Las siete maravillas del mundo leonés / #4 / Memorial del convento

Por LUIS GRAU LOBO

A la busca de refresco para la canícula convendrán en que los monasterios españoles son lugares frescos: el frío es lo que mejor guardan. Lo lamentaba Quevedo después de que, en paños caseros y sin explicación previa o posterior, lo trajeran a San Marcos de León a purgar su lengua, tan retorcida como, en ocasiones, venal. No se les ocurrió exilio interior más apartado de la Corte y sus asuntos, aparte de serle familiar al escritor sesentón la Orden de Santiago cuya casa leonesa languidecía entonces. Lo describe con prosa afligida y un punto exagerada: «de rigurosísima prisión, enfermo de tres heridas, que con los fríos y la vecindad de un río que tengo por cabecera, se me han cancerado, y por falta de cirujano, no sin piedad, me han visto cauterizar con mis manos; tan pobre que de limosnas me han abrigado y entretenido la vida. El horror de mis trabajos ha espantado a todos». Pobre.

Quizás fue porque lo siguiente que los monasterios acumulan son ocupaciones distintas a la monástica, fuera porque al desamortizarse quedaron al albur del Estado (cosa temible en el siglo XIX), sea porque sus caserones excesivos y destartalados tienen difícil encaje. Han solido acoger cárceles y cuarteles, que son especie de monasterios poblados por hábitos y prácticas regladas no tan dispares. Paso más allá dio este de San Marcos, que fue campo de concentración en la guerra civil tal vez amplificando el augurio quevedesco. Nada se advertía sobre ello hasta hace poco: en este país nuestro da por ensalzar generalitos y encubrir afrentas, como los hidalgos y lechuguinos de toda la vida.

Un museo también suele ser opción para el caso, aunque en San Marcos al provincial siempre se le tratase como okupa o estorbo, siendo como es el más antiguo de sus inquilinos y aun el más notable. Se prefirieron antaño los caballos sementales del ejército y hogaño boatos hoteleros para el turismo. O tirar abajo el edificio entero, que también se intentó y, por fortuna, como el ayuntamiento lo quisiera, acabó por no hacerse. Durante la turbia prisión franquista hubieron incluso de emparedarse piezas del museo para no perderlas. Cuatro años después se tiraron aquellos muros de ladrillo y allí detrás estaba todo. El frío conserva.

La recurrencia de los oficios religiosos no va a la zaga. Uno nunca se desengancha del todo de sus orígenes y, por otro lado, la Iglesia reclama lo propio y lo ajeno con tesón y disimulo geológicos.

A lo que iba, el edificio de San Marcos de León, aparte de monasterio, ha sido (o es aún): Casa de la Orden de Santiago para el Reino de León, Museo provincial, cárcel, Instituto de Segunda Enseñanza, Casa de misioneros, Caja de reclutas, Escuela de veterinaria, Casa de jesuitas, Hospital penitenciario, IV Depósito de sementales del ejército, Casa de estudios de los Escolapios, Campo de concentración, Cuartel, Parroquia, Parador de turismo… Un conciso retrato de este país en los últimos siglos. Hace frío dentro, abríguense.

San Marcos (León) en un grabado, de autor desconocido, fechado en 1883.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 26 de julio de 2020,
en una sección de verano titulada “Las siete maravillas del mundo leonés”)

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