“La niña de las trenzas”, un cuento de Sol Gómez Arteaga ilustrado por Carla LozaM

Ilustración de Carla LozaM.

La escritora leonesa afincada en Madrid Sol Gomez Arteaga —cuyos “Trazos de sombra sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente pronto saldrán a la luz en papel—, nos envía este relato que ella denomina “cuentín de cocina y verdad”, en un tono distinto al habitual. La ilustración es de Carla LozaM —artista de Matallana de Valmadrigal y “artivista rural de Tierra de Campos” (“artivista”: acrónimo formado por “arte” y “activismo”)—, ilustradora a su vez de “El vuelo de Martín”, el último libro de Sol.

LA NIÑA DE LAS TRENZAS

(o cuentín de cocina y verdad)

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

A mi madre, que me contó esta historia que es suya.

—A este paso nunca voy a hacer la comunión.
A diferencia de otras niñas de su edad, la niña de las trenzas vivía en medio del campo, en una casilla de camineros. No iba al colegio, no jugaba con otras niñas, no se comunicaba más que con sus padres, con sus hermanos pequeños –esos renacuajos que no le daban más que hacer– o con algún cazador furtivo que les visitaba de pascuas a ramos.

No lo he dicho aun pero corría el año 1945 y la niña de las trenzas tenía por entonces diez años.

De vez en cuando, en días de mercado o de ferias, la niña de las trenzas se desplazaba en burra junto con su familia al pueblo más cercano. Esos desplazamientos eran para ella una auténtica fiesta, pues con la escasa propina que le daban se podía subir a las barcas del Paseo Viejo o ir al circo y disfrutar de los saltimbanquis, diversiones éstas que evocaba luego, en su aislamiento, con arrobo. Pero de todos los recuerdos había uno que le venía a la cabeza de forma recurrente, era la comunión de su prima Teodorina, tres años menor que ella, a la que ataviaron con un vestido blanco de puntillas y un velo de tul que le cubría parte de su rostro menudo y pálido. En las manos portaba un librito de nácar y un rosario.
Sentada en una mesa larga con otros niños, le dieron de merienda chocolate con bizcochos y unas pastas blancas muy ricas que había hecho su tía. Ésta, en el momento de irse, tras propinarle dos sonoros besos, le dijo sonriendo:
—A ver cuando es la tuya.
Por eso ella no cesaba de repetir y repetir presa de una gran zozobra:
—Al paso que voy nunca haré la comunión.

A fuerza de insistir, un día su madre habló con su padre y decidieron mandarla una temporada a casa de otra tía soltera y modista en el pueblo más cercano: allí aprendería a leer y a escribir y haría la catequesis.
Mientras eso ocurría, su tía la modista, con una tela azul oscura que tenía en el taller, fue improvisando un hábito de la Purísima, con un corazón grabado en el pecho. Un hábito que a la niña de las trenzas no le gustaba nada y que cada vez que tenía que probar frente al espejo, -un alfiler aquí, otro allá-, le hacía revolverse dentro de su robusto cuerpo de niña. Sería en la última prueba y con el hábito casi terminado cuando se le ocurrió ir a casa de Teodorina para pedirle prestado el vestido. Al fin y al cabo eran primas y siempre se habían portado muy bien con ella.

Subió la calle de la cuesta y llamó a la puerta. Le abrió su tía. Antes de que terminara de hablar, la tía soltó una carcajada:
—Pero estás loca, chiquilla, no sabes lo que dices.
Al sentir la burla, echó a correr cuesta abajo.
—Espera, no te vayas, ven y te lo explico.
Pero la niña de las trenzas, además de haber avanzado un buen trecho, tenía los oídos cerrados a las palabras de su tía y no pudo oír sus gritos. ¡Qué tonta había sido al confiar en su amabilidad!

En ese año de 1945 haría al fin la comunión. Ataviada con el hábito austero, muy seria, tomó la hostia consagrada. Nunca más volvió a soñar con tules. Tampoco volvió a pisar la casa de su prima Teodorina.

Postdata: Solo años después, cuando dejó de tener trenzas, la protagonista de esta historia comprendería que su cuerpo de niña que crece no entraba dentro del vestido inmaculadamente infantil de su prima, pero ya era demasiado tarde. Esto me lo contó mi madre un cinco de febrero de 2020 con la ternura de las pequeñas cosas que nos conforman. Con esa misma ternura intento yo ahora darle forma, contarlo.

 

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