Adiós a Elena Santiago / “La realidad actual tiembla tanto que no podría escribirlo”

Elena Santiago.

La muerte de la escritora Elena Santiago este domingo 3 de enero de 2021 en Valladolid, donde residía desde 1965, sobrecoge a sus paisanos del Órbigo, especialmente a los de su Veguellina natal que hace poco más de un año la hacían Hija Predilecta. Con motivo del homenaje que recibió en su localidad, su paisano Tomás Néstor Martínez realizaba esta entrevista para astorgaredaccion.com que ahora vuelve a publicar en su recuerdo y nosotros compartimos.

Por TOMÁS NÉSTOR MARTÍNEZ
Desde astorgaredaccion.com

“Acercarse a Elena Santiago (Veguellina de Órbigo, León) es abrir la puerta para acceder al interior de su obra, a la creación de mundos en los que los personajes van creciendo poco a poco hasta encontrar un final, a veces no esperado. Escribía recientemente J. I. García que Elena es “la gran dama de las letras leonesas y castellanas… sigue gozando de una extraordinaria salud literaria”, y la define como excelente escritora carismática. Quienes la seguimos desde sus inicios, podríamos aún añadir tantas cosas con las que hemos disfrutado. Lo que interesa es escucharla y desvelar, hasta donde sea posible, los entresijos de su quehacer literario”.

– Siempre soñó Elena que de mayor le gustaría ser pájaro o ángel para no romper los calcetines. ¿Ha conseguido ser ángel, pájaro?

– Aseguro que no llegué a ser ángel. Comprendí enseguida que ser ángel era muy difícil ya que ellos eran especiales en el Bien y en lo más caritativo. Además, seguramente, no utilizaban calcetines. Ser pájaro era muy distinto, llegué a volar o correr casi volando por las calles de mi amado pueblo, Veguellina, apenas sin alcanzar suelo. Sí, vuelos y mirándome, en lo alto, golondrinas cantoras. Ya mis pocos primeros años corriendo y corriendo camino hacia el río, entre árboles amigos. Siempre volando.

– Desde niña una vida y lectura caminaron unidas. Se acostumbró a mirar, a escuchar a leer. Sabía desde entonces que no iba a prescindir nunca de la palabra escrita. ¿Cómo recuerda sus comienzos?

– De niña fui felizmente en una vida cuidada, por mi madre, en la lectura. Siempre libros a mano, un atractivo muy aceptado. Fui abrazando lo cerca que suponía en la vida. La lectura era asumir el abrir caminos, ventanas y puertas, y escribir palabras, era mágico. Estaba la vida entera, entonces nuestra casa y las del resto del pueblo existiendo. Siempre padres y niños que llamaban en la puerta y los niños nos decían: Ven. Y jugábamos felices. Yo siempre podía.

– En Ángeles oscuros (1998) Veguellina de Órbigo -donde tiene reconocimiento oficial de una cinematográfica plaza- y el retrato de sus gentes de aquel entonces ocupan cada línea. Sin ese río, choperas, campanas de la torre, cigüeñas, golondrinas… ¿su obra literaria hubiera sido la misma?

– ¡Qué emoción tan inesperada y gloriosa el reconocimiento de mi nombre en semejante plaza! ¿Emoción? Absoluta. Mi maravillosa plaza y yo, juntas. Ella crecida cada vez más bella y deslumbrante, siendo además cinematográfica. Estar tanto con todos entregada en todas sus horas.

¿Mi obra literaria hubiera sido la misma? Rotundamente, no. Vivir mi historia, mi escritura que yo respiraba. Iban pasando todos, quedándose. Las campanas sonaban como voz natural, conocida y feliz, sin atragantarse nunca. La torre continuaba cada día como imagen que nos miraba invariablemente con buena cara, y las golondrinas nos cantaban.

– Novelas, creo que quince, con títulos tan sugerentes como La oscuridad somos nosotros (1977), Ácidos días (1980), Veva (1988), Asomada al invierno (2001), La muerte y las cerezas (2009), Nunca el olvido (2015), Los delirios de Andrea (2019); libros de poesía, el más reciente Mat y Pat. Vuelo de niños (2018); colaboraciones en la prensa diaria, en revistas especializadas. ¿Nunca fue tentada por el teatro? Comente con cuál de los llamados géneros literarios -novela, poesía, colaboraciones periodísticas- se identifica más.

– No, nunca se me ocurrió. No dudaba en no salir de la novela y cuento, poesía… No salí en lo que más encontraba en mí: novela, cuento y poesía. Me identifiqué más con la novela.

