Los descansos de Hércules (1) / Matar el tiempo feroz

Hércules lucha con el león de Nemea (1634), óleo de Zurbarán expuesto en el Museo del Prado.

” Poco se habla del descanso de los héroes míticos, empeñados como estamos en saber de hazañas y peligros sin pararnos a pensar que las personas (y los semidioses, que son mediopersonas) necesitamos reposar”

Por LUIS GRAU LOBO

Los héroes también descansan. De hecho, sobre todo descansan. Les ocurre lo mismo a los soldados cuyas batallas describen una existencia apurada y temeraria, pero que la mayoría del tiempo no hacen sino combatir a su enemigo más recalcitrante: el aburrimiento. Poco se habla del descanso de los héroes míticos, empeñados como estamos en saber de hazañas y peligros sin pararnos a pensar que las personas (y los semidioses, que son mediopersonas) necesitamos reposar. Además, en esos alivios afrontamos pequeñas proezas que nos permiten resistir las pruebas que la holganza pone ante nuestra desnortada capacidad de adaptación. De aquí en adelante –y solo por ser verano– nos ocuparemos de las heroicas pruebas estivales, de cuantas afrontamos para llevarlo a buen término. Experiencias y hazañas que tienen lugar cada año pero que no por ello son indignas de aquellos trabajos hercúleos tan famosos como en ocasiones discutibles.

Es conocido que Euristeo, impelido por el oráculo délfico (y quizás también por celos, quizás por amor), encomendó a Hércules probar su valía. Su primer trabajo consistió en acabar con el león de Nemea y, de paso, hacerse con su piel invulnerable, desde entonces protección del héroe y símbolo de su poder. Por su parte, la primera tarea del veraneante consiste en acabar con la fuerza irracional que lo amenaza el resto de los meses del año y vestirse su piel broncínea como signo de esa victoria. Matar el tiempo, esa bestia con garras de acero y piel coriácea, he ahí la primera gesta.

Una curiosa publicidad noruega que se creyó real, anunciaba una isla del círculo polar ártico –llamada Sommaroy, ‘isla del verano’, en noruego– dispuesta a abolir el tiempo como medida para una vida mejor. Toda vez que allí los ritmos solares del día y la noche no tienen sentido, pues ambos duran meses, entendían que sin la tiranía de la medición del tiempo se encontrarían más cómodos. De hecho pedían a los visitantes colgar sus relojes en el puente que une la isla al continente, como se dejaban los colts a la entrada del poblado en los wésterns. Sin embargo, más allá de los ritmos astrales solo renunciamos a medir el tiempo como una excepción. Y el tiempo detenido debe ser breve o acaba con nosotros.

La física nos enseña que el espacio es creado al ritmo del tiempo, una dimensión que solo cabe recorrer en un sentido. La detención de la flecha del tiempo, aunque imposible, puede sin embargo obedecer a recursos psicológicos. Por eso, a pesar de que siga su curso para otros, somos capaces de aminorar su velocidad y hasta paralizarla, aunque el precio a pagar sea elevado. El tiempo estival con sus estiramientos y demoras se despliega imperial y vasto al principio hasta que nos ahoga con su distensión o con su final inadvertido. Pero aún es pronto, estamos comenzando. Vistamos la piel de la fiera muerta y sentémonos a disfrutar de las esforzadas jornadas en que pretendemos atravesar un verano sin relojes.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 7 de julio de 2019,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

 

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