Desde mi celda (24)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor de “Querido diario” y “Calendario” continúa con la sección epistolar que ha titulado “Desde mi celda”, y que con esta entrega cumple con el vigesimocuarto día del confinamiento decretado por el Estado de Alarma que se extenderá al menos, tras la prórroga anunciada por el presidente del Gobierno, hasta el 26 de abril.

La sección continuará durante el tiempo que duren las medidas de contención del coronavirus que obligan a los ciudadanos a permanecer en sus casas, con el objetivo de reducir al mínimo las posibilidades de contagio y poder afrontar la situación de emergencia sanitaria provocada por el COVID-19 en todo el territorio español.

Por AVELINO FIERRO

Domingo de Ramos.– Hola Héctor, querido amigo, querido editor. Buenos días, buenos días; ayer nos vimos por la calle. Te reconocí por tu andar saltarín, porque tu mascarilla era grande, te tapaba hasta las orejas. Claro que me he acordado mucho de ti estos días, pensando en que estarás subiéndote por las paredes o colgándote de las lámparas. “Héctor, deja ya de hacer el tonto, baja, la comida está en la mesa”.

Ya viste que en nuestro encuentro guardamos la distancia reglamentaria o más; es nuestro sino, tú y yo no tendremos nunca sexo. Me dijiste que no me acercara, comentándome además que Ana está en el hospital en primera línea de fuego, intubando a los enfermos. A la vez que hablábamos, dábamos vueltas a una de esas jardineras de cemento de la estación de FEVE.

Dejaste en mí parte de tu aceleramiento vital y yo seguí mi camino hacia la oficina –estoy autorizado por Decreto– un tanto histerizado.

Paré en Alejandría, la librería de Paco. Miré ese escaparate lleno de libros colocados con gusto exquisito. El otro día me llamó por teléfono. Había bajado a la calle a pasear al perro y encontró a dos mendigos. Hablaban entre ellos: “Hay que ver, nosotros que no tenemos nunca donde ir y ahora… está todo cerrado”. “Me pareció un chiste de Mingote”, dijo Paco. Ahí reposaban en el escaparate los libros, sin una mano que llevarlos a los ojos. Es una pena, no sé por qué se abren las panaderías y farmacias y no las librerías. En estos momentos habría que alimentar también el alma. Una periodista escribe hoy que qué es eso de regalar libros desde plataformas editoriales para animar a la gente a leer, cuando resulta que eso es matar hormigas a cañonazos, porque la cultura cuesta, cuesta un rato. A nadie –termina– se le ha ocurrido sugerir que se pase un ratito por nuestra casa, de gratis, el futbolista de turno para dar unos pelotazos en amor y compañía.

Estaba solo pero oí el chirrido de las ruedas de un carrito de la compra. No me lo podía creer: era Marta M., nuestra amiga, que iba al Mercadona y se acercaba desde el otro lado de la calle. Fui hacia ella. Los dos íbamos por el centro de la calzada. Aquello parecía un duelo al sol, dos pistoleros que van a enfrentarse y los habitantes observan confinados desde sus casas el desenlace. Me preguntó por tu padre al decirle que te había visto y saber ella que yo tengo al mío en el hospital con un problema de corazón –del que saldrá bien, hecho un saltimbanqui como tú–; yo no sé nada, le dije, sé que estuvo malito hace meses. Por ella supe en qué días vivimos: “Mañana es Domingo de Ramos. En nuestra comunidad de vecinos Ponga hará torrijas para todos y yo pondré el detalle de siempre en cada puerta. Y a los niños del primero les regalaré papones de chocolate”. Iba ella con esos pantalones tan bonitos a lo hippie. Más adelante encontré a Julito Illade. De acera a acera gritó: “Hola, buenos días, qué honor encontrarme con el escritor que antes había sido fiscal”. Le dije que no empezase con eso y le abracé en la distancia. Más allá vi a otro colega suyo, otro abogado. Conseguí meterme en una alcantarilla antes de que en mí reparara.

En la oficina visé una calificación de violencia doméstica y otra de una tentativa de homicidio, y el ordenador grande volvió a petarse. Enchufé la Surface para que le inocularan las actualizaciones. Miré mientras tanto las vías de los trenes, más muertas que nunca. Me llamó Julio Ll. por teléfono para preguntarme por mi padre. Yo le dije que me describiera los alrededores de la finca en la que se han recluido estos días. Los conozco bien; todo era puro capricho y nostalgia.

Al salir saludé a Ángel, el de seguridad. Creo que estábamos los dos solos en todo el edificio. “Qué tal por aquí”. “Todo tranquilo, sólo vienen los de la funeraria al Registro Civil”. Qué rabia, nuestros muertos, despojados estos días de la compañía del último adiós. De contrario recordé aquella anécdota de Pla, que visitaba casi todas las tardes al sepulturero de su pueblo, que le decía: “Esto cada día está más muerto, señor Pla”.

