Estampas bucólicas y sin embargo navideñas (3): Noche de paz

Por LUIS GRAU LOBO

Fueron sus hijos los que insistieron: ponlo, así no estarás tan solo. Estas navidades no vamos a poder pasarlas contigo (la otra familia, blablablá), pero gracias a esto estaremos conectados, ya verás. Y lo instaló. O, mejor, dicho, se lo instalaron, en un pispás. Un técnico muy callado que revolvió la casa para tender cables aquí y allá. Desde ese día la televisión sintonizaba medio centenar de canales, pese a que él veía siempre el mismo. También podía enviar ‘wasaps’ y hacer muchas cosas con un móvil nuevo que se entretuvo en fisgar hasta que se aburrió.

Pero dos semanas atrás la televisión empezó a emitir a trompicones y proliferaron las interferencias: se pixelaba, según le corrigió un vecino. El flamante sistema wifi apenas titilaba, síntoma de que algo iba mal, según le había prevenido el técnico. Por fin, llamó a la compañía telefónica. Y llamó. Y llamó. Llamadas de diez o quince minutos en las que jamás consiguió hablar con una persona pero sí realizar el mismo cuestionario con una máquina una y otra vez. «¿Tiene usted enchufado el equipo a la corriente? Lo notará porque la luz verde estará encendida ¿Ha pulsado el botón de reinicio?…» Una vez pasados varios niveles de juego y tomada confianza con la máquina, esta acabó por conceder que un operario se pusiera en contacto con él llamando a su teléfono móvil. Pero en la casa no tenía cobertura de móvil, motivo por el que había contratado el servicio de wifi. Que ahora no funcionaba. La máquina no le dio opción a explicar este detalle. Aun así, tuvo suerte: cuando llamó el técnico, él se encontraba por casualidad paseando en el campo ¡donde sí había red! y consiguió atender la llamada. Que vendría al día siguiente, le anunció. Llegó, en efecto, al día siguiente, y reparó la avería. Menos de tres horas después volvió a estropearse. Llamó. Su amiga la máquina otra vez, y el cuestionario sin final de nuevo. Que le llamarían al móvil…

El técnico regresó. El mismo tipo taciturno que pertenece a una contrata y nada sabe de las maquinaciones. Intentó arreglarlo, pero la avería estaba fuera, en la calle, en la caja de telefonía común a todo el pueblo. Quizás la lluvia de esos días. O las heladas. Quizás el mero paso del tiempo… Que será difícil, confesó. Las instalaciones son viejas, no se preocupan por repararlas. Etcétera. Que le llamarán. Al móvil.

Llega la noche de Navidad y nada funciona. Nadie ha llamado, nadie parece haberlo intentado siquiera. Tampoco sabe de su familia, así que se prepara una ensalada con media lechuga de invierno recién cortada y se acuesta más pronto que nunca. Mañana será otro día, piensa. Afuera maúllan los gatos, como todas las noches. Un par de horas más tarde suena el teléfono: la máquina anuncia una encuesta de satisfacción sobre la reparación de la avería. Se arrellana y sonríe: la estaba esperando.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 29 de diciembre de 2019,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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