Generación materna

Obra de Gustav Klimt.

Por LUIS GRAU LOBO

Desde que fui consciente tuve lástima por ellos, por el tiempo que les tocó y lo que hizo con sus vidas. Que su generación fue aplastada por la guerra y la postguerra inmediata tan solo es una frase que de tan utilizada se ha quedado hueca, saqueada por novelas, películas y tópicos tan del gusto de quienes rebuscan en sufrimientos ajenos para dramatizar un presente por fortuna mucho más anodino. Suelen protagonizar esos relatos personajes con nombres distinguidos o historias memorables, pero pocas veces se detienen a contemplar las vidas monótonas de quienes pasaron tantas privaciones porque el precio de nuestro futuro fue su renuncia al propio desde muy jóvenes. La emoción discreta que palpita en esas biografías anónimas alienta las nuestras como un rescoldo suave y hogareño en una fría noche. A ellas (especialmente a ‘ellas’) debemos el mayor salto generacional de la historia de este país. Lo mejor que somos y tenemos se lo debemos. Lo vergonzoso que podamos haber hecho y hagamos con ese legado de sacrificio es responsabilidad solo nuestra. De tan sabido, se nos olvida.

Mi madre es una de esas personas. Una mujer inteligente que apenas pudo acceder unos pocos años a los rudimentos educativos, pero es más educada que nadie que conozca; que escribe con una letra titubeante porque gastó la mayoría de su niñez y toda su juventud fregando escaleras, atendiendo un mostrador de abastos o remendando ropa para ayudar a mantener una familia numerosa y pobre. Dotada de una enorme capacidad, bien evidente en habilidades que aprendió casi sin maestros, a menudo la imagino como la modista creativa y moderna que siempre fue, aunque solo pudiera atender a clientas que en ocasiones parecían menospreciarla por el mero hecho de pagar su trabajo a escondidas del fisco y en casa. Una mujer valerosa que sacó adelante a cinco hijos sin apenas ayuda de su marido o de esos mismos hijos, que considerábamos su obligación natural atendernos a todas horas. Una heroína en un mundo gris y cotidiano. Como tantas. La mía.

Hace años llegué a creer que esa ‘generación sometida’ merecía esa compasión algo condescendiente de la que hacía gala yo mismo porque solo las circunstancias históricas eran culpables de su reducción a la modestia invisible de un cimiento sin el cual no nos alzaríamos hoy, tan vanidosos. Hoy, cuando mi madre cumple ochenta años y sigue cocinando sus exquisitos platos los festivos que acudimos a verla, sonriendo a la mínima oportunidad, bregando para quienes tienen más y más fuerza que ella, dando zancadas apresuradas por una ciudad de la que apenas ha salido, preocupándose de todos antes de hacerlo por ella misma… cuando la veo rodeada de sus nietos y sus hijos (también mi hermana aunque no esté), poseedora de tanto como la debemos y no pagaremos nunca, siento compasión por nosotros. Aunque no mucha aún, porque aún la tenemos y nos sigue cuidando. Feliz cumpleaños, mamá.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 12 de enero de 2020,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

Deja un comentario y fírmalo con tu nombre o no saldrá

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: