Fitur 2120

Por LUIS GRAU LOBO

No sé por qué he venido. Imagino que por la misma razón que uno visita museos o lugares ruinosos, un poco por nostalgia y otro poco por el morbo que destilan las cosas caducas. O no tenía cosa mejor que hacer. Feria Internacional del Turismo, se lee en la puerta en letras de colorines con tipos Comic Sans. Recuerdo eso del turismo, he leído sobre ello. Fue una actividad muy común, de moda hace un siglo más o menos. Ya casi nadie hace turismo y se considera una actividad demodé (ni siquiera vintage), vulgar y de mal gusto. Pero en aquel tiempo mucha gente iba a sitios lejanos comportándose como un bárbaro, yendo y viniendo a lo loco, con prisas y pantalón corto, avasallando a la población local que solía mirar a los turistas con desprecio. Usaban, además, transportes que contaminaban muchísimo y nada de ello les aprovechaba en la vida corriente, apenas obtenían una sucesión de imágenes fotográficas intercambiables que hoy se guardan en alguna máquina en algún museo o almacén, no sé. No me lo puedo imaginar. Qué pasatiempo fastidioso y ordinario. Con lo elegante que resulta no moverse de casa; disfrutar con morigeración del entorno conocido. No solo se respeta el planeta, sino a nosotros mismos. Viajamos adentro. Si acaso, hay quien consulta cosillas del extranjero por internet, por disfrutar de alguna obra de arte en 4D: así se aprecia mucho mejor que rodeado de bullicio, agobio y cansancio. Los monumentos se siguen cuidando (o eso dicen) y algunos ‘connoisseurs’ gustan de verlos a través de cámaras en tiempo real, donde a veces nieva o llueve… Hay quien piensa que esos lugares ya no existen, hay sospechas de tongo, pero solo sospechas. La propia idea de extranjero se entiende mal. Un atraso, una manía de otros tiempos. Las llamadas ‘señas de identidad’ fueron declaradas de desinterés público hace décadas, una manía ridícula de provocar conflictos; algo carca que los arqueólogos estudian como un fenómeno del pasado, chocante y exótico. Y peligroso. Como la Inquisición o los toros.

Miro a mi alrededor. El sitio es amplio y polvoriento, pero se abarrota de lo que llaman ‘stands’ –ya el nombre lo dice todo, por favor– construidos de forma tan precaria, pese a sus adornos, que no creo que sirvan para nada más, seguro que después los tiran. En cada uno de ellos hay una joven con el pelo recogido, traje ajustado y muy sonriente, aunque me fijo bien y resulta la misma en todos. Debe de ser una máquina. Ofrecen folletos –¡de papel!– a todo el que pasa, incluso le invitan a entrar, al borde de la amenaza. Pero apenas hay algún fisgón como yo, aunque sí unos señores trajeados a la antigua que hablan a voces y se palmean las espaldas con fruición. Parecen figurantes de época, aunque me soplan que se trata de políticos. También parecen todos el mismo. Me acerco a uno de sus corrillos. No han venido ‘los medios’, bufa uno. Están convocados, responde otro, a ver si pasa como otros años.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 26 de enero de 2020,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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