Cada vez única, el fin del mundo

Cada vez única, el fin del mundo

El poeta y crítico literario Miguel Casado (Valladolid, 1954) continúa con su sección en TAM TAM PRESS. Bajo el epígrafe de “Tienda de fieltro” (título de uno de sus poemarios emblemáticos) periódicamente irá desgranando sus reflexiones al hilo de distintas lecturas, en una reivindicación de la escritura como manera de estar en el mundo y de reinventarlo. Su segundo artículo está dedicado a los libros del poeta de Tierra de Campos Luis Ángel Lobato.

Miguel Casado.

Por MIGUEL CASADO

Cuando, en uno de los primeros libros de Luis Ángel Lobato (Medina de Rioseco, 1958), se lee: “donde una vez imaginé la silueta del mar”, se evoca una imagen que conocemos los que fuimos niños del interior, síntesis perfecta de la imaginación y la ausencia; recuerdo la zona portuaria que cada domingo distinguía yo a lo lejos, más allá del tendido de cables de la vallisoletana calle de la Estación. En Lobato, una reiterada imagen marina da nombre a una pérdida que es raíz de su mirada, carencia irreparable que se asocia a existir, y sus poemas asumen el espacio de lo elegíaco, aunque rehúyan su tópica buscando un ámbito que acoja lo personal. Conocí a Luis Ángel antes de que empezara a publicar, fui leyendo sus libros; pero ha sido el último, Unos ojos en la travesía, el que me empujó a releer todos los anteriores, y a preguntarme por ese lugar.

Si al principio el poeta explora una memoria de la infancia que es reconstrucción de una atmósfera personal y colectiva, como un recorrido entre las ruinas que a menudo se dispersan por Castilla, enseguida la mayoría de sus libros va a insistir en la centralidad del amor y el análisis de la pérdida amorosa. Opción temática, sí, porque el tema parecería inscribir su obra en una tradición –petrarquista, romántica– y, a la vez, conferirle su verdad. Por eso tiene mucho interés su trayectoria para apreciar de qué modo esto es y no es así.

La pérdida subyace y aun precede al trazado de la historia, que nunca está contada, no enlaza anécdotas. A veces asume tintes inciertos, parece asunto de la escritura más que de un exterior biográfico. Sin embargo, esto no impide que su presión sea obsesiva, un pulso que decide la vida –y este vaivén, esta pasión imprecisa y extrema imprimen un sello muy peculiar. Es un sueño fechado en 1984 el que se adelanta a interpretar la separación amorosa última, posterior en tres décadas, y así el final de la historia se asemeja mucho al principio. Mientras esto se devana de manera constante, su línea emotiva se va haciendo escritura y mundo con la potencia de un mito, el denso depósito de siglos de literatura, una inclinación a la prioridad de la palabra.

Son los ojos la imagen que articula, en sus recurrencias, el curso de este trayecto sin movimiento: los ojos del , que ofrecen referencia –y ya entonces en la privación– desde los lejanos poemas de Galería de la fiebre –“me asomo a la inquietud final / del abandono, / a los días sin tus ojos”– hasta los recientes, que resuenan a lo largo del último libro –“tus ojos / cruzando la amnesia / de aquella travesía”. Los ojos del yo, también, que muy pronto empiezan a presentarse como estancados, parálisis entre los sedimentos de una vida inmóvil, de una repetición tan intensa que no se siente como tal. Ojos estancados, ya no órganos de percepción, sino obsesivos vigías de la memoria, regidos por un ensueño que no distingue entre lo ocurrido y lo deseado, tela de araña a la que se adhieren los datos de lo real y lo irreal. Aunque el tono de los primeros libros es muy diferente al que se impone a partir de Brillante y Lámparas, y su lengua es otra, el espacio de esta poesía quedaba ya constituido en el abismamiento de aquellos ojos. Se habla de una realidad, pero esta nunca aparece; las palabras apuntan a una experiencia, pero su núcleo de palabras no parece ubicarse en el mundo: “habito / dentro de aquella esfera / transparente / que una vez me concediste”. Lugar mental, esencial, lugar sentimental que el poema garantiza y preserva: el énfasis en la eufonía, el sabor retórico de los adjetivos en los libros iniciales, es seguramente la forma de ese cuidado.

La convulsión a que este lugar es sometido por Brillante (uno de los apagones que suele sufrir por desgracia la edición de poesía hizo que este libro de 2005 no se publicara hasta 2016), y por el extraordinario Lámparas, recuerda que el poeta se juega su mundo en la lengua. Un extrañamiento léxico en el que dejan huella los relatos de ciencia-ficción (“una luz desprendida en el músculo del cielo”) o las películas del género negro, una fragmentación que impide cualquier engañosa fluidez, pues la interrupta sequedad reduce a astillas, a esquirlas, las frases a la manera de una vida también en añicos, también obstruida. El espacio está estancado, el tiempo no transcurre; pero los poemas generan otra clase de temporalidad: momentos encendidos que hablan por sí solos, un juego de fechas manejado por el azar, “los efectos fluctuantes de las bombillas, / sus nerviosas ligaduras” –juego de luces y pulsiones que se asociaría al rock–, grumos de emoción, “un calendario de pasadizos”. Esta clase de temporalidad establece el escenario, se hace espacial en la voz: “bajo a la calle y busco tus palabras / entre las travesías del tiempo”, a veces se cree escuchar una conversación ausente, un diálogo sumergido. La forma es el contenido.

El arquetípico lugar sentimental es ahora un lugar existencial, allí donde se vive, allí donde se es. Aunque las imágenes se cierran como coloridas bolas minerales, brillo en el intersticio de los hechos, la vida se manifiesta transparente. Hiere. “Las madejas de la noche / entre rescoldos de azar”: más que “lámparas” los poemas son chispazos, brotes de yesca, aspereza cortante. O “hendiduras” que remiten a las discontinuidades de la ciencia-ficción. En los dos últimos libros –Dónde estabas el día del fin del mundo, Unos ojos en la travesía– este espacio se asume de modo consciente: “he prometido avanzar / con este libro de supervivencia”, se prolonga, parece liberarse en el conocimiento, por doloroso que sea. Un elemento grotesco o histriónico a veces, unas puntadas sarcásticas, un fogonazo de anécdota, serían quizá gérmenes de otra música, quién sabe si otro mundo que la escritura dirá. Hasta aquí, la lengua fue un lugar existencial, ofreció a su manera astillada el argumento de la historia; la entrega del poeta a sus apuestas hizo del riesgo sentido: el poeta del cine negro y del rock, conmovida metamorfosis del poeta romántico.

Lecturas.–

Luis Ángel Lobato, Galería de la fiebre. Valladolid, Fundación Jorge Guillén y Diputación Provincial, 1992.
Lámparas. Valladolid, Tansonville, 2010.
Dónde estabas el día del fin del mundo. Palencia, Cálamo, 2014
Brillante. Madrid, Playa de Akaba, 2016.
Unos ojos en la travesía. Madrid, Playa de Akaba, 2017.

Jacques Derrida, Cada vez única, el fin del mundo. Traducción de Manuel Arranz. Valencia, Pre-Textos, 2005.

Un Comentario

  1. eloy

    Esto e lo que vale

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