La congoja de Aquiles

Por LUIS GRAU LOBO

Morir es sencillo: un instante estás y al siguiente no. Siempre y cuando suceda sin agonía, sin dolor o se combata con éxito. Quien haya experimentado un desfallecimiento repentino, una anestesia, un síncope, quien haya perdido el conocimiento lo sabe, cuando se vuelve, entiendes que podrías no haberlo hecho y, ¡zas!, se hubiera acabado sin más. Estás viendo una película y se va la luz. Y no vuelve.

Por ese motivo, la muerte es algo que sucede a los demás. Solo ellos pueden experimentarla. Son los demás, los seres queridos y que quieren al fallecido quienes perecen un poco, quienes se vacían un poco, a quienes alguna vez en medio de la noche les ahoga la certidumbre de que ya no podrán hablar nunca más con su padre, llamar a su hermana o quedar con su amigo del alma. Solo esa muerte es temible porque hay que vivir con ella.

Más allá de los confusos miedos infantiles, el momento en que nos hacemos cargo de la evidencia de la muerte da comienzo a la madurez, eso que antes se llamaba «uso de razón». La conciencia de ese forzoso final distingue a la especie humana e impulsa gran parte de sus actos. En el menos infeliz de los casos, la muerte empieza a percibirse como algo que afecta a los ancianos, algo que desde niño sabemos parte de un proceso natural. Un abuelo, un vecino longevo… Después comienzan los coetáneos. Se muere un compañero de la infancia de una forma aciaga y antinatural. El primer espanto. En ocasiones, el siguiente lo provoca un familiar cercano pero de más edad, aún lo suficientemente mayor para que se entienda como una injusta ‘ley de vida’. Lo intolerable sucede cuando ese orden se invierte de forma dramática: un hermano, un hijo…

Estos meses se están marchando demasiados y, salvo excepciones, estamos haciendo lo que nos dicen que hagamos para que no suceda. Muchos de ellos han anticipado el desmoronamiento de una generación a la que somos conscientes de pertenecer. Nos apelan con su lento desfilar hacia un territorio del que hace unos años nos sentíamos lejanos. Su ausencia pronostica el apagón de lo que fue una forma propia e irrepetible de ver las cosas, con sus infinitas variantes y diferencias.

En el canto XI de la Odisea, Ulises desciende al reino de Hades y lo encuentra habitado por sombras que han perdido la memoria de lo que fueron. Aquellos con los que logra conversar gracias a un truco de hechicería suplican retornar con él. Aquiles, el más celebrado de los griegos, confiesa que cambiaría la gloria y el poderío que antaño le guiaran por estar vivo aun sirviendo de esclavo en una pobre hacienda. Lejos queda su ardor guerrero a la hora cierta. Los dioses, en cambio, envidian la mortalidad humana: en ella reside la trascendencia de los actos. Por eso se comportan como si nada importase. Acudimos a los cementerios como aquel griego caminó entre los difuntos para encontrar la manera de regresar. No lo hacemos por ellos, sino por nosotros.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 1 de noviembre de 2020)

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