Calendario (25)

© Ilustración: Avelino Fierro.

Después de 125 entregas (y tres libros consecutivos, publicados en Eolas Ediciones), el autor anunció que iba a dejar de escribir el “Querido diario” por algún tiempo, que necesitaba un cambio de rumbo… Y abrió nueva sección, “Calendario”, asimismo ilustrada. Esta es su vigésimo quinta entrega:

CALENDARIO

25

Por AVELINO FIERRO

Notas del cuaderno de viaje (2).

He estado veinticuatro horas en Madrid. Y he vuelto al Prado; por la puerta de atrás, con mi tarjeta de Amigo, de canto dorado, que permite la entrada sin hacer cola. Con Julio y Cecilia. En la exposición de Rembrandt había una luz claroscura, de interior holandés. Con el público justo –quizá los vigilantes controlan el flujo de asistentes– y cuando el murmullo subía a barullo alguien chistaba mandando callar. Un regusto a licor en madera de roble, olor a cerveza; luces que también se sienten en el paladar –carmines, sienas y escarlatas que viajaron desde Venecia a Amberes y llegaron hasta Sevilla–. Y un rumor, frufrú de sedas. En las páginas de Élie Faure sobre Rembrandt, se dibujan barcos que vienen con telas y especias desde muy lejos. La Compañía Neerlandesa que se funda en 1602 trae mercancías desde las Indias Orientales…

Al ver algunos cuadros de Hals recordé aquel verano de mis quince o dieciséis años en que estuve en el estudio de Alejandro Vargas. Qué gran colorista era. Insistía en la importancia del carmín y otros tonos cereza. Fabricaba pigmentos –por allí andaban en tarros potingues raros y yemas de huevo– con los que trabajó en algunos cuadros a la manera de los holandeses: ese joven soldado sosteniendo una copa de Hals fue recreado por él caracterizándolo de borrachín de ojos vidriosos y nariz colorada. El cuadro de los síndicos de Rembrandt resume bien el paisanaje de aquella época. Parece una foto fija: el personaje de la izquierda no sabemos si se sienta o se levanta del sillón. El pintor les ha dicho momentos antes: “Atención, por favor, no se muevan; así están bien”. Y ha disparado su pincel, sin usar el flash. Ha conseguido que todo quede entonado, sin brillos de los hilos de oro de la alfombra que cubre la mesa…

Sí, el sabor que queda es el de una cierta idea de inteligencia, de sensatez. Había dos cartelas con un texto breve al lado del cuadro de los jardines de Villa Médicis, de Velázquez y del Veermer de las casas de Delft que rezumaban una defensa del europeísmo. Eso me gustó. En estos días con tanta proclama de consignas nacionalistas, provincianas. Releo ahora estas notas ya en el tren de vuelta. Levanto la vista del cuaderno y veo el apeadero de Becerril. Todavía me quedan unos días de vacaciones; podríamos acercarnos una tarde hasta aquí o hasta Paredes de Nava y releer en el azul del cielo a Jorge Manrique. Campos yermos, sobrias llanuras, lomas, pedregales, regatos estrangulados y chopos temblones. No sé si de aquí nada puede aprovecharse ya, si la historia de estos parajes ya pasó. Desde luego no hay bravuconadas como en esas otras regiones. Veo ahora las almenas del castillo de Grajal...

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