“Museo de la clase obrera”. Mestre

Museo de la clase obrera
MESTRE
Madrid. Calambur Poesía, nº 164, 112 páginas, 2018.

Dos años. Museo de la clase obrera

Por TOMÁS NÉSTOR MARTÍNEZ
Desde astorgaredacccion.com

Psicólogos de la corriente conductista recomiendan a lectores débiles o cansados no entrar en este museo, “… la poesía / ha decidido dar por terminadas sus funciones este invierno”. Y que sea público que “un tal heidegger pichichi de la selección alemana refiriéndose al origen solar del fútbol asegura que los poetas no entienden el fuera de juego”. Museo de la clase obrera no es un libro de poesía licuada y digerible al gusto de los vacíos sino una forma de palimpsesto fértil, con voz desobediente, a veces entrecortada. Cada texto del poemario es anterior a sí mismo. Tiempos mosaicos y bíblicos junto al ayer más cercano, diluvio con eco de voces, imágenes, estancias en las que ‘orden y medida’ no son necesarias; al contrario, niegan la poesía e imponen la mansedumbre obediente al poeta libre y en subversión.

En cada línea, versal o no, se asientan palabras que fundan ‘planos plurales’, es decir, simultaneidades de tiempos e instantes que acuden desde muchos entonces para, una vez reunidas, mostrar el dolor y la barbarie, la indolencia del olvido de cuando entonces y de ahora, para (re)crear aquella y esta realidad, ¿reciente o ya antigua?, deslumbrante o aterradora, sin ser sometida a cirugías o a algoritmo alguno. “la paz sea contigo dentro de la noche hay otra noche allí está hölderlin en el lodazal del seminario tirándole cuescos a los nazis grecia queda lejos las mujeres los hombres aún no nacidos buscan la casa del ebanista para encargar su ataúd”. El conjunto de instantes se amplía hasta saltar por encima de lo esperado, de la costumbre y su canon. La  poesía, como terremoto o diluvio, deja expuesta a la mirada cuanto tierra y aguas ocultaban. J. Lacan consideraba la poesía como creación con la que el poeta decide nueva “relación simbólica con el mundo”. Y, sin duda, ahí estarán conciencia y dialéctica para que el poeta desordene hasta el borde la experiencia silenciada y salte por encima de la razón como dogma irrebatible. En el Museo de la clase obrera, sin embargo, “la poesía es una lengua extranjera como el olor del mar en los cuadros podridos de un museo”. Nunca sea poeta el adulador del sistema sino quien busque el quebrantamiento y escriba “una letra de más” para alterar ese mundo de  regocijo insensato. La dialéctica debiera ignorar la línea recta: habrá de arrojar de sus altos tronos cuanto las palabras han embozado como verdad incuestionable, sin controversia alguna, sin discernir entre “la falsía de la exactitud la veracidad de lo erróneo”. La razón ha de abandonar el territorio de la creación. En Fedro ya Platón consideraba que sin la locura de las musas no se llega a poeta eminente aunque se domine la técnica; la poesía del hombre cuerdo quedará oscurecida por la de los enloquecidos.

En el interior del museo se asiste a un desacostumbrado desfile asombroso de los tiempos del Tiempo en su lugar y situación, “/ la situación no es lo mismo que el lugar la situación aspira a ser territorio mientras que el lugar solo es una zona de paso hacia la inexistencia de la desgracia /”. En cada sala/texto del museo el visitante-lector sentirá momentos de rebelión y revelación; escuchará la voz de cuantos no heredarán una parcelita del mundo, ni antes ni después entrarán en el reino de los cielos, pero desean “volver a nacer en otra tierra crecer en otra tierra morir en otra tierra”. No tienen cabida en este museo “las palabras bonitas”, las patrias y sus dueños, alquimistas con ungüentos para salvar a los de siempre, a “papanatas exhibidores”; tampoco se mostrarán en sus espacios antologías “repletas de payasos elegidos por cerca de 200 críticos de más de 100 universidades harvard oxford columbia o princeton entre ellas las voces más premiadas y reconocidas”. La máscara como justificación, la legislación obligada del silencio, la subida de precios y el desplome de ideas, “las deudas condonadas los delitos absueltos aun antes de ser cometidos”, las farfullas de cantos ceremoniales, la restauración con titanlux de los desechos: historias y tiempos, anverso y reverso, “¿de aquí dónde vamos?”. No regresaremos a la historia individual y colectiva de la que somos hijos, nunca a la historia del horror.

Se muestran rebeldes las palabras ante la imposición de normas escriturales que llegan del exterior de los textos; sublevadas ante un sistema ortográfico, vigía para mantener a raya las comas, los puntos, las mayúsculas; las minúsculas, por su parte, gozan de libertad y no entienden la diferencia de clases. Rebelión. Esas ausencias –comas, punto y seguido, punto y aparte con valor denotativo– ensanchan textos que desconocen el comienzo y excusan un final. Espacios en blanco enmarcan los silencios y amplían la atemporalidad. Entregado al lector y ya en sus manos, recoge un poemario no de lectura única sino abierto al establecimiento de un diálogo capaz de sugerir miradas múltiples, tal vez inéditas para el propio poeta, armonía o no en latidos de corazón diferente. Fértil la palabra que al abrirse expande multiplicidad de posibilidades significativas sorprendentes. Palabra antes que la imagen.

