Calendario (31)

© Ilustración: Avelino Fierro.

Después de 125 entregas (y tres libros consecutivos, publicados en Eolas Ediciones), el autor anunció que iba a dejar de escribir el “Querido diario” por algún tiempo, que necesitaba un cambio de rumbo… Y abrió nueva sección, “Calendario”, asimismo ilustrada. Esta es su trigésimo primera entrega:

CALENDARIO

31

Por AVELINO FIERRO

Si siguen naciendo estos días de otoño, nunca dejaré de escribir. Después de ver la basílica de San Isidoro desdibujándose con sus reflejos en el pavimento, tenía que acercarme con el coche hasta más allá de las lomas que vigilan la ciudad. En el trayecto hubo un momento de cosmopolitismo: las nuevas rotondas al final del barrio de Puente Castro le dan a aquella zona otro perfil. Enormes carteles, rayas blancas sobre el pavimento, puentes volados y barullo ingenieril me hicieron sentir por momentos un viajero sofisticado. Pero Alberto me había dicho “ten cuidado, no te despistes como la otra vez y acabes en Valladolid; tienes que salirte en el kilómetro cero”. Eso del kilómetro cero me puso en mi sitio, no estaba en Los Ángeles de California ni nada parecido: Corbillos de la Sobarriba era el primer letrero que tenía que elegir para llegar a su casa. Llovía; agua inclemente; tamborileo incesante sobre el cristal. La lluvia que no nos importaba siendo niños está otra vez aquí; y la siento con recelo, algo de su frío se va metiendo en mis huesos. A los lados de la carretera, ya modesta y vecinal, hay hojas amarillas; de vez en cuando les sopla el aire y se esfuerzan levantando algo de vuelo. Y surge entonces, precisamente allí, al final de las últimas naves del polígono y antes de las primeras casas de ladrillo o adobe, la banda sonora de la mañana: al poner la radio, la Novena de Beethoven. El último movimiento y esas frases que todos los tenores cantan siempre bien: “Froh, wie seine Sonnen fliegen / Durch des Himmels prächt’gen Plan, / Laufet, Brüder, eure Bahn, / Freudig, wie ein Held zum Siegen.”. Subí el volumen, mucho. Las grajas se levantaban de los baldíos y las nubes, infatuadas y desdeñosas, se dieron por aludidas. Quedé en el coche hasta que acabó la sinfonía. Llamé y se acercó Alberto a abrir. Me mostró algunos de los últimos libros que había maquetado y otros comprados por internet. Comí nueces recogidas en el pueblo de Aurora y me dieron un buen café. Argos, el perro, me tocaba insistentemente con la nariz. Pasamos un rato hablando de literatos; cuando sonó fuerte el claxon del panadero, Alberto volvió a salir. La vuelta, sin música, fue menos feliz. He escrito esta página –ahora lo sé– por vestir con letras y algo de color este día puñeteramente gris. El suplemento cultural traía en portada a un señor que canta ópera, un tal Orlinski, luciendo un chaleco de colorín. Yo había leído a eso de las siete, viendo que no acababa de amanecer, el libro de Antonio Pereira en el que le alaba también un chaleco de fantasía al vate franquista Eugenio Montes. Y Alberto me había enseñado Dibujo de figura, el libro de Pereira, con ese texto en la contraportada que es un deleite, y cuyo final es así: “Quiero seguir, espero seguir, pero al fin cosa de Dios, de los cirujanos, de las transaminasas… Este invierno no me está siendo bueno que digamos, pero tengo mucha fe en la primavera… Úrsula está conmigo…”. Antonio siempre acababa bien los cuentos. Final guasón, o no evidente, o deliciosamente infeliz. Yo podría acabar esta página contando que, de vuelta a la ciudad, de nuevo la música, la luz difusa y gris me llevaron al descuido. Volviendo desde la Inmaculada casi me estampo contra un enorme coche negro: frente a la capilla de los Agustinos, en doble fila, cargaban en ese momento el féretro. Sin señales luminosas ni chalecos reflectantes ni de colores en los operarios. Cambié hace poco los frenos. Del susto, el finado casi quiso revivir. Bueno, Antonio, que esto que ha pasado hoy, en este día apagado, pero que a veces se enciende o sonríe o nos sobresalta, lo escribo –cuando ya es de noche– para agradecerte los placeres que me regalas con la lectura de tu libro, tu dietario póstumo. Antes de salir a sentir el viento en la cara, a pisar los charcos, a recordar alguna de aquellas veces que nos vimos, estos folios municipales y ensimismados los escribo para ti.

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

Un Comentario

  1. Me ha dicho lechuza mensajera que habrá presentación de nuevo libro de ave próximamente… ahí lo dejo

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