Desde mi celda (9)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor de “Querido diario” y “Calendario” nos hace llegar su novena entrega, de carácter epistolar, en la sección que ha titulado “Desde mi celda”, y que se extenderá durante los días que duren las medidas de contención del coronavirus —que recomiendan y obligan a los ciudadanos a permanecer en sus casas, con el objetivo de reducir al mínimo las posibilidades de contagio, y que han desembocado en la declaración del “estado de alarma, con el fin de afrontar la situación de emergencia sanitaria provocada por el coronavirus COVID-19, en todo el territorio español”—.

Por AVELINO FIERRO

Sábado, 21.– Querida Eloísa, como habíamos hablado de la posible publicación de esta parrafada y no me dices nada, creo que me das carta blanca. Ahí lo tienes. A ver si gusta a nuestros lectores. Fíjate que estaba pensando que al ser sábado vendría bien un texto más largo. Qué ironía. Ahora que parece que el mundo se acaba, tenemos a diario todo el tiempo del mundo.

31 de enero. En el tren a Madrid, donde por la tarde presentaremos Contra tiempo. Presiento que este será el escrito inaugural del próximo Diario. Después de estar escribiendo durante el pasado año Calendario, no tenía claro qué seguir haciendo. Pero –ya lo he contado– ha sido subir al tren con dos horas de sosiego por delante, esta pequeña mesita, el paisaje gris de esta mañana… y las Musas vienen revoloteando a posarse.

Una en mi hombro, ahora mismo; otra en la parte alta del respaldo del asiento de la pasajera que va delante: una chica de rostro inexplicable. Merecería ser japonesa por su óvalo, la tersura de la piel, el rojo de los labios, la vestimenta, el bolsito. Sin embargo, ha hablado en un castellano perfecto cuando Mar ha tenido con ella una pequeña conversación sobre el calor que había en el vagón, de parrilla de San Lorenzo aproximadamente. Ahora vamos mejor.

El campo está encharcado, se han formado lagunas con las lluvias de los últimos días. Mar me va reseñando las rapaces –un lagunero, un ratonero y milanos reales– y otras aves menores y bandadas de estorninos. Estoy escribiendo al dorso de uno de los billetes, impreso a todo color en el ordenador de casa. No nos acostumbramos a llevarlo en el teléfono móvil. Muchos pasajeros llevan ordenadores portátiles. Libros de papel o periódicos… acabo de pasear por el vagón y no he visto ninguno.

Pasamos ahora cerca del castillo de Grajal. Y desde esta altura de la nueva vía de la Alta Velocidad, divisamos la finca cercada, que creemos de las monjas. El campo está hermoso. Campos roturados y mantillas de verde incipiente. A lo lejos, un rebaño de avutardas. Y los caminos de tierra, algunos zarzales, pequeñas casetas para aperos. Los chopos hincados en el suelo dibujan brochazos y volúmenes escuetos en el paisaje.

Llevo para leer el Ocnos de Cernuda. Qué casualidad que él escriba ahora también sobre otra visión del mundo exterior. Una ciudad de la Meseta, una llanura nevada y “la carencia inhumana de color sobre el paisaje”. Luego, en pocas líneas, una delicia descriptiva de la luz y sus irisaciones, su pintura sobre la piedra de los monumentos y calles.

No sé dónde está ahora Cernuda en las apetencias de los lectores, en la actual historia literaria. Creo que ese mundo de frustración y de indolente mirada sobre las cosas, como alguien dijo, va a permanecer. Yo estoy leyendo estos días sus versiones de Hölderlin.

Estamos llegando. He visto que Mar iba hojeando Contra tiempo y apuntaba unas notas a lápiz en una hoja del periódico. Tenía yo pensado leer las páginas 201 y siguientes en las que una periodista me pregunta sobre los libros para leer en el verano. “Eso va a ser un tostón”, me dice, “Yo leería estos cuatro párrafos de las entradas que te he seleccionado”.

En el taxi, un conductor gordo, muy gordo y con demasiado olor corporal, nos cuenta sucesos estrambóticos de la profesión. Yo le he dado opción, al recordarle alguna historia vivida. Como aquella en la que yendo con Lourdes R. Rey –cruzábamos la desmedida realidad de febrero y llovía– en el asiento de al lado del taxista iba una señora con los rulos puestos y en zapatillas, que hablaba con el chófer con total naturalidad. ¿Esposa, amiga, amante? (Amante, posiblemente no, con aquella facha).

