Envío 40 (un chupete, los grises, la dulzura de los rostros…)

¿Hay quien todavía vaya por las calles mirando a las nubes? © Fotografía: Juan Rafael Murciego.

Nuevo envío del poeta y músico leonés Ildefonso Rodríguez, dentro de su sección “Despierto y por la calle”, con sus anotaciones instantáneas, pequeñas iluminaciones, retratos fugaces…

SONÁMBULO Y EN EL ALAMBRE / 1

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

(Nota previa. Mando este envío tal como lo tenía a punto justo antes de que se cerraran las calles. Va ahora como un testimonio de buenos deseos para todas y todos los que vuelven a transitarlas. El título de la sección llevará este subtítulo, por ahora: SONÁMBULO Y EN EL ALAMBRE)

Bajo del autobús en la parada del Crucero, sigo hablando por el móvil con mi amigo el músico pensador; la acera está llovida. De pronto, a mis pies, ¿qué veo? Un chupete caído. La imagen de tal objeto, por una razón que no busca causas, enlaza con las palabras recién intercambiadas entre nosotros.

Entro en San Marcos, con los auriculares del iPod en los oídos, suena Archie Shepp, su tenor dulce y rugoso, esta vez no tan   turbulento.
El espacio interior de la iglesia es más amplio de lo que recordaba (la última vez que entré fue para tocar yo mismo el saxo, hace ya muchos años). Camino, levanto la cabeza, miro hacia lo alto: ¿cómo era mi sensación a los cinco, siete años? Estaba más pendiente del tebeo del domingo, la chuchería en el kiosco de la ogresa buena, a la entrada del puente, con su candil de carburo.
Voy y vengo, me paseo sin trabas (bueno, me he quitado la gorra por si las moscas o el mosqueo de un sacristán invisible).
Están con el Rosario. Lo lee una mujer, diaconisa, con lectura mecánica, sin poner demasiada salsa devota. Por los bancos, pocos y dispersos, los fieles, cada cual buscando la distancia con los demás, hombres y mujeres, a la manera leonesa. Rezos cansinos. El ambiente sugiere un gran desánimo. Nadie podría entrar en las tristezas y esperanzas y rutinas suplicatorias de cada fiel. Todo mi respeto, mientras Archie sopla con ganas y me caldea la cabeza, falta me hace. Gracias, compañero.

De vez en cuando veo pasar a esos hombres infantiles, los que llegan a los setenta años con sus caprichos intactos. Uno con su nuevo coche, sé de él que se despierta por las noches, baja al garaje, pasa las manos por sus lomos bien lustrados. El capricho cumplido le hace feliz por una temporada.
Otro va chupando un helado con absoluto ensimismamiento, agarrado al cucurucho, lame, no ve a nadie, tiene de nuevo siete años y pasa la lengua por la crema, se deja ver por la calle en el acto desnudo de su capricho renovado.

¿Hay quien todavía vaya por las calles mirando a las nubes?

A lo largo del viaje, casas cayéndose por el tejado, desde lo alto se caen siempre las casas. Ya cerca del destino, la última en su ruina. Y en la fachada, un grafiti: CARMEN NO ERES BUENA, como copla flamenca dolorida o rencorosa.

El gris de la nueva-vieja estación de León (estaciooón de Leooón, tren procedente…, en las madrugadas del orujo, por los altavoces), clavadito al de los uniformes de la policía nacional, los grises, visitantes perpetuos de la cantina, buenas noches, el carnet, hagan el favor, a joder cada noche.

Los poceros. Cuando encuentro una boca de alcantarilla abierta y una escalera que se hunde en las profundidades y unos hombres que entran y salen del agujero, se me revela de golpe el mundo de oscuridad y laberintos sobre el que caminamos los de arriba, los diurnos. Y me viene aquel título del protofascista vanguardista (otros fueron brigadistas) Ernesto Giménez Caballero, Yo, inspector de alcantarillas.

Entro en León Plaza. Todos los bancos centrales están ocupados por ancianos y ancianas como pajarines en la rama de un árbol, muy juntos, dándose calor.
Leo los anuncios en grande por las paredes, los nombres de las tiendas: MODA JOVEN, ROPA DEPORTIVA, TRATAMIENTOS DE BELLEZA. Incluso este eslogan: RAICES PARA CRECER/ ALAS PARA VOLAR.
Algunos rótulos se van aproximando a lo que estoy viendo: SOFÁS & DESCANSO. Y éste, puro humor negro: REMATE FINAL
Los pajarines sentados charlan de lo suyo, ocupan el lugar como antes la plaza del pueblo en una mañana soleada. Con mejoras: calor asegurado, mingitorios a mano. Ninguno de los rótulos va con ellas y ellos, están al sol de otros filtros, como los que se juntan en el vestíbulo del MUSAC.

El haka de los maoríes, danza ritual, grito de guerra, poner caras que transforman a un humano en gran primate que defiende su territorio. Imagina que vas despierto y por la calle y te encuentras a una manada que viene bailando sus gritos. Qué miedo.

En un solar con escombros, entre la hierba de la irradiante primavera, hay un cabecero de cama, con el frontal a la vista, forrado con tela floreada. Se ven ahí los sueños y las acciones del durmiente, lo que vio el cabecero, amores, dolores, fiebres, reposo, masturbaciones, agonías, ensueños… Ahí, tan desnudo ahora.

según Leonardo el aire perfecto para hacer un retrato
se obtiene en un patio casi cerrado de paredes negras
al atardecer o cubierto por una vela de lino
se trata de alcanzar la dulzura de los rostros
que se ven por la calle un día de lluvia

(Francisco Deco)

(Dos últimos comunicados, añadidos, pero irreprimibles:
Una caminata hasta la botica. Por el camino, con una luz sin infección (parece), tras la mascarilla la boca y la cabeza se conectaban para llegar a una pregunta (nada casual: interesada y en relación con un agosto en el poema de José Manuel Arango que me rondaba: “agosto / cuando el calor tuerce las puertas”): ¿Quedará agosto en nuestras vidas?
Y vi a mis pies una lagartija parada, como si quisiera responderme; echó a correr, se metió por un agujero en la tapia, desapareció.
Si era una señal, hay que interpretarla. La lagartija aliada –quiero pensar–).
Las ganazas de beber un porrón a morro en pandilla).

© Fotografía: Juan Rafael Murciego.

1 Comment

  1. Leo tu “sonambulía” y no puedo evitar pensar en que en tu relato hay una suerte de profética anticipación de lo que se nos venía encima como una avalancha. Ese chupete abandonado que te deja la imagen previa de una madre en huida con su criatura (¡nunca sin mi chupete¡); los rezos tristes y casi lúgubres de los ancianos en el rosario (prédica inútil contra el desmoronamiento, como después se vio), los últimos momentos de felicidad de la degustación de un helado por la calle (hoy casi imagen de ciencia ficción), de esa calle que le lleva directo a la infancia; el brillo lustroso del “haiga” que por fin logró, aunque en la tercera fase (ya no es edad); el vaticinio de los maoríes como una danza premonitoria que ejecuta el coro en una tragedia y, sobre todo, por demás, los sueños, los temores, los momentos confortables, de los que habla el cabecero arrumbado en mitad de la ruina. La lujuria, lo inconfesable, nuestras intimidades mostradas a un público inexistente, ya sin nosotros, echadas a la calle, a esa calle casi vacía ahora, colonizada por anfibios, animales llegados de los montes, reptiles y artrópodos. Y ni siquiera nos queda el bar de la estación. Mi mundo por ese porrón. Salud.

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