La revista Rilhafoles dedica su número 12 a la cuarentena del coronavirus

La revista del Círculo de Lisboa, dirigida por V. Karvajc, ‘Rilhafoles’, sacó este número en plena pandemia y solo se podía encontrar en farmacias. Ahora ya se puede adquirir en las librerías. Dedicado íntegramente a la cuarentena, este número 12 incluye en su apartado literario tres textos: un simulacro de un diario, de Manuel A. Rodríguez, un microrrelato de Miguel López Astilleros, y 13 haikus de Emilio Pedro Gómez. Las fotografías son de Mario Paz. En León está disponible en la librería Galatea.

Por JOSÉ N. FUERTES CELADA
Desde astorgaredaccion.com

Ya está imprimido el número 12 de la revista plegable de bolsillo Rilhafoles, una revista que como todas las anteriores va dedicada “a la memoria de Ângelo de Lima, poeta marginal internado en el manicomio del Rilhafoles, que participó en la revista Orpheu fundada en 1905 por Fernando Pessoa, Mário de Sá Carneiro, y otros miembros del grupo modernista, como Almaida Negreiros o Luis de Montalvor. De aquella revista solo se publicaron dos números, de Rilhafoles ya van doce.

Este número está dedicado íntegramente a la cuarentena del coronavirus. Es la presencia de una ausencia, de la exterioridad ausente, pero también, de manera refleja el triunfo de la búsqueda de la interioridad, no a la manera agustiniana tras los ecos de las pisadas de Dios en la memoria, sino más bien como el descubrimiento del ‘Nadie’ identitario que realmente somos.

La parte literaria nos proporciona tres textos. El primero es un simulacro de un diario, por eso se titula ‘El otro’, el otro diario, el otro del diario. Viene firmado por Manuel A. Rodríguez. Si no es un diario verdadero, es un verdadero diario falso, ficticio, un cuento irónico sobre tantos diarios que se habrán escrito durante el confinamiento, algunos los conocemos, han sido publicados, no cuentan sus intimidades sexuales, no cuentan intimidad alguna. Son ejercicios narcisistas, simulacros de interioridad. Se denominan “diarios” por su datación secuenciada día a día. Nada de lo que verdaderamente cuenta.

Bueno, pues el personaje de ‘El otro’ no escribe un diario más, sino un diario de menos, un diario de la desaparición, de la disolución, de la nadificación. Está contado día a día como los simulacros que nos quieren colar por verdadera vida; pero aquí se manifiesta la disolución de una interioridad. Comienza con la desorientación originaria al no tener nada que hacer, y la escritura del diario se propone como quehacer, como autodonación de sentido; tal vez también cumpla esa misma función en el narrador de carne y hueso.

Una vez desplegada la revista queda un papel de tamaño DIN A3. Por una cara, llamémosle la A, vemos las ocho fotografías, dos de las cuales hacen de portada y contraportada. En la de portada entrevemos por entre las laminillas de una persiana un parking desértico y en la de contraportada esa misma persiana permanece cerrada. El reverso, la cara B, es la parte literaria, poesía, cuento breve, etcétera.

Escribe en el día 32: “Hoy no ha pasado nada. ¿Acaso ha pasado algo los demás días?”. Es el diario de un náufrago, confiesa. Este quehacer diarístico incrementa la sensibilidad del personaje, pues en el encierro resulta complicado contar nada interesante y verdadero a partir de la sola la percepción cotidiana. Le obliga a desnudarse ante sí mismo, escuchar su voz propia; hablar con ella, al principio consigo misma. Ese reflejo, esa voz adquiere vida propia y se deslinda, deja de ser controlada, se independiza, se corporiza, se desdobla. Una doble conciencia que provoca una lucha hegeliana en contra de sí mismo, hasta eliminar la parte ‘reflexa’ y llegar a ser un ‘no-ser’ que es, al modo de Ulises en el episodio de Polifemo: Nadie.  Única manera de vencer al cíclope, abandonando su construcción social y poniéndose a salvo de la envidia de los dioses. Llegar a ser nadie a pesar de la ‘algunidad’. “En el peligro, el que tiene presencia de espíritu descubre de nuevo y en sí mismo el ser nadie” dice Sloterdijk. Pues, ¿quién cómete aquí el asesinato del quien, cuando quien y quien son dos yoes de ese quien mismo? Evidentemente, Nadie es ahora yo.

En ‘Microdistopía: 2984’, aludiendo a la distopía orwelliana de ‘1984’, José Miguel López Astilleros escribe un microrrelato en el que relativiza los tópicos de la belleza, de la moral establecida, de la autonomía moral en un mundo de confinamiento que se alarga ya por más de 900 años. “Ahí es nada querer ser un no-nada”.

‘Ventana adentro’ consta de 13 haikus de confinamiento de Emilio Pedro Gómez. La observación minuciosa, paranoica del confinado, pero también la exterioridad añorada que entra y sale por la ventana como visión o como disuasión. Dos ejemplos de uno y otro caso: “Monotonía / En inmóvil nevera / giro un imán.” y “En la soledad / transporta el autobús / sus soledades.”

La cara A de la revista contiene ocho fotografías que como los haikus precedentes, se abren a un exterior despoblado, fantasmal, mostrando un interior objetualizado que podría perderse. Las fotografías de Mario Paz van desde la persiana todavía cerrada al desierto o paraíso que podrá verse paulatinamente cuando esté completamente levantada. Hay un temor a arriarla de golpe. Muestran el confinamiento en sus consecuencias, pero nada quita que fuera lo que vemos una proyección propia o ajena, como en ‘La invención de Morel’. Se nos hace ver el confinamiento desde esas ausencias callejeras. Pero también quiere que veamos el interior de eso exterior que nos muestra, como si tuvieran entre ellos alguna relación. Así vemos una foto de un libro abierto en una lengua extraña, seguramente ya extinguida para el cuento de José Miguel Pérez Astilleros, o la fotografía de una ‘lunaria annua’, o monedas de Judas. Ambas fotos, la del libro y la de la planta, desenfocadas, como una interioridad estetizada, como otra posible proyección.

La persiana de láminas de aluminio abre su ojo hacia la calle tímidamente y nos proporciona una fotografía por entre las laminillas, esas laminillas que en la realidad visible ya no estarían cuando miraramos a su través, son, en la fotografía, de una presencia ineludible. Vemos una mujer que camina apresurada hablando por un móvil seccionada por las laminillas. Ya luego, con la persiana izada, otra foto de un columpio infantil de un parque desierto o una foto más de una veleta rematada en Bucéfalo; y por último, la más inquietante de todas, si cabe, la de un edificio pantanoso “circundado por un océano vasto y tempestuoso, el imperio de la apariencia, donde espesas niebla y hielos ofrecen a cada momento la ilusión de nuevas tierras”. Emergida de entre las tinieblas una sola ventana iluminada. Tengo la impresión que Mario nos ha llevado de vuelta a casa, de que esa foto no es sino un autorretrato.

Si estuvieran ordenadas esas fotos tendríamos una secuencia para leerlas, pero no aparecen así en la revista. Así que no sabemos si leerlas como recuperación o pérdida de la interioridad, o como pérdida o ganancia del exterior, tal vez estén en lucha dialéctica ambas cosas. En cualquier caso exterioridad perspectivista e identidades defensivas.

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