Calendario (37)

© Ilustración: Avelino Fierro.

Después de 125 entregas (y cuatro libros consecutivos, publicados en Eolas Ediciones) de su “Querido diario”, el autor leonés abrió nueva sección en TAM TAM PRESS, “Calendario”, asimismo ilustrada. Esta es su trigésimo séptima entrega:

CALENDARIO

37

Por AVELINO FIERRO

Alas de cansado, quebradas, vapor de la vida. Parsimonia del pasado y del ahora; sintiendo el lento respirar y un dolor de músculos difuso. ¿Quizá es solo el cansancio de un viernes por la tarde? Imágenes atropelladas de todo tiempo y lugar: yo adolescente bajo un árbol, mascando un tallo de hierba; una barca semihundida y el olor a yodo; el hijo mayor de los del piso alto del bloque de al lado gesticulando y hablando a solas por la noche un día del verano pasado; en el garaje, el obrero que hace la revisión anual de las trampas para cucarachas y ratones, con su traje luminoso de rayas, y la luna llena que lo amparaba por encima del tejado de placas transparentes; las malas hierbas que vuelven a crecer entre los raíles que se emborronan a lo lejos, imagen del destino; una foto en color de aquella primera estancia en Venecia que no consigue ilusionarme como ayer; “La sorpresa de Florencia, que se renueva en cada viaje. El ligero recodo del Arno, tan bien ‘mal’ Iluminado por la noche en sus orillas (desde pza. Goldoni), la línea siempre áurea de los edificios, el despliegue de las calles…” (Ennio Flaiano); en el pueblo, tras aquella tapia, escondidos, con pantalones cortos, y Ángel que no consigue encender el cigarro porque las cerillas están mojadas; y, puede que esa misma tarde, al regresar a casa, un sentimiento de angustia o ternura –no sabría bien qué– hacia el día que moría, porque algo –no sé bien qué– se había estado meciendo a nuestro lado, zumbando alrededor de nuestros corazones como un aire lleno de palabras. Estos versos que ahora llegan: “Anocheceres de Hospital. / El paisaje fuera, como una radiografía. / Cristal, níquel… / Y los ojos quemados por el yeso. / Yo estoy solo…”. Ah, el olor del esparto de la cordelería en aquel callejón siempre húmedo y en sombra. Zaguanes. Viento en los álamos. Instantes de tímida plenitud que van casi siempre asociados a un lugar. A veces se enciende tu nombre. Ahora están aquí –frente a mí– las grandes flores en el jarrón de cristal, las calas. Oscurecen ya sus espatas, envejecen; puede que ellas se hayan puesto también a recordar. Y saben, igual que yo, que en algún momento llegará para nuestro desvarío alguno de los gestos del amor. A deshora y siempre un tanto caprichoso. Cual súbito fulgor, con traje de destellos escarlata, rayando la penumbra de esta tarde. O más despacio, con andar cansino y en ropa de diario, sin hambre de intensidad.

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