Llegando los premios, numerosos. Recordaré algunos: Premio de Castilla y León de las Letras, el Ciudad de Irún, Novelas y Cuentos, Felipe Trigo, Pola de Lena, Ciudad Barbastro, Ciudad de San Sebastián, Miguel Delibes… ¿son un aliciente? ¿ayudan a seguir escribiendo?

Sí, es muy agradable. Pero supongo que sin ellos también continuaría tanta vida escribiendo. Las obras habrían ido creciendo. Personajes, creciéndose. Descubriéndose, manejando sus vidas, incluso equivocándose. Realidad. Sueños. ¿Premios? Muy bien.

– Me atrevería a decir que cada uno de sus libros es una escuela de personajes novelescos a los que Elena Santiago va dirigiendo en sus vidas. ¿Coincide con esa idea?

– Sí, profundamente. Porque comenzando es tener acercamiento a emociones, nombres, rostros, sentimientos, que ya están o van llegando en calma o lágrimas, en sonrisas con ruido o en silencio. En el calor o lo triste. Páginas que siento que están llegando abiertas de par en par y algunas en su negrura. En penumbra en el sol y se enciende. Verdades o ecos. Invariable, el río. Corriente río en claridad, reflejos, murmullos, colores.

– Andrea o Aldonza, Mateo el fraile, Dea ‘pecadora de seda’, Manuelina da Costa, Aida Veiga, Veva, Pepe Soto. Entre sus numerosos personajes, es decir, su familia literaria, se llevará mejor con unos con otros; habrá cariños y aprecio con algunos. Desvele cuáles se mostraron más rebeldes, con quiénes simpatiza más, quiénes son más de la familia. ¿Cómo consigue que el lector sea cómplice de la autora y se adentre en la acción narrativa hasta formar parte de ella, es decir, que también viva en la novela?

– Andrea quiso llamarse y ser Aldonza, algo que entendí que surgía y acariciaba una unión envuelta llegando. Qué yo quería hacer o saber alcanzar en aquel camino distinto, majestuoso, recordando y soñando con El Quijote. Entré sin dudas, sin vacilar. Era verdad y ensueño. Y extendí alas de respeto y de verdad e imaginación. Entera, en lo posible. Cada paso de los personajes de lo escrito, se quedaban cada uno en su papel, muy vivos. Nada cansados. Se acoplaron fácilmente a mi entrega; resultó afanoso, pero, yo creo, que estaban caminos por donde quería llegar.

– Algún crítico literario ha señalado que la lectura de obra “suscita un placer lingüístico y metafísico constante”. Se podría añadir que Elena Santiago es dueña de una escritura reposada y tranquila. ¡Cuánto trabajo, horas y horas relacionándose con las palabras y la imaginación!

– Cuando entran sentimientos, imaginación, realidad, tendencias, pensamientos., pasan las páginas sin abismos. Sí en camino. Lo demás es lograr crearse. Recibir lo fingido o lo existente, lo inventado, real o aparente, o lo acaecido. El amor y la soledad, el llanto o la risa. Tanto, que puede asomar lo colmado de vida. Las horas, son hondas, y ya finalmente están.

– Francisco Umbral destacó “el tono intimista y muy cuidado, contenido y bello” en su escritura. ¿Está de acuerdo con Umbral?

– Con él, sin duda. Era un escritor muy importante. Francisco Umbral me descubrió casualmente en un Premio de Cuentos (que gané). Seguido un tiempo, me buscó y me leyó. Nos conocimos y me comentó mis libros de entonces. Verdaderamente fue espléndido.

– ¿Cuánto hay de la vida de Elena Santiago en ese mundo literario, en sus personajes, paisajes, sentimientos y emociones?

– ¿Cuánto hay de mi vida en ese mundo literario? Entera vida. A escondidas escribía seriamente desde los 11 años (mi madre lo sabía y me leía). Tanteé al saber que pedían cuentos. Algo asustada envié a los dos. Ambos, fueron premiados. Lo más grande ocurrió que, al correr a dárselos a mi sorprendido padre, al finalizar de leerlos, quedó muy emocionado. Fue un día especial, magnífico e inolvidable.

– El mundo actual ¿es de novela, de comedia, de tragedia o de pena?

– El mundo actual es una tragedia. De muy enteras penas.

– ¿Encontraría material suficiente tanto como ambiental para novelar este mundo?

– No creo. Escribiría acercándome a sostener lo que va quedando de amor, comprensión y respeto, urgentemente. Porque la realidad actual tiembla tanto que no podría escribirlo.

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