Topografía del encomio

Clara Campoamor.

Por LUIS GRAU LOBO

Este miércoles se cumplieron noventa años de la proclamación de la Segunda República española, motivo de conmemoración para todo ciudadano del país, si este fuera otro país. En cambio ha dado en celebración menor, partidaria, reservada incluso. Se ha extendido la opinión de que la República ha sido ‘ennoblecida’ por sus ‘correligionarios’ y no merece homenaje, como si fuera responsable de su terrible final en todo o en parte y, por extensión, de lo que vino después. Una especie de «algo habría hecho» a nivel histórico. El pretexto de los golpistas.

Con frecuencia, quienes pretenden desacreditarla mencionan episodios sucedidos durante esos años como si formasen parte de la política o los propósitos de ese régimen que, por cierto, tuvo gobiernos de muy distinto signo durante su existencia. Que se mencionen la quema de conventos, las revueltas violentas o el fanatismo partidista y sus consecuencias resulta tan injusto como cuestionar el sistema democrático actual por los problemas de orden público que suceden durante su existencia o por su propia capacidad de mejora. Todo período histórico asiste a hechos dramáticos, la historia no la habitan hadas. La cuestión reside en qué valores defendía y propiciaba ese régimen y la respuesta aquí es sencilla: democracia, sufragio universal (incluyendo por vez primera a las mujeres), educación obligatoria, derechos laborales, libertades civiles, eclosión cultural… Cuando el triunfo de la sublevación franquista partió el país por la mitad, la mejor parte emigró o hubo de ocultarse durante décadas. A la República cabe remitirse si uno ansía el país que quiso cimentar la Constitución de 1978 y eso no tiene que ver con la forma del Estado tal como se hace ver a veces.

Se desacredita también a sus valedores afirmando que idealizan ese período. Muchos de quienes lo afirman, al poco se solazan en enaltecer períodos vetustos de la historia cuya ejemplaridad dista mucho de justificarse. Las épocas imperiales, los reyes medievales… Etapas que, si bien deben estudiarse como toda evidencia del pasado, cabría no ensalzar y conmemorar como si se tratasen de un modelo ciudadano: son épocas terribles de opresión y penalidades para el común hacia las que huelga el orgullo retrospectivo. Esos tiempos sí se idealizan. Quizás porque poco comprometen al presente y no existen lazos directos con ellos se han convertido en el juguete de determinadas ideologías, manipulaciones o desvaríos identitarios… Mientras se niega reconocimiento debido a una de las pocas etapas de nuestra historia en que pudimos levantar la cabeza a la altura de unas convicciones aún defendibles, se eleva a ciertos altares a personajillos detestables, como la mayoría de los que tan copetudamente se convierten en idealizadas estatuillas o pomposas placas en calles y plazas. Mientras tanto, la efigie de Clara Campoamor ocupa un rincón apartado en una calle solitaria de los confines de la ciudad.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 18 de abril de 2021)

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