Calendario (23)

© Ilustración: Avelino Fierro.

Después de 125 entregas (y tres libros consecutivos, publicados en Eolas Ediciones), el autor anunció que iba a dejar de escribir el “Querido diario” por algún tiempo, que necesitaba un cambio de rumbo… Y abrió nueva sección, “Calendario”, asimismo ilustrada. Esta es su vigésima tercera entrega:

CALENDARIO

23

Por AVELINO FIERRO

A Perfecto Andrés Ibáñez, que un día de 2007, en aquella librería de Via delle Botteghe Oscure, encontró el libro “Inventario de la casa de campo”, de Piero Calamandrei.

Gracias quiero dar por estos recuerdos de la vida en el campo y de los días de la infancia. Están en las páginas de este libro, como lo están en esas fotografías encontradas en el cajón de la vieja cómoda cuando desmontas la casa de los padres. Veo al mío con su amigo M. en la Vespa, o en lo alto de una torreta en aquella fortificación de África; cielo redentor. Todos vosotros habéis conservado también esa foto del padre: de joven, con aquellos amigos ultramarinos en una terraza del Ensanche; en la ladera del Bodón; en Via Mazzini, entre un grupo de teddy boys; ya jubilado de maestro, mirando el agua del pantano; en aquel lugar del norte, y tú estás a su lado… Ese pasado chamuscado, un mundo desastre del que nadie vuelve. Sólo quedan archivadas algunas iniciales y fechas que se van borrando cada vez más. ¿Cómo haréis para recordarme cuando muera? En este libro también está el padre, abogado, que va y viene en vacaciones desde el pueblo a la ciudad. Y las libélulas, la hojarasca en el suelo bajo la que un mundo diminuto prepara sus habitaciones para el invierno, la sonrisa de una muchacha que no sabemos si se halla en sus ojos o en su boca. Cuclillos, oropéndolas, cigarras en la canícula y trémulos grillos otoñales. Un mundo de medias colinas y pingües prados sobre el que el narrador –dice– camina de puntillas y retiene el aliento para no perturbar su hechizo. Yo subrayo, queriendo hacerla más mía, esa imagen más urbana, cuando por una depresión entre los cerros, hacia Florencia, se puede vislumbrar al fondo, despuntando entre el vaho de la niebla, el capullo lila de la cúpula de la catedral. Aquella ciudad, de colores grises y ocres con un brochazo azabache cuando surgía el brillo del río al anochecer. Allí, aquellos días de verano, en aquella habitación entre el Arno y la Galería, yo también fui feliz. Bebo ahora esa agua del recuerdo que se filtra intermitente. Adormilado en la tumbona, en el campo, en este día del final del verano. Gracias quiero dar por estas masas oscilantes de árboles y la sonrisa del viento. Por el milano que pasa ahora delante de mí, raudo, que ha cruzado a propósito para rasgar este poema. Por los bulbos de tulipanes y jacintos, escondidos cual zafiros en la tierra, que esperan la llegada de otra primavera. Por las gotas que se deslizan entre los ladrillos de las paredes del pozo. Por las nubes, que se sonrojan cada vez que las miro. Porque a veces, como en esta hora del atardecer, parece menos penetrante el aroma del tiempo. Pèrdimi, Signore, ché non oda gli anni sommersi taciti spogliarmi…

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