es médico, no tiene esa responsabilidad. Mira al chaval, menudo y blanquito, y es verdad que tiene cara de estar muy enfermo. Puede decirle que vuelva a hablar con el especialista para que le fuerce la cita. También puede revisar de nuevo en el ordenador. No es la primera vez que rebuscando encuentra un hueco. Pero en vez de eso, mira a la mujer que le mira desafiante. Al final ella claudica:

—Está bien, démela.

Coge la cita y, sin despedirse, se va malhumorada. Aprovechando que no hay nadie en la ventanilla revisa el móvil. Los me gustan han ascendido a doce. Y aunque siempre sale a desayunar a media mañana, aprovechando este momento de parón pide a su compañera que le sustituya. En el fondo le apetece tomar un poco de aire. Al salir ya no llueve. El resto de la jornada transcurre sin incidentes.

Come al llegar a casa, se echa un rato, se queda entrevelado. A las cinco menos diez suena el teléfono. Por los números que aparecen en pantalla sabe que es su madre. Deja que siga sonando. Su madre siempre se queja por todo y está tan harto de oír sus continuos lamentos que la verdad es que cada vez espacia más las visitas a su casa. Antes iba todos los domingos, ahora a veces pasan quince días sin verse. La llamará más tarde. Los me gustan, quince en total, han dejado de subir. Tiene la teoría de que cuando un post se detiene se queda ahí para siempre. Y le da un poco de rabia porque la foto de las vías le parece muy sugerente. Claro que él tampoco tiene tantos amigos virtuales como por ejemplo E. E. Introduce su nombre en el buscador y aparece la imagen de la mujer envuelta en unas sábanas azules. Es la última entrada desde que su novio la dejó, sin embargo, los comentarios que ya van por ciento ochenta, no dejan de subir. Piensa una frase, “No merece la pena quien no te merece”, la escribe. Es la primera vez que le pone algo. Sale de su muro. Busca amistades, últimamente aparece mucho esa chica, S. Z., de ojos grandes y tristes que está delante de una pagoda. A veces ha pensado pedirle amistad y hoy se decide.

Pone una lavadora, va al súper, mientras espera en la cola descubre con sorpresa que S. Z. le ha aceptado como amigo. Está deseando volver a casa para escribirle. Cuando llega va directo a su cuarto, se tumba en la cama.

Le da las gracias por Messenger.

De inmediato recibe contestación.

—Hola desde Japón.

Japón, piensa. Cuanto más lejos mejor. Una vez quedó con una amiga virtual frente a la estatua del Ángel Caído y fue un auténtico desastre. Tanto que al volver a casa la bloqueó. Desde ese aciago encuentro procura no comprometerse con nadie. Cuando eso pasó, hace dos años, tuvo una crisis horrible, se aisló, no quería ver ni hablar con nadie. Un día lo consultó con una psiquiatra del trabajo que le dijo que con las nuevas tecnologías había surgido una especie de ermitaños cibernéticos que, incapaces de establecer relaciones sanas con quienes tenían al lado, vivían absorbidos por el mundo virtual.

—Pero tu perfil pone que eres de Albacete.

—Sí, llevo dos años en Japón, vine por una beca de estudios, me quedan otros dos. Echo de menos España, pero hasta el verano no podré volver.

—Yo una vez estuve en Albacete— miente. —Por cierto, tu foto de perfil es muy interesante.

—Gracias, a mí me gusta mucho la tuya de las vías.

Sale, entra en su muro, ve dos me gustas, uno de S. Z., otro de E. E.

E .E nunca le puso nada. Y ello le hace sentirse un tío con suerte. Un iluminado. Regresa al Messenger.

—Me alegra que te guste.

La conversación se prolonga hasta bien entrada la noche.

 

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