Héctor, estoy escribiendo como si tú me cogieras la mano: aceleradín, pensando poco, sin levantar el boli del papel. Tu carta tendrá –ya lo estás viendo– una redacción poco pausada: cada pensamiento, cada anécdota de mi recorrido de esa mañana en que nos hemos visto, acaba en el papel sin filtrar demasiado. Volví a casa bastante agobiado, me había abrigado mucho, hacía calor este sábado ¿verdad? Con el portátil, la bolsa con papeles, la mascarilla que no me dejaba respirar… A la altura de la Inmaculada caí en que no había cogido la tarjeta criptográfica para que funcione el ordenador desde casa. Regresé a la oficina. El río seguía en su sitio, su curso igual y distinto; los leones del puente con su rugido habitual, casi un ronquido estos días, por el aburrimiento de no ver a vecinos ni turistas que salen de las estaciones. De vuelta toqué el timbre de tu casa y pregunté por tu mujer, “la enfermera guapa”, como le decía Julio siempre, y le envié un beso enorme a través de los cables del telefonillo, que tuvo que llegarle bien nítido hasta estamparse en su cara y le di las gracias personificando en ella a todo su gremio, ángeles sin alas, y seguí mi camino.

A la altura de la estación de FEVE, donde se había producido nuestro encuentro un par de horas antes, en el que no hubo nada de sexo, estaba ya mareado. Iba rápido, hacía calor y era tarde. Sudaba. Veía mal porque la mascarilla hace que se te empañen las gafas. Una neblina lo difuminaba todo. A lo lejos venía una mujer, aquello prometía. Empecé a reírme. ¿Recuerdas el libro de Boris Vian, Los perros, el deseo y la muerte, que editó Tusquets en sus Cuadernos Marginales? Yo compré ese libro el diez de mayo de 1974 en la librería Pisa. Hay ahí un cuento, “El amor es ciego”, en el que un verano la niebla cubre la ciudad. París, claro. Una niebla opaca, de tono azul. Era una niebla afrodisíaca. Orvet Latuille, el protagonista, comienza a notar algo raro. Quiere comprobar qué es lo que sucede. “Bajo a ver a mi portera y dejo mi bragueta abierta. Vamos a ver si hay niebla o son mis ojos”. A partir de ahí imagínate lo que quieras. Todos van, aunque sin verse, presos del deseo y desnudos por la calle. Orvet tiene varios encuentros sexuales. Cae en la cuenta de que la pastelera del barrio es joven y guapa. Cuando llega, una de las voces le dice: “Seguramente viene usted por Nelly”. Otra voz: “Entonces a la cola; ya somos sesenta”. No te cuento el final, lo que sucede cuando la niebla se levanta. Igual puedes deducirlo del título.

La mujer se acercaba, alta, la silueta dibujaba un caminar sensual, casi de modelo de pasarela. Yo veía cada vez menos, jadeaba; cuando estuve a su altura me dio otra vez la risa. Y no hubo nada. Llegué a casa y me desnudé, iba empapado en sudor. Me di una ducha. Mar me esperaba en el salón. Leía y tenía puesto un disco de música clásica. “¿Cómo has tardado tanto? Vamos a comer”. Había fabada, un bote de esos que creo que son para seis raciones. Abrí una botella de rioja. Teníamos grabada esa película en blanco y negro sobre el mundo del cine, Cautivos del mal. Al rato me quedé dormido en el sofá.

Por la tarde, comprobé que la Surface seguía sin funcionar. Leí nuevas cartas de Gil de Biedma, unos poemas por aquí y un poco de filosofía por allá. Miré el correo. He recibido en el día cartas de Bea abuela y Bea pelirroja, Marga, Lourdes F., Marta R., Toño Llamas, Julio, Tacho, Miguel, César, Reyes y Chelo, Cecilia, Elías y Pepe, Mari, Chorbo, Pablo E… No sé cómo haré para contestarlas. Otra de nuestro amigo Gus muy sentida, con enlaces a versiones de una canción de Jaume Sisa. Otra de Javier La Beira, que ha colgado un hermoso comentario de la lectura de La vida a medias en su Facebook.

Estaba pensando, Héctor, que puedo ir recopilándolas y que las podríamos publicar cuando todo esto acabe. ¿Qué te parece? Sigo escribiendo esta carta porque sigues guiando mi mano, dibujando esta escritura saltarina que no acaba nunca. Déjame ya. Estate quieto. Un abrazo.

Ave.

D.: Voy al quiosco. Acaba de llamar, Soco, la dueña, diciendo que hoy salimos en el periódico. Cristina habla sobre Contra tiempo, el libro que tú has editado y yo he escrito. Luego te cuento. Otro abrazo.

Un Comentario

  1. Avelino, qué buena memoria tienes. Yo también leí el libro de Voris Bian por aquellas fechas, tal vez dos o tres años después, y sólo porque tú narras lo que ocurría en ese cuento he podido rememorarlo vagamente. Disfruto mucho con tus cartas. Un abrazo, Marta desde Cambrils.

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