Un árbol que cae

Hieronymus Bosch. ‘The Tree-Man’, c. 1505.

Por LUIS GRAU LOBO

La conocerán, es una de esas trampas filosóficas sin salida, una aporía. Una de sus formulaciones dice: si un árbol cae en el bosque y nadie lo oye ¿hace ruido? El sonido depende de la presencia de un órgano que transforme la vibración del aire y de un cerebro que lo conciba. Pero, por otra parte, el árbol ha caído; podremos comprobarlo. ¿Depende la realidad de la existencia de un observador? En ese caso ¿existe la realidad sin ese testigo? Se atribuye al clérigo irlandés George Berkeley la sistematización de estos planteamientos, pero abundan en otras culturas, como el budismo, y hasta se dice que Einstein jugueteó con la idea. ¿Habría universo sin una inteligencia que lo conociera, que lo experimentara, que se aventurase en él?

Hemos comenzado a perder la cuenta de los días de encierro porque el propio tiempo no discurre igual, no se experimenta igual. Las fechas no guardan sentido, ya no es 15 o 16 de abril sino ayer 523, hoy 551, joder, a ver mañana. O estamos en la quinta semana, que más dan las viejas fechas de obligaciones viejas. Dudamos de que exista el mundo, al menos el mundo según creíamos saberlo. Nos hacen llegar imágenes de lugares que conocimos y dan la impresión de salir de una alucinación, de una película de ficción, de una recreación digital. Nuestra propia ciudad parece formar parte de esa fantasía de calles desiertas que tantas veces hemos visto o leído. Toda esa lluvia batiendo en la ventana, todas esas nubes que merodean, esas ventanas feroces… ¿Se yergue aún la montaña que vislumbrábamos? ¿Existe la capilla Sixtina? ¿Sigue batiendo el mar contra la costa?

Junto a esa ajenidad crece la sensación de que la realidad en que sabíamos más o menos movernos se ha vuelto muy vieja de repente, tan anacrónica como una época histórica archivada, como el imperio romano o la revuelta comunera. No cesan las comparaciones: esto será peor que la Gran Depresión, peor que la Guerra civil, lo peor desde la Segunda Guerra Mundial. Me pregunto si en aquellos momentos alguien se paraba a especular cómo era de grave lo que estaba sucediendo en relación con otras crisis o simplemente sobrevivían de la mejor manera que podían. La comparación con momentos anteriores no deja de ser una manera de jugar a las adivinanzas y revela que aún no sabemos nada y no hemos tomado la medida. Que nuestros políticos sigan comportándose como si tal cosa, confirma esta suspicacia. Los bulos también.

Cuando uno está enfermo durante una larga temporada deja de entender la realidad como solía. Se hace tan extraña como un lugar que conoció antaño, en algún viaje remoto, y del que apenas recuerda fogonazos semejantes a las escenas de un sueño que es incapaz de recomponer durante el desayuno pese a todos los esfuerzos.

De este árbol que está cayendo, por viejo y por absurdo, no escuchamos más que trinos de pájaros asustados, porque aún no lo hemos visto en el suelo.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 19 de abril de 2020,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

1 Comment

  1. Esa imágen es patética, entraña esa melancolía de los ruidos y las congestiones que huyeron de la ciudad y se transformaron en temores guardados en las casas, aquellas percepciones de ruido de las cosas al caer, los rodamientos que impulsan la movilidad, son tecleos en la ventana que asoma al mundo virtual donde el espejo del mundo que hemos inventado nos lleva al mundo que no podemos percibir en las realidades de los sentidos presentes.

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