Calendario (34)

© Ilustración: Avelino Fierro.

Después de 125 entregas (y cuatro libros consecutivos, publicados en Eolas Ediciones) de su “Querido diario”, el autor leonés abrió nueva sección en TAM TAM PRESS, “Calendario”, asimismo ilustrada. Esta es su trigésimo cuarta entrega, la última de este año 2019 que termina:

CALENDARIO

34

Por AVELINO FIERRO

Como los ciclos de la naturaleza, los catarros, la Navidad, las músicas. El tiempo que gira en sí mismo, que se repite, que retorna y nos puede llevar al hastío salvo si la conciencia cree que comienza cada vez de nuevo, con renovada ilusión, como quería Nietzsche. ¿Todo es inexorable, somos marionetas? Algo así he sentido estos días, zarandeado por las enfermedades que han llegado colándose acurrucadas en los bajos de los trailers del frío. Días de actividad laboral, de ociosidades y juerguerío continuo, y el cuerpo no ha aguantado. Garganta profunda, un rojo vivo. Medicinas de amplio espectro y emplastos. Cena de Nochebuena solitaria, rebuscando víveres en el doble fondo del frigorífico: ensaladilla sin caducar, un trozo de cecina, un par de higos. Una botella de sidra del año pasado. La alegría del mando de la tele para uno mismo; un poco febril. Maldormido en el sofá, y el cuello algo partido. La música es un regalo, claro, aunque sea lo repetido. Bach, por Suzuki o Herreweghe. Un Mesías que es una antigualla –la Schwarzkopf y Klemplerer que dirige–, pero que nos sabemos de memoria. Y algunos villancicos en una vieja cinta de casete. La música. Si uno la escucha, abriga. Nietzsche utilizaba el término Ungeheur: inmenso, informe, estremecedor, monstruoso. El tercer acto de Tristán e Isolda –escribe en El nacimiento de la tragedia– puede hacer que nos extenuemos bajo el compulsivo despliegue de todas las alas del alma. Y triunfa sobre la lascivia. Paul Deussen, el amigo de juventud del filósofo, relata el viaje de N. a Colonia un día de febrero de 1865, y cómo el mozo de servicio que le sirve de guía lo lleva, en lugar de a un restaurante, a una casa de mala reputación. N. le cuenta a su amigo: “De pronto me vi rodeado por media docena de apariciones en lentejuelas y gasa, con su mirada expectante puesta en mí. Durante un tiempo me quedé sin palabras. Pero luego me dirigí instintivamente hacia un piano, que era el único ser con alma en aquel grupo, y toqué algunos acordes, que mitigaron mi rigidez y salí a la calle”. Y vuelven también desde lejos algunos amigos, y aquí está uno sin poder llevárselos a la boca. Elías y Ana, Ruth, Jabuto y Cerebro, el Negro, los Llamazares y un primo de Méjico. Tomando vermús al mediodía y cerrando la noche bajo el toldo del Santo Martino. Y yo aquí, encerrado con papeles que me sirven desde la oficina, para después descansar leyendo la elegía a Donne, de Brodsky –y siempre vuelvo estos días a ese otro librito de poemas navideños que escribió durante muchos años–. “John Donne se ha dormido, como todo el lugar […] En parte alguna se oye un golpe, murmullo o susurro. / Sólo la nieve cruje, todos duermen. El alba queda lejos […]”. O ese libro, que dicen inédito en España, de Pasolini sobre Roma. Los diarios de un poeta polaco. Y Olay o García-Máiquez. Cosas por el estilo. Algunos versos y párrafos hacen que me atragante de emoción. No sé; mejoro muy lentamente.

  1. Félix Páramo

    Enhorabuena una vez más. Nombras a Donne, uno de mis favoritos. Su sermón Death’s duell, sobre su propio funeral no tiene desperdicio y da pie para otro “calendario”. Feliz año!

  2. José Luis Avello Álvarez

    Entiendo que no faltaran ondas marinas que arriben, una y otra vez, a las orillas de tu silueta para mecerte y arrullarte y así aliviar tus penas y mudar tus lamentos. Feliz 2020.

  3. Elías

    Hay que mejorar, o empeorar, lentamente. La velocidad es para otros.

  4. Roberto Díez

    admirado y conmovido…Abrazo fuerte, como el año que empieza.

  5. José Luna Borge

    Solo, comolobo herido, pero muy bien acompañado, esa ausencia de “ruido de moscas” que nunca molesta.

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