‘Cabeza de cisne sobre almohada floral’. Susana Barragués

Cabeza de cisne sobre almohada floral
SUSANA BARRAGUÉS
Eolas Ediciones, 2021

La escritora leonesa Susana Barragués presenta su libro este sábado 10 de abril, a las 12:30 horas, en la librería leonesa Tula Varona, dentro de la Feria de Editores ¿Emergentes…? FEE. Y por la tarde, a las 18:30 horas, firmará ejemplares en la caseta de Eolas Ediciones, en el patio de El Albéitar.

Por CARMEN PALOMO

A quien se apresta a contarnos una historia, le pedimos que nos diga al comienzo cuándo y dónde sucedieron los hechos. En el arranque de un poemario, sin embargo, lo que nos habla allí ha de crear desde dentro sus propias coordenadas, algunas claves que sostengan la singularidad de esa voz para la que no sirven los mapas ni los calendarios. Cabeza de cisne sobre almohada floral se inicia con varios metapoemas que establecen el rumbo hacia ese “reino del Más Allá” fuera de “la jaula cerrada de mi pensamiento”. La escritura se carga desde el comienzo de “potencia total”, la voz es “substancia potencial” en el doble sentido del término: poder y posibilidad. Tiene esa voz fuerte la avaricia del coleccionista y se confiesa dueña o testigo de la contemplación del universo desde su “pura inmovilidad”: “Quiero estar en el sol de la pura canción del amor”.

La materia textual de Cabeza de cisne sobre almohada floral es densa y está tensada entre estos dos puntos: en un extremo, un acaparamiento tumultuoso, barroco, de seres; en el otro, una quietud reflexiva que recorre los listados y los anuda en gavillas. Esa tensión resuena entre otros dos extremos nombrados como yo y tú:

Lo que me ofrece el tiempo es escaso para mi gran óyeme voluptuoso
seguido del más desesperado todavía gran háblame.

Hay, pues, un hilo, un argumento amatorio que viene a teñir los tiempos verbales de memoria y expectativa, de deseo y fracaso, como un relato subterráneo donde un héroe hercúleo amasara lo populoso de la existencia para ofrecerlo en algún altar: “Y yo haría algo inmenso: sobrevivir al imperio de tu ausencia”.

Tal supervivencia está cifrada, de manera oscura (la densidad textual resta claridad, pero aporta consistencia), en la acumulación, en el nombrarse de los seres que pueblan las páginas con un abigarramiento siempre laborioso, siempre en movimiento, siempre sonoro. Es una naturaleza casi onírica donde flora y fauna son, simultáneamente, imágenes del alma, pero también entes autónomos, origen de “una sabiduría inútil” para la voz poética. En esta égloga, las enumeraciones adquieren el tono de un salmo que alaba la existencia o la vivencia al tiempo que se interroga a sí misma en medio de la abundancia.: “Soy el plato principal de la fiesta de mi destino”. El lector no sale indemne de esa imaginería saturada de sensualidad: la lectura es igualmente un banquete.

Ante el despliegue del mencionado “potencial”, la lectura se vuelve un camino de conmoción donde las vibraciones emocionales cobran un eco de celebración, de dulzura: “Porque yo solo hablo así, con estertores de dulzura”. Por más que el (cor)relato aluda, en ocasiones, a la pérdida o a la ausencia, a viejas casas abandonadas o arrasadas por el fuego, es la potencia del canto, la belleza de su plasticidad lo que prevalece. Y junto a esa imaginería, una extraordinaria capacidad de relación, de lógica metafórica que reproduce la percepción y la vivencia amorosa con claves tan evidentes como misteriosas:

Conozco la maniobra de la alegría en la música
y también la trampa de la pena en los pájaros que
abandonan el nido
no por amor al vacío sino por odio al huevo.

Cabeza de cisne sobre almohada floral consta de una segunda parte, titulada “Coronación de halo”, con una configuración bien diferente. Se trata de un diálogo, en poemas alternos, entre la amada y el amado, con unas claves que remiten inmediatamente al Cántico espiritual de Juan de Yepes. El “halo” del título alude a la pasión amorosa, a su “purísimo estupor”: los amantes describen extasiados y exultantes el júbilo de su sentimiento, bien como incitación y anhelo ante la inminencia del encuentro, bien como consumación reciente. La labor de ambos es la de correr por cumbres y crestas,” entre granitos y castros”, que recuerdan los bosques y espesuras de San Juan. Los apelativos que encabezan muchos poemas (“Corredor Mysticon”, “meteórica heredera”, “meteora transalpina”, “Estrella velocípeda”…) nombran también una carrera que no es tanto una búsqueda del otro como una expresión del movimiento anímico sometido a la presión enloquecedora y saciante del amor. Lo descrito, como en el caso de la mística, bordea los límites de lo descriptible, y por ello los poemas se convierten en una apuesta arriesgada, como remolinos de palabras insuficientes (impera aquí lo reiterativo) alrededor de un núcleo luminoso que nunca es agotado: la carrera es circular, una espiral de deseo y de consternación.

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