En casa nos esperaban Julio y Cecilia con la mesa dispuesta. Estaban Heinke y Paco, que por la tarde se iban a Guadalajara. Leo había cocinado comida peruana: ceviche con boniato, ensalada y ají de pollo. Yo estuve de siesta un rato. Pensé en esas horas de mi mañana de hoy. Había madrugado y trabajado para no dejar cosas pendientes en la oficina. Moví papeles. Tuve, aunque esto es excepcional, una entrevista con un menor infractor. A través de la educadora pidió hablar conmigo y allí estuve un buen rato, en el despacho de la técnico, que tenía sentados a la madre y al muchacho en plan mesa redonda. Cresta negra él, cazadora de cuero; pelo blanco y rostro agradable en la madre. Le habíamos puesto una tarea extrajudicial y, si la cumplía bien, no iríamos a juicio. No sé si lo mandé a la mierda o a otro sitio peor. Se le hacía muy cuesta arriba estar yendo dos horas a la semana durante seis meses –o menos, si todo funcionaba– a una actividad de prevención de tóxicos y de violencia intrafamiliar. El origen del expediente era, claro, que le había zurrado a su madre. Le dije lo que yo hacía en las 24 horas de un solo día, que esto era por su bien, que aquello era una pasta en recursos públicos que le poníamos casi a la carta… “Tú verás, o vas en plan colega y con buen rollo, o te obligamos”. Y me di una vuelta muy torera, mirando al tendido. Antes le dije que tenía prisa, que me iba de viaje, que sentía no poder seguir hablando. La educación ante todo.

Calle Santa Engracia abajo nos encaminamos a la librería donde se haría la presentación. Hacía un fresquito agradable. Iban llegando los amigos, casi todo eran caras conocidas. No sé si la librería había hecho publicidad del acto. Ayer me había dicho Perfecto que es propiedad de Trotta, esa editorial exquisita: libros de filosofía, Rilke y aledaños.

Nadie parecía reparar en nosotros. Le dije a un empleado que era el Autor. Me indicó que en el sótano estaba el salón donde tenía que discurrir el acto. Se llegaba a través de estantes de libros y de otros dependientes que miraban pantallas de ordenador. El lugar, angosto y poco delicado: las paredes del fondo eran de ladrillo visto. Podía estar bien si se anunciara como un sótano mudéjar. Unas cuantas sillas de pelajes variados, una pantalla grande de televisión cubierta de plástico, arrinconada en un lateral junto a la mesa de los presentadores. Calor. Al fondo, un sofá tradicional y anticuado, de esos que ya no se ven por el mundo. Allí fueron a dar –sin poder ver nada, pues quedaban semihundidos– mis amigos José Miguel, Lupe y Curro, con Marta del Riego al lado. Los miré y me dieron ganas de desalojarnos y dejarlos allí, enchufándoles la tele y descansando (Curro venía con la lengua fuera, desde Granada, donde había soltado una conferencia).

El editor no había llegado; diez minutos de cortesía y tampoco. Comenzó hablando Elías González, actor, escritor teatral. Una conversación con su padre por teléfono, pidiendo consejos. “No alabes mucho al autor, no desmenuces el libro, quédate a mitad de camino; no sobreactúes”. “Tranquilo, papá, haré como esos actores que hacen un buen Hamlet sin que se les note”. Me gustó que a esas miradas mías a las nubes o al cielo, en tardes de luz complicada y a mis denuedos por describirlas, las señalase y pusiera nombre: el color “avelino”.

Ruth Miguel, que hablaba a continuación, parecía francesa, de entreguerras, una amiga de Coco Chanel y la Sagan. Negro riguroso, elegante, inteligente, equidistante. Su texto fue de escalpelo, propio de una filóloga, ensayista y poeta.

Yo dije cuatro obviedades introductorias. Agradecí a Julio su prólogo generoso. Conté la anécdota del quiosco: después de leer su prólogo le dije a la quiosquera que posiblemente ya era, sin discusión alguna, el mejor escritor del barrio. Y recordé a un editor que deja en sus memorias un párrafo sobre las propiedades organolépticas, anti ansiolíticas y homeopáticas de la lectura de diarios.

Leí las páginas que Mar me había marcado en vez del texto que yo pensaba, que evocaba las lecturas de los veranos. Creo que fue un acierto: más amenidad y menos nombres propios. Me sorprendí al leer algunos párrafos que me parecieron francamente buenos; parezco idiota al escribir esto, pero así son las cosas: escribo y olvido, no me releo. Saboreé especialmente aquel fragmento de la estancia en la casa familiar de C. en el Delta, allí donde se dice aquello de una apariencia tangible y translúcida como las capas con puntitos de almendra de un finísimo pastel de hojaldre.

Luego firmé algunos ejemplares. No hubo problemas, quiero decir que conocía el nombre de la mayoría y los desconocidos –los menos– dijeron el suyo. La penúltima firma fue para Andrea, siempre tan guapa y elegante. Y el último, Roberto Díez. Sentí que ya no me quedasen ejemplares de la separata Abril en París. A ello añadíamos un marcapáginas y la postal de Cecilia, gran despliegue, boato de complementos.

