Distopías de cercanías

Por LUIS GRAU LOBO

Se llevan las distopías, esas ficciones entre futuristas y espeluznantes que pretenden advertirnos sobre «lo que hubiera sucedido si», mediante el artificio de armar una fábula más o menos detallada de su realización. Se definen como una contra-utopía o utopía negativa, pero a menudo se dirían la pesadilla de un iluminado. Desde siempre han tenido hueco en la narrativa, pero su notoriedad ha oscilado según la época esté o no para esas congojas. La nuestra parece una de ellas. Lo que fueran novelas impares de Huxley, Bradbury, Philip K. Dick y muchos otros, y una tentación para cualquier escritor (hasta Delibes ensayó una), ha regresado a la primera línea con adaptaciones de éxito, como ‘El cuento de la criada’, incluso del cómic en películas súper taquilleras que abusan de ello, como ‘Vengadores: End Game’.

A veces este tipo de sustos o muertes se quedan cortos. ¿A quién antes de Hitler se le hubiera ocurrido Hitler? O no se imaginarían –¿Trump antes de Trump?–. Por otro lado, los grandes cataclismos y cambios súbitos nos embelesan con su manera casual de explicar la realidad, como si fuera un premio de lotería que lo cambia todo. De repente hay dinosaurios y de repente no los hay. Pum. Un meteorito y se acabó. Una batalla y desaparece un imperio. Pero casi nunca sucede así, todo se desarrolla paulatino y vulgar hasta que nos percatamos.

Un ejemplo típico de esas conjeturas suele ser que Hitler (ya van dos citas) hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial, o que el planeta sea arrasado por una invasión extraterrestre, una guerra atómica o cualquiera de las muchas opciones que propicia nuestra estupidez, insuperable arma de destrucción masiva. Sin embargo, me quedo con hipótesis más modestas, como la de Bertín Osborne, que nos previene desde su distópica mansión: si Felipe González se presentara, él le votaría. Como autor de utopías inversas Bertín tiene mucho crédito para mí. Aunque se quede algo corto, quizás por no revelar su presciencia de golpe. Imaginen que Felipe González no ha perdido ninguna elección y sigue presidiendo el gobierno desde 1982. Se me hace que todo seguiría igual: González habría sabido hacer de Aznar, Zapatero, Rajoy y Sánchez a la vez, por turnos y entreverados. Algunas multinacionales se habrían quedado sin un consejero de postín y algún bonsái adornaría aún la Moncloa. Puestos en este plan, ¿se imaginan que hay elecciones cada pocos meses y sale siempre el mismo resultado? Hace décadas en Italia pasaron un rato entretenido con este sistema… ¿Se imaginan que Valladolid fuera la capital de la comunidad autónoma? Igual ponían allí las Cortes, la presidencia, las consejerías… ¿Y una provincia de León independiente? La gobernarían Silván o Suárez-Quiñones o… Y así con todo. Aterrador.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 22 de septiembre de 2019,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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