Caperucita Feroz

© Ilustración: Carla LozaM

Aquí tenemos un nuevo relato de la escritora leonesa afincada en Madrid Sol Gomez Arteaga —cuyos Trazos de sombra sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente pronto saldrán a la luz en papel—, ilustrado por Carla LozaM —artista de Matallana de Valmadrigal y “artivista rural de Tierra de Campos”—, ilustradora a su vez de “El vuelo de Martín”, el último libro de Sol.

La autora explora las posibilidades de un personaje tan conocido como Caperucita Roja hasta que, jugando con las palabras, a través de un tono que busca ser insolente y transgresor, logra romper el cuento.

CAPERUCITA FEROZ

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

Caperucita Roja estaba hasta la capucha de cruzar el bosque con su cestita de mimbre, de encontrarse siempre al mismo cazador, de que el lobo la estuviera esperando metido en la cama de su abuelita y de que ella, según versión del cuentista de turno, tuviera que repetir, una y otra vez, las mismas o parecidas pendejadas de todos conocidas:

Caperucita: —¡Qué ojos más grandes tienes!

Lobo: —¡Para verte mejor!

Caperucita: —¡Qué orejas más grandes tienes!

Lobo: —¡Para oírte mejor!

Y así hasta llegar a los dientes y comerse el lobo a la niña.

De modo que un buen día de primavera, pongamos 15 de abril, decidió salirse del cuento y largarse a la gran urbe.

Cuando llegó a Madrid alquiló una habitación en el barrio de Malasaña, se pintó exageradamente el rostro, deshizo sus trenzas demasiado prietas durante siglos, soltó la rubia melena al viento, se puso calzas, tacones de plataforma, y sin quitarse la capa roja, que le daba un aire propio y perverso, como de chica malota, salió a la calle.

Buscó un tugurio de mala muerte en el que bailó hasta el amanecer como si estuviera sola en el mundo y, en los días siguientes, volvió a repetir la misma jugada. Pero además le dio por beber ginebra rosa, marca Beefeater Pink —conste que no llevo comisión—, a la que se hizo adicta, por fumar porros, por andar con la fauna urbana masculina del más diverso pelaje. Un día aparecía en la cama de un ejecutivo con maletín, otro en la de un homeless que le había ofrecido un trago de ron, otro en la de un ecologista redomado, otro en la de un diácono, perdido el total control de sí misma. Y, sobre todo, perdido el control de cuentistas, narradores, editores que, década tras década, se habían empeñado en utilizarla y presentarla como un personaje sometido y sumiso, y se llevaban las manos a la cabeza al ver la deriva del asunto, quiero decir, del cuento: “Ay, Dios, que ésta no es la Caperucita que nosotros queríamos vender”, “Se nos está yendo de las manos”, “¿Y ahora que hacemos”, “Nada, no podemos hacer nada, esperar que ella reflexione, se reconduzca, vuelva al cuento de donde nunca tenía que haber salido”.

Es verdad que en ocasiones sus desmanes —más de una vez y más de dos acabó tirada en un banco hasta el amanecer o en Comisaría— a Caperucita Roja le hicieron plantearse si debería volver a la normalidad, rehabilitarse, ser buenina. Pero la vida loca de la gran urbe en el fondo la gustaba, le parecía muchísimo más divertida que la del cuento de hadas de toda la vida, y ahí sigue.

La reconoceréis en la mirada de cualquier chica de ojos azul cielo, coloretes frutas del bosque y risas desbocadas pues está en el aire urbano. Se llama ‘rebeldía’. A mí me pareció verla hace unos días, la estela de su capa roja al doblar la esquina.

Desde luego, a la vieja versión del cuento tradicional, Caperucita Feroz, ni por éstas —doblo el pulgar y le imprimo un sonoro beso— piensa volver.

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