Después fue complicado reunirlos a todos. Además, era viernes y hacía buena tarde. Los bares próximos estaban a rebosar. La mayoría recalamos en uno bastante amplio próximo a la plaza de Alonso Martínez. Pagó el Autor, por supuesto. Cervezas y vinos, algo de croquetas y bravas. En nuestro pueblo, con lo que me cobraron, habríamos cenado sentados y amenizados por una pareja de violinistas húngaros. Cosas de la capital y las disfunciones territoriales. Mar y yo no pudimos quedarnos mucho tiempo, nos habíamos despistado y estábamos sin llaves de casa.

Al día siguiente fuimos al Prado a ver los dibujos de Goya. Grandes colas que evitamos al ser “amigos del museo”. Con nosotros estuvieron Cami y Fer. Me gustó sobremanera ver el Cuaderno “C” (1808-1814). Humillados y perseguidos, frailes e iluminados, “Lux ex tenebris”. Y allí, en el centro, en una vitrina, el carpetón deshojado, en el que estaban los dibujos originales. Y los apuntes del natural a lápiz negro y clarión sobre papel azul para los cartones de tapices, que yo no conocía. Me entraron ganas de dibujar. Hace falta nada: papel y tinta. Es lo que yo vengo haciendo para ilustrar mi Calendario. Del talento, ni hablamos.

Nos fuimos pasada una hora, más o menos. Antes nos detuvimos en la librería del museo para saludar a Ana González, que había estado en la presentación. Subimos hasta la zona del Congreso. Mar puso en marcha en su teléfono un buscador para llegar a la Alianza Francesa. La máquina se hizo un lío entre la plaza de Las Cortes y las diversas denominaciones “del Prado”. Cuando caímos en que girábamos casi sobre nosotros mismos, paramos un taxi. Las fotos de Cecilia estaban situadas en los pasillos. Maravillosas reinvenciones de ese tiempo de ayer y de la atmósfera de los libros de Patrick Modiano. Cecilia ha estado metiendo las narices en su literatura y en ese París de hoy, que sigue siendo el del ayer. Y ahí queda ese destilado, ese concentrado riguroso, ese caldo en el que hierven párrafos y estrellas de seis puntas, desertores y confidentes, venganzas, luces amoratadas y angustias, lágrimas y pústulas, vías muertas, gabanes raídos en las calles del París ocupado…

Luego caminamos al encuentro de Camino y Fernando, que habían quedado en el Museo. Mar pensó en llamar a Julián, el maquetador mexicano del libro de Cecilia, al que verá en unos días, y que tiene una taquería allá por Luchana. Lo hizo. Antes habíamos parado a tomar unos vermús en ese bar de Hortaleza, donde te ponen, para acompañar a la bebida, esas latas de conserva a precio de contrabando. En el mejicano todo era más razonable y modesto: el local, los parroquianos… Casi al final de la comida llegó Julián con su mujer, y al poco trajo aquella botella de tequila La Chula y unos vasitos. Eran casi las cuatro de la tarde. Las chicas ya habían pedido unas margaritas. Aparecieron luego en la mesa otros licores más oscuros y añejos. A las ocho, Mar seguía entonando las canciones mejicanas de los viejos discos de su padre. Julián estaba asombrado. Claro está que no pudimos ver la exposición de Chechu Álava en el Thyssen.

Aquí perdí los papeles. Y los papeles en los que anotaba este relato. Volví solamente a escribir esta nota ya de regreso, en el tren de vuelta: “En Valladolid sube una chica rubia, parece extranjera. Alta. Desde fuera se pegan al cristal para despedirla un marido joven y dos hijos. Con esta mierda de cristales los vemos desdibujados. Cuando se sienta, se le ve, ostentosa, la raja del culo. Mar lo advierte y lo afea. Pero yo sigo confiando en ella y no me defrauda: se ha puesto a leer un libro ajado, con óxido en sus páginas y forrado con un folio blanco. ¡Qué alegrías me está dando! Si el convoy se accidentara, todos nos salvaríamos por la intersección ante la Patrona de las Almas Lectoras de esta mujer rubia, alta, lectora en papel y que usa pantalones de tiro muy bajo”.

3 Comments

  1. Qué buen relato y mejor final. Gracias, Avelino.
    Yo estuve en la presentación y en la copichuela invitada por Ruth. Fue una delicia.

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  2. Estoy disfrutando de cada vermú, caña y copa en esos lugares que tanto añoro. Y como no, de las rubias y morenas que trasiegan por mi vagón (yo también viajo en tren). Gracias por acercármelo todo al salón de mi casa

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