Al poeta llegan palabras que ni están vacías ni han sido vaciadas, precisas y necesarias; con esas mismas u otras levantará los poemas alejados de bisutería verbal alguna; esta se gestiona en otra ventanilla, la de al lado, no aquí. Ya en contacto generan una dinámica referencial libre de ataduras y prejuicios, crean figuraciones, imágenes y visiones que desafían la capacidad imaginativa, no se ajustan al discurso lógico y desbordan a los asalariados de la cotidianidad. “la reina victoria concede un descanso a los bateleros pide el plato del día un patinete vuelta y vuelta al estilo Petrarca”. La crítica y burla de ese fragmento destrozan cualquier atisbo de realidad.

Insustituibles y decisivas en este poemario las metáforas. Se mueven entre la sentencia, el arrebato imaginativo y la agilidad poética para crear retablos inéditos. Juan Carlos Mestre diseña con bisturí y escritura un vaciado del cuerpo de la Historia abierto en canal para descubrir los porqués de la vileza humana, la incapacidad de resarcimiento, la impunidad de sueños cortados a espada, machete y cruz, por qué hay quien se reencarna en falso mesías sin ser dilapidado por “cachalotes de pólvora blanca / gourmets de chatarra fresca”; qué gritan esos mosquitas muertas “desgañitándose / ante el micrófono”, qué pretende la oligarquía racial de la electricidad discutiendo la acumulación de dióxido de carbono en la caverna platónica, cuándo a los héroes patrios los rebajarán de la columna jónica para que descubran, en palabras de T. Sánchez Santiago, “para qué sirven los charcos”, por qué habla tan alto el español. Hasta cuándo tantos porqués, cómos, qués. La poesía de Mestre agita la quietud y el reposo establecidos por ley en los acuerdos y contratos laborales y en el calendario gregoriano.

En Museo de la clase obrera la presencia hebraica, tan cercana al poeta, abre los primeros textos con mirada y conciencia críticas, y la memoria siempre a su lado, “desde hace mucho tiempo los judíos son judíos gentes del reino de jerusalén considerados enemigos de la religión cristiana y en general conflictivos para las personas demasiado inteligentes / yo soy una persona medianamente inteligente pero me dejaré doblar todos los dedos el día que aparezca el mesías”. A lo largo de otros textos vuelven nombres de hebreos, creadores o no, triunfadores o calcinados en un tiempo siempre presente en la memoria colectiva de la humanidad.

Uno de los poetas cuya presencia-ausencia o entre líneas se escucha en este poemario es  Rimbaud, “…la cabeza desnuda no demasiado guapo dispuesto eso sí a ponerse violento era como un santo enfermo estorbando en medio del altar como amante no creo que hubiera dado más juego que una monja”. Rimbaud, vida y poesía; lucidez en la escritura, una necesidad.

Otro de los aspectos visuales que destacan, resaltados en negrita, son fragmentos, palabras, frases u oraciones gramaticales que alzan la voz con tono más acentuado que el resto de voces para ser oídos con mayor atención. El más amplio de los fragmentos, la respuesta viva, muy viva a ¿por qué habla tan alto el español?

Habitual y frecuente hallar referencias a profetas, como Malaquías, a libros testamentarios, Pentateuco por ejemplo, o descubrir la ironía en un silogismo de Lógica, “el poeta alfredo di estéfano decía que la pelota está hecha de cuero el cuero viene de la vaca la vaca es herbívora luego al balón le gusta la hierba”. En este museo no caben indolencia ni fatalidad; cada visita desvela algún desconocimiento del visitante como que “toda geometría es un percance del ojo”. Y así seguiríamos hasta que se agote la luz de esa bombilla “que no tiene rabo porque andy warhol se lo ha cortado”. Amén con aleluyas.

Numerosas son las referencias, culturales unas, otras recordando el nombre de quienes, obligados, hubieron de dejar la vida por su ideología, alguno por decisión propia. Cervantes, Góngora, Goya, García Lorca, Diego Rivera, Jane Bowles, H. Moore, Rothko, Gertrude Stein, Stockhausen, Robert de Niro, Monica Lange, Benjamin Péret, Philip Mainländer, Ósip Mandelstam, Kadia Molodowsky, Leizer Mekler, Ernst Thälman…

Museo de la clase obrera, libro de aliento fresco y palabra irredenta, poco complaciente, iconoclasta a veces, enraizado en la voz de cuantos consideran que la dignidad humana no es un índice bursátil variable ni la codicia una virtud.

La poesía ha terminado sus funciones. Ahora, Poesía.

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

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