Estrellas del rock que se vieron en la ruina

Jerry Lee Lewis, 83 años, ha sido perseguido por la Hacienda estadounidense casi toda su vida, y llegó a tener más de 20 acreedores, hasta que se declaró en quiebra y lo embargaron.

Por CARLOS DEL RIEGO

De vez en cuando se sabe de personajes que estuvieron en la cima y que luego se ven en situación de necesidad; muchos deportistas y no pocos músicos, actores y artistas de toda especie caen con cierta facilidad en el despilfarro y el descontrol, y suelen terminar en la ruin ruina.  En los mercados del rock & roll se ha dado tal fenómeno muchas veces, afectando la bancarrota incluso a estrellas que se pensaban por encima de asuntos financieros.

La cosa suele afectar más a quien alcanza el éxito durante un breve espacio de tiempo, puntualmente, pero también golpea a algunos con muchos años de experiencia en este negocio; músicos de gran prestigio que han ganado sumas enormes y que, por una causa u otra, de repente se ven con las cuentas corrientes en rojo, las propiedades embargadas y otras preocupaciones de índole económico.

El eterno Jerry Lee Lewis ha sido considerado casi desde sus inicios como uno de los grandes pioneros del rock & roll. Sin embargo, desde el punto de vista económico siempre ha estado escaso de fondos, con deudas y, lo que es peor, con Hacienda siempre en su chepa. A finales de los años setenta del siglo pasado el fisco le reclamaba 275 de los grandes, y como no tenía con qué hacer frente a ese pago fueron a su casa los inspectores y se llevaron más de cincuenta piezas para subastar; pero la cosa no fue bien, no despertó mucho interés y se recaudaron menos de cien mil $. Apenas cinco años después fue acusado de evadir impuestos, pero eludió la cárcel por los pelos; meses después la Hacienda de USA (IRS) regresó a su casa para llevarse lo que fuera: una moto acuática y un toro mecánico. A finales de los ochenta su deuda ascendía a dos millones a Hacienda y otro a más de 20 acreedores entre abogados, hospitales, hoteles…, lógicamente se declaró en bancarrota. Desgraciadamente, la vida le ha golpeado más duro que la economía: está el escándalo de su matrimonio con la chica de 13 años, la muerte de su hijo de 3, la de su otro hijo de 19, la de sus esposas… No parece una vida feliz.

El gran David Crosby (inolvidable con The Byrds, imprescindible con Stills y Nash y Young) parece haberse estado buscando su propia ruina durante años. Sus desgracias siempre han procedido de la terrible combinación de drogas, armas de fuego y automóvil. El caso es que el tío se la pega con el coche, viene la poli y le descubre con la nariz manchada de coca y una pipa en la guantera; meses más tarde repite, pero en una disco en lugar del coche; a mediados de los ochenta le dejan el libertad condicional tras conducir borracho y sin carnet; meses después estrella el coche ‘colocao’ hasta las cejas y con la pistola entre los trastos de manejar el polvo. Multas, sanciones, pagos y drogas y alcohol lo llevaron a la cárcel y a la bancarrota total. En 1985 vivía en la habitación que un amigo le prestaba, quien también le dejaba la ropa. Crosby (77 años) calcula que habrá despilfarrado no menos de 25 millones.

Lo curioso es que hay ocasiones en que el deudor se declara en bancarrota como medida para eludir pagar, pero no porque esté realmente en quiebra. Así lo hizo Tom Petty en 1979 (y luego otros colegas), quien ideó esa estrategia para librarse del contrato abusivo con su discográfica (en un enrevesado asunto de venta de derechos de una disquera a otra sin contar con él). Petty había vendido muy bien sus dos primeros álbumes y sus correspondientes singles, pero con los papeles en la mano la compañía se quedó con casi todos los beneficios (él declaró que había firmado ‘coaccionado y engañado’). Y entonces grabó y publicó otro Lp al margen de la discográfica, la cual lo denunció y le obligó a pagar más de medio millón, así que se declaró en bancarrota sin estarlo realmente; lo malo es que la demandante le prohibió incluso actuar. Pero la situación tampoco era buena para la empresa, y dado que Tom Petty ya era una gran estrella y podía vender mucho más, los ejecutivos se lo pensaron mejor y dieron un giro total a su estrategia: le firmaron un nuevo y jugoso contrato, esta vez sin letra pequeña.

Uno de los discos más vendidos de la historia del rock, el ‘Rumours’ de Fleetwood Mac debería haber pagado las facturas de todos sus integrantes el resto de sus vidas. Pero no fue así, al menos no para todos. Ocho años después de aquel bombazo, Mick Fleetwood, batería y fundador, se declaró en bancarrota; su principal problema es que él no firmó ninguna de las canciones, por lo que su parte de las ventas fue mucho menor que la de sus compis que sí componían. De todos modos, ganó ‘pasta gansa’, pero se la gastó en coches, casas de lujo, equivocadas inversiones, fiestas y mujeres, aunque no (demasiado) en drogas. Y cuando el grupo dejaba de trabajar porque cada uno hacía sus cosas en solitario, Mick ingresaba poco para sus necesidades. Y así ha estado durante décadas, tanto que hace unos años declaró que no recordaba cuántas veces se había declarado en bancarrota.

Mucho se habló del caso del cantautor canadiense Leonard Cohen. Durante los años noventa del siglo XX vivía de las rentas de sus éxitos pasados, sacando discos cada cinco o seis años y tomándose las cosas con mucha calma (incluso se retiró a un monasterio), ya que estaba convencido de que en sus cuentas corrientes había números de con siete cifras. Pero un día, en los primeros años de este siglo, se enteró de que le quedaban unos cien mil dólares y bajando. Su manager Kelley Lynch se había quedado con gran cantidad e incluso había ingresado más vendiendo derechos sin que Cohen se enterara; aquel se defendió acusándolo de vivir a todo lujo y que por ahí se había escapado el dinero, pero Cohen demostró que Lynch había cargado facturas a su cuenta, la última apenas una semana antes de descubrirse el pastel. Lógicamente lo despidió, pero el tiparraco aun intentó sacar pasta de la cuenta de Cohen. Sus abogados (para pagarlos tuvo que hipotecar su casa) calcularon en unos 9 millones de dólares lo que Lynch la había trincado. Así que se declaró en quiebra y, en 2005, ya con 71 años, volvió a grabar y a la carretera para tratar de levantar cabeza. Murió diez años más tarde.

Hay más casos, como el del cantante texano Meat Loaf, quien siempre sospechó que vendía mucho más de lo que su discográfica le decía, cosa que pudo demostrar en los años noventa gracias a las nuevas tecnologías; demandó a la compañía por millones y fue demandado por ésta por muchos más, hasta que no le quedó más remedio que declararse en quiebra total para evitar más demandas, aunque perdió prácticamente todo, incluyendo su casa y los derechos sobre sus discos. Otro estadounidense que se vio obligado a optar por la declaración de bancarrota es el polémico Ted Nugent; parece que el tipo era muy espléndido con todos y tenía un bolsillo fácil en los años setenta, cuando vendía millones; pagaba sustanciosas gratificaciones a músicos, agentes, representantes, ‘roadies’ (pipas), contables, abogados…; además, también gastó ingentes cantidades en inversiones disparatadas, como la cría de unos caballos bastante raros (‘clydesdales’), un hotel en una de las ciudades con mayor índice de delincuencia de EEUU (Flint, Michigan) o una granja de visones, todo lo cual fracasó estrepitosamente; para 1980 tuvo que declarar la quiebra, aunque no tardó demasiado en recuperarse.

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