Desde mi celda (4)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor de “Querido diario” y “Calendario” continúa con su nueva sección, de carácter epistolar, que ha titulado “Desde mi celda”, y que se extenderá durante los días que duren las medidas de contención del coronavirus —que recomiendan y obligan a los ciudadanos a permanecer en sus casas, con el objetivo de reducir al mínimo las posibilidades de contagio, y que han desembocado en la declaración del “estado de alarma, con el fin de afrontar la situación de emergencia sanitaria provocada por el coronavirus COVID-19, en todo el territorio español”—.

Por AVELINO FIERRO

Lunes, 16.- Toño, mira tú por dónde voy a empezar a ser un diarista como Dios manda: he consignado el día en que te escribo. Sabes bien que dicen los preceptistas que la base de un diario es la fecha. El fijar la escritura a un tiempo y a un espacio es esencial –siguen diciendo– a la forma diarística, hasta el punto de que sin una estructuración temporal, no podemos hablar propiamente de diario. Este último párrafo está en el libro de una profesora de la Universidad de Barcelona, editado en 2015. Yo no estoy incluido entre los autores de los que habla. Quiero pensar que si ella hubiera conocido mi primer volumen de diarios –lo que no es posible porque se editó al año siguiente–, al menos se referiría a mí como ejemplo de lo que no debe hacerse: un diarista que escribe las noches que le viene en gana y de cronología sumamente incierta. Que escribe un diario poco íntimo o en el que la veracidad no está garantizada. Vamos –como dice de Andrés por un párrafo que deja escrito en El gato encerrado sobre las mentiras del escritor–, que lo que hago es desvirtuar el específico alcance moral o cultural de este género literario.

La autora se refiere a continuación a los aspectos en común de diarios y cartas, y saca a relucir las “formidables cartas” de Juan Valera. Esto me ha hecho levantarme e ir a los estantes a buscarlas. ¡No las encuentro, leche! He vuelto a la mesa desde la que te escribo con tres tomitos encuadernados en piel, ediciones similares a las que recuerdo de aquel libro. Son un tomo editado por Afrodisio Aguado, de las obras completas de Unamuno (su Autobiografía y recuerdos personales); otro más de Wenceslao Fernández Flórez (veo que vienen aquí sus “Historias del tranvía”), y otro –¡agárrate!– de Giménez Caballero, Genio de España, de Ediciones Jerarquía, 1939, Año de la Victoria, que tiene en su página tres impreso este zurriagazo: “SALUDO A FRANCO: ¡VIVA ESPAÑA!”. Y eso no es todo, está impreso en Talleres Gráficos Rex, José Antonio Primo de Rivera, 719, Teléfono 50501, Barcelona. Ya ves, unas cosas llevan a otras, te hacen tirar del hilo de las afinidades o asociaciones tontorronas y es un no parar.

Por eso no sé por qué te molestó tanto que en mi primera carta hiciera referencia (además, al final y en la posdata) a Camus. Sólo comentaba que los periódicos dicen lo que al parecer está leyendo estos días la gente.

En mi descargo te diré que servidor llevaba ya un par de meses pensando en el autor francés. Una amiga fotógrafa quiere hacer un reportaje sobre el escritor –hemos hablado incluso de viajar a Argelia–, y yo andaba arrejuntando en mi biblioteca las obras de él y sus amigos y conocidos: René Char, Sartre, Jean Daniel, Malraux… También tendría que buscar en las biografías y obras de todos esos que salen juntos en la famosa foto del Brassaï –aunque en esa imagen faltan varios de los invitados a la fiesta–, retratados en el estudio de Picasso, tras el estreno teatral de la obra del pintor El deseo atrapado por la cola: Camus, Sartre, Reverdy, Simone de Beauvoir, Valentine Hugo –que llevaba un broche que perteneció a la mujer de Victor Hugo–, Zanie de Campan (esposa del editor Aubier), Michel Leiris, el doctor Lacan, Cécile Éluard, la hija de Gala.

Ya ves, Toño, a lo que la mención de un nombre, un autor del que queremos saber un poco más, nos puede llevar. Cerezas que se enganchan unas a otras en un cesto.

Te voy a copiar un párrafo bonito que viene en los Carnets de Camus, en mi edición zarrapastrosa de Losada:

“Enero del 36.

De ese jardín, del otro lado de la ventana, no veo más que los muros y esos pocos follajes por donde se desliza la luz. Más arriba, más follajes aún. Más arriba, el cielo. Y de todo ese júbilo del aire que se siente afuera, de toda esa dicha esparcida sobre el mundo, no percibo más que las sombras de los follajes que juegan sobre las cortinas blancas. Cinco rayos de sol también, que derraman pacientemente en la habitación un perfume de hierbas secas. Una brisa, y las sombras se animan sobre la cortina. Que una nube cubra, luego descubra al sol, y he aquí que de la sombra surge el amarillo resplandor de ese florero de mimosas. Basta ese solo resplandor naciente y heme aquí inundado de una dicha confusa que me aturde.

Prisionero de la caverna, heme aquí solo frente a la sombra del mundo. Tarde de enero, pero el frío permanece en el fondo del aire”.

“Prisionero de la caverna…” como yo me siento ahora en esta habitación, en esta celda, en esta reclusión forzosa. Ayer domingo a eso de las siete de la tarde, la megafonía en la calle, conminándonos a que permaneciéramos en las casas bajo pena de multa. Esa alocución, esa voz de Gran Hermano, tan administrativamente autoritaria, me dejó consternado. Además, al rato, los cielos se oscurecieron y un viento fuerte comenzó a agitar los árboles del parque.

Mañana quiero contarte más cosas.

Un abrazo.

A.

3 Comments

  1. Hombre, Avelino, sé que hay muchos toños en tu vida y quién sabe si seré yo el aludido en tu epístola a los franceses. Bien es cierto que en el correo que te envié aludía un servidor a algunas pestes, pero de índole más política que sanitaria y más estrictamente locales que orientales. Desde luego, no recuerdo haberme indignado porque citaras al gran Camus ni porque sumaras La Peste suya a estas otras, variadas, que padecemos. Cierto que había reconvención en mi humilde mensaje, pero porque te seguías contando peripatético y frecuentador de tascas, poco menos que solo ante el peligro de un virus que no sabe de líricos arrebatos ni respeta a los que contáis transeúntes o nubes con idéntico celo.
    Si no era yo tu interlocutor, me quedo con ese minuto en que me lo creí y me vi inmortalizado en tu prosa de lunes. Si lo era, te disculpo por haberme usado de pretexto para citar a Giménez Caballero y para proclamarte camusino a los cuatro vientos. Mucho peor entendería que te hubieras vuelto un “desartre”.
    Imagínate un encierro que durara todo el tiempo que necesitas para leer todos esos libros que tienes y que ya ni encuentras. A lo mejor la libertad es eso y lo ignorábas por tanto andar de bares todo el santo día.

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