Freddy, Joey y George se plantaron ante la muerte con elegancia y valentía

Una de las últimas fotos de Freedy Mercury, que se fue sin una queja tras un calvario de años.

Por CARLOS DEL RIEGO

Las fechas empujan a pensar en la muerte. El caso es que, llegado el momento supremo de toda vida, hay quien lo afronta con miedo, o con tristeza, o con desesperación…, sentimientos fácilmente comprensibles, lógicos e irreprochables. Pero también hay quien mira al ‘otro barrio’ con la frente alta, con elegancia y entereza, postura que tomaron algunos de los nombres más reconocibles de la historia del rock (y mucha otra gente), como George Harrison, Freddy Mercury o Joey Ramone, que al ver ya el brillo de la guadaña  mantuvieron el temple.

Tarde o temprano todos los que pisan este planeta terminarán en manos de la Parca, es la cosa más segura del mundo, la única duda es cuándo y cómo. Pero hay personas que se ven obligadas a afrontar la certeza de que tienen los días contados, que no hay alternativa y su vida terminará en la fecha prevista. Aceptar la próxima visita de aquella es motivo suficiente para alterar los ánimos. En ese momento en que ya no hay duda de que el final es cosa de unos días, muchos se derrumban, otros se adelantan a su destino y, también otros muchos, engrandecen su figura plantándose sin miedo ni autocompasión ante lo inevitable. Algunos músicos de rock, ante lo que se les venía, mostraron su valentía y elegancia ante la guadaña. Así, pueden citarse los casos de George Harrison, Freddy Mercury y Joey Ramone. 

George Harrison (1943-2001) afrontó la inmediata conclusión de su vida como lo hacen los tipos íntegros, con entereza y serenidad. Se le consideraba el beatle menos carismático de los cuatro, pero el caso es que, además de su imprescindible aportación a los Beatles, el autor de ‘Something’ desarrolló una carrera en solitario casi siempre superior a la de sus compañeros; y fue el ‘inventor’ de los festivales de rock benéficos. El cáncer de pulmón fue consumiéndolo poco a poco y de nada sirvieron los diversos tratamientos a los que se sometió, a pesar de lo cual, jamás salió de su boca una sola palabra de desesperación o autocompasión. A comienzos del nuevo siglo descubrieron que el mal invadía también su cerebro y que ya no había nada que hacer. Pero el gran George siguió trabajando para terminar el que sería su disco póstumo a pesar de que el deterioro físico ya era evidente; incluso dio indicaciones para terminarlo si él se quedaba sin tiempo. Un periodista lo explicó así: “Comprendió que el cielo en la tierra se llama rock & roll”. Él, reservado, sensato, elegante, quiso morir en paz con todos, así que llamó a aquellas personas queridas con las que había mantenido enfrentamientos, y de este modo irse sin cuentas pendientes. Entre éstas estaban sus viejos amigos y compañeros Paul y Ringo, con quienes se reunió a solas en una habitación, y dado que éstos no iban a traicionarlo, lo que allí se dijo será siempre un misterio, aunque es de suponer que serían palabras de amistad, de perdón mutuo, de añoranza, de recuerdo al camarada muerto… Con una elegancia deslumbrante, con una valentía imponente, George quiso quitarse importancia y hacer honor a aquel prodigioso disco que había editado en 1970, ya sin Beatles, con el título de ‘All things must past’, todo debe pasar.

Uno de los más grandes iconos del rock & roll de todos los tiempos (y por tanto uno de los que más tenía que perder) es el inolvidable solista de Queen, Freddy Mercury (1946-1991). Es de dominio público que contrajo el sida en un momento en que apenas se sabía nada ni, desgraciadamente, se tenía idea de cómo combatirlo. Sus últimos meses de vida fueron un auténtico calvario, pero como recuerda su compañero el guitarrista Brian May, “jamás se quejó, jamás se compadeció de sí mismo, nunca gemía diciendo que su vida era terrible”, al revés, “siempre mostró un coraje asombroso”. Como es sabido, una de las últimas canciones que grabó, cuando los efectos de la enfermedad eran dolor e incapacidad, fue la vitalista ‘The show must go on’, el espectáculo debe continuar; de ese modo, el invencible cantante deseaba demostrar que sí, que él se iba, pero que no era el fin del mundo, que todo debía seguir, que nadie lo lamentara…, que la vida continuaría sin él. En aquellos durísimos momentos Freddy estaba debilísimo, apenas podía tenerse en pie, cuenta May que su estado era tal que prácticamente tenían que llevarlo en brazos y sentarlo ante el micrófono, sin embargo, él sacó fuerzas de nadie sabe dónde, sobre todo en la grabación de esa elocuente canción. Desveló el guitarrista que, cuando Freedy se quedó sólo ante el micro, todos los que estaban al otro lado del cristal estaban convencidos de que no podría cantar y sería un momento muy triste, no tendría fuerzas…, sin embargo, cantó como en sus mejores tiempos, con su mejor voz, con una energía increíble, todos los presentes quedaron asombrados, maravillados, sin palabras ante lo que entonces se sacó el cantante (¡qué momento!). El gran Freddy Mercury se fue enviando un mensaje que podría interpretarse como “yo soy cantante y cantando moriré, no tengo miedo ni quiero compasión”. Era incluso más grande que lo que todos veían.

Conducta y actitud similar exhibió otra figura del rock, Joey Ramone (1951-2001), vocalista del arrollador grupo neoyorquino. Afectado por cáncer linfático desde hacía años, procuró continuar con su trabajo sin dejarse afectar, o sea, prefirió seguir sintiéndose músico a lamentarse en un rincón (algo que, por otro lado, nadie reprocharía). Sabiendo lo cerca que estaba de la muerte, mientras grababa sus últimas canciones, decidió poner a su nuevo álbum (que sería póstumo) el título de ‘Don´t worry about me’, no os preocupéis por mí, dando a entender que él la palmaba, sí, pero que no era para tanto y que nadie le tuviera lástima ni se angustiara; curiosamente, quien peor llevó su muerte fue su íntimo enemigo Johnny Ramone, que después de veinte años de no dirigirle la palabra vivió angustiado los tres años que tardó en reunirse definitivamente con Joey (también cáncer). Asimismo, una de las últimas canciones que grabó fue una versión del clásico de Louis Armstrong ‘What a wonderfull world’, qué mundo maravilloso, un tema que le encantaba cantar y con el que deseaba transmitir la idea de que las cosas más simples son las mejores: los árboles, los colores, el cielo…, un mensaje cien por cien optimista justo antes de emprender el último viaje. Sin mal rollo, sin impostura, con humildad, con verdadero amor a la vida que había tenido y que llegaba a su fin. Joey Ramone, dos metros de dignidad y elegancia.  

Grandísimos artistas que mantuvieron alto el espíritu en la hora suprema.

Visita el blog de Carlos del Riego.

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