Desde mi celda (21)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor de “Querido diario” y “Calendario” continúa con la sección epistolar que ha titulado “Desde mi celda”, y que con esta entrega cumple con el vigesimoprimer día del confinamiento decretado por el Estado de Alarma que se extenderá al menos hasta el 11 de abril.

La sección continuará durante el tiempo que duren las medidas de contención del coronavirus que obligan a los ciudadanos a permanecer en sus casas, con el objetivo de reducir al mínimo las posibilidades de contagio y poder afrontar la situación de emergencia sanitaria provocada por el COVID-19 en todo el territorio español.

Por AVELINO FIERRO

Jueves o viernes, Marta, otra vez encadenando días y horas sin ponerles nombre, despistado con el tiempo. Te estaba contando lo de mi entrevista para emitir en la televisión, de la que tú, que trabajas en ese medio, eres responsable. Hasta ahora no te había dado las gracias: que a uno le pongan un altavoz como ese para contar un poco lo que le venga en gana, sus obsesiones, sus cabreos y dar la tabarra insistiendo en cosas que le parecen esenciales, es un lujerío. Gracias. Y, como posiblemente esa entrevista no se emita por sus deficiencias técnicas o porque lo que yo contaba no tenga demasiado interés, te haré un resumen en este escrito.

En mi respuesta a la primera pregunta, sobre mis escritos, hablé de mis libros y luego de las cartas de estos días de encierro, que era por lo que creo que me preguntaba tu amiga Patricia. Dije cosas así: “Mis diarios son los de un lector agradecido; se escribe porque uno ama, viaja, come, vive…, pero fundamentalmente –es mi caso– porque se lee. Leer nos hace libres, “leer no permite caminar, pero sí respirar”, que es frase de Barthes. Dije que escribía estas cartas desde el día 16, que iban dirigidas a diferentes amigos, que versaban sobre la amistad y sobre los libros. En estos días los amigos están lejos, pero los libros –y esto lo dije con cierto énfasis y señalando mi biblioteca– siempre están cerca.

Hice un resumen de esas cartas: las que le envié a tu chico, Enrique; a una amiga periodista, al director de un periódico, a unos amigos italianos, Aldo y Andrea. Entre medias incrusté un largo capítulo de mis diarios sobre la presentación de mi último libro en Madrid.

Me siguió preguntando Patricia por los libros que estoy leyendo y si los recomendaría. Le dije que eso no, que no lo entendiera como falsa modestia, pero no me parecían muy adecuados para recomendar con carácter general a una masa de televidentes. Igual en las distancias cortas, de uno en uno, como pasando consulta, sí podría explicar los placeres –Umbral hablaba de lujuria, “la casta lujuria de leer”– que puede proporcionarte el ahondar en algún asunto. Un par de días antes mi amigo José Enrique, que es catedrático de literatura, había escrito un poema sobre una de mis cartas. Coincide que yo leo estos días las de Gil de Biedma, y en una de las últimas le escribe a Jorge Guillén, que ha escrito unas décimas imitando su estilo. Así que estaba leyendo teoría literaria, la correspondencia de un poeta, releyendo un libro sobre los autores de la “escuela de Barcelona”, hojeando otro de mi amigo J. E., La voz entrecortada de los versos… Yo me estaba dando al vicio, a ese “vicio impune” de la lectura del que hablaba Larbaud. Casi estaba alargando aquella pasión de la lectura como cuando era un adolescente. En algún lugar he visto citada una frase de Michael Ende sobre esa lectura que te arrasa, que te hace derramar lágrimas, esos momentos en que olvidas el mundo y no sientes las horas ni el frío ni el hambre…

Al final dije que leyeran los diarios de Samuel Pepys, El cuarteto de Alejandría, Rojo y negro… Y que antes de las lecturas de estos dos últimos días, de esos “altos estudios literarios” –como decía Ferlosio– yo había leído otras cosas más llevaderas y muy recomendables: lo último de Zagajewski; Las pequeñas virtudes, de Natalia Ginzburg; los poemas y prosas de Eugénio de Andrade…

A la tercera pregunta respondí dando muchos rodeos, o mejor, haciendo una introducción en la que me puse a reñir al personal. Me preguntaba tu amiga qué lecturas recomendaría a los jóvenes. Empecé haciendo admoniciones a políticos y pedagogos sobre los planes de enseñanza, en los que están desapareciendo asignaturas esenciales para el desarrollo de una personalidad autónoma, como la música o el dibujo. Luego eché la bronca a la sociedad en general y a los medios de comunicación en particular, empeñados en difundir esa cultura consumista, los mensajes a los jóvenes en los que el triunfo y el éxito son los valores que importan, sin discriminar medios, sin insistir en la importancia del esfuerzo individual. Esa cultura que todo lo iguala, para la que es lo mismo Bach que un concursante de Operación Triunfo, esa cultura que nos infantiliza y que parece estar bien porque nos democratiza, nos convierte a todos en adolescentes. Nos lleva a todos a la cultura del tuit, la del gorjeo, que es la traducción de esa palabra inglesa.

Bueno, me estoy alargando y cabreando un poco. Dije que leyeran en papel, que eso es fundamental. Que pasar la página o sentir el papel en nuestras manos lleva a una experiencia multisensorial que aumenta la inmersión cognitiva, afectiva y emocional en el contenido. Que eso crea un mapa mental, que eso ayuda a que metamos lo que leemos en la memoria. Aquí lo que hice fue resumir el estudio de unos investigadores que me había mandado mi hermano Javier, que trabaja en Madrid, en la Casa del Lector. Aunque yo no desaproveché la ocasión para citar a Nicholas Carr y hablar de ese conocimiento superficial al que nos arroja Internet.

Hablé luego un poco de los programas culturales que hay para los menores encerrados en reformatorios por haber delinquido, que sirven para fomentar la reducción de hechos delictivos, o trabajar la empatía con las víctimas. Y acabé haciendo recomendaciones de lecturas para esas edades. Los libros de siempre.

Voy acabando. La última pregunta era ¿este es un buen momento para recomendar leer a los que no leen? Dije, parafraseando a Durrenmatt, que era un momento como cualquier otro, que era una tristeza tener que insistir en lo evidente. Solté algunas frases hechas: “Dime lo que lees, cuánto lees, y te diré cómo eres”; argumenté a favor de la lectura “científicamente”: las áreas del cerebro de producción de inteligencia se encienden cuando lees; dije que lo imaginario, las creaciones del espíritu –esto es de G. Steiner– tienen un poder sobre el tiempo y el olvido que superan al de cualquier individuo, y no mueren. Acabé con una arenga: “Si quieres elevar el listón de tu vida, de tus gozos, tienes que leer. ¡Lee!”.

Y aunque esto iba de resumirlo todo, esta carta ya se queda un tanto larga. Así que me despido de ti, Marta R. Besos y abrazos de vuestro amigo.

A.

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