María Ángeles Pérez López: “El poema es el lugar del no saber. Y ese no saber resulta tan complicado…”

ENTREVISTA / María Ángeles Pérez López, poeta

“Leer el mundo es la gran tarea que nos es dada”

La poeta María Ángeles Pérez López participó hace unos días en la XIII edición del ciclo ‘Poesía a Orillas del Órbigo’, en Veguellina de Órbigo, ahondando en la identidad propia y colectiva a través de las palabras.

Por TOMÁS NÉSTOR MARTÍNEZ
Desde astorgaredaccion.com

María Ángeles Pérez López profesora en la Universidad de Salamanca de Literatura Hispanoamericana. ¡Qué bellísimo verso aquel de Gerbasi, “Venimos de la noche y hacia la noche vamos!” ¡Vaya cómplices que tienes ahí en la poesía hispanoamericana!

Sí, y además ese verso está interferido en uno de los libros que he escrito y es un lugar que despierta tantos ecos… Ahora con el tiempo he aprendido a no sentir ese peso abrumador; al principio, cuando era estudiante, en los primeros años, en mis primeras clases el peso era maravilloso y abrumador, porque San Juan de la Cruz había sido alumno cuatro años, fray Bernardino de Sahagún ha estado vinculado y así tantos nombres, y los vínculos con América son totales, desde Caupolicán Ovalles hasta…

Es un alejandrino perfecto ese verso, la distribución de los acentos, todo. María Ángeles Pérez, profesora y una poeta cuya poesía yo me atrevería a decir que vive en la resistencia, una poesía a la que nada importante que sea humano se le escapa. Entre sus obras podemos destacar ‘Tratado sobre la geografía del desastre’, ‘La sola materia’, ‘La carnalidad del frío’, ‘La ausente’, ‘Atavío y puñal’, ‘Fiebre y compasión de los metales’; ‘Diecisiete alfiles’ e ‘Interferencias’ son dos libros un poco especiales. ‘Diecisiete alfiles’ es un libro de haikús, con tilde, e ‘Interferencias’ un diálogo de titulares de la prensa actual con la literatura de cualquier momento. Miembro correspondiente de la Academia de la Lengua Española de Estados Unidos y de la Academia de Juglares de Fontiveros, de donde eres además hija predilecta.

Adoptiva.

Adoptiva

Ya es un título hermoso ser hija adoptiva.

De la oscuridad a la claridad, o viceversa, recorre la palabra un largo itinerario; ¿qué van encontrando palabra y poeta en ese recorrido?

Creo que una de las experiencias más fuertes es haber escrito ya varios libros y haber transitado distintos espacios de lenguaje, espacios mucho más marcados por un ritmo fuerte o incluso un ritmo perfectamente acotado como el haikú japonés, aunque sea con la tilde, en una versión un tanto heterodoxa. Un recorrido largo en el que he ido percibiendo que cualquier espacio de lo que nos rodea o rodeó a otros, quizá pueda proyectarse hacia el futuro.

No hay nada que no pueda entrar en el poema, ninguna palabra que no pueda entrar en el poema, igual que ninguna realidad es ajena al poema. Lo que ocurre es que tiene que haber una respiración para la persona que está escribiendo.

Al poeta argentino Juan Gelman que en un momento determinado le habían preguntado por poemas de compromiso, poemas escritos en relación con un tema concreto, un tema dado, respondía que lo que tenía que darse —él estaba citando a su vez a Paul Eluard, el poeta francés—, que lo que tenía que darse es una sincronicidad de lo exterior y del corazón. Tenía que haber un latido de ese afuera, sea el que sea, con la persona…

Cuando escribes el pronombre ‘nosotros’, ¿a quiénes incluyes en ese nosotros?

No lo sé bien. Y es una pregunta que me atormenta mucho porque me doy cuenta de que ‘nosotros’, ese pronombre, ocupa gran parte del espacio social, del espacio político, del espacio público. Nos definimos en función de identidades, identidades como países, como lenguas, como culturas, como generaciones, como épocas, como personas, en términos étnicos, en términos de género. Entonces qué significa ‘nosotros’. O qué significa ‘yo’ o cada uno de los pronombres… Es algo que me atormenta mucho…

Eso es lo que quería preguntarte a continuación; ¿qué otros pronombres te interpelan?, ¿cuáles te rechazan o rechazas?

El pronombre ‘yo’, es el que fundamenta nuestra construcción como sujetos. El pronombre ‘yo’ durante varios libros fue sencillo de ocupar, pero hay un momento en el que me doy cuenta de que no sé qué estoy diciendo cuando digo ‘yo’, qué significa eso. ¡Cuántas voces están ahí resonando! En mi caso sí, voz de mujer que ha podido ir a la universidad, que es consciente de una genealogía de mujeres que no han tenido acceso a la voz, que forma parte de un tiempo concreto. En un momento determinado de los libros, el propio pronombre ‘yo’ se vuelve un lugar complejo. Y hay una resistencia propia al pronombre ‘yo’, y también al pronombre ‘nosotros’, porque a veces su carga puede ser tan grave que es algo que me atormenta, me transforma en el día a día. ¿Qué decimos cuando decimos los españoles, los europeos, sur de Europa, siglo XXI, Generación X, baby boomers, y nuestros hijos, y el futuro? Eso me interpela profundamente.

“Desciendo hasta tu cuerpo y me oscurezco”; ¿se trata de un oscurecer hasta que llega la iluminación o es un desvarío místico?

Creo que ambas cosas. Una especie de ‘mística bajo’ como diría Andrés Newman de este último libro “Incendio mineral”.

A veces creo que el poema es el lugar del no saber, pues una gran parte de nuestra vida y de nuestro tiempo es no saber. Pero no resulta sencillo mirar de frente esos ojos. Gelman decía que la poesía mira de frente los ojos de la muerte. Y ese no saber resulta tan complicado… Para mirarlo hace falta valor. Antonio Gamoneda dice que “la belleza no es un lugar donde van a parar los cobardes”. Entonces hay que armarse de un valor humano fuerte para mirar la belleza, para mirar la muerte, para mirar la vida. Me doy cuenta de que ese bajar y oscurecerse es asumir ese no saber y que ese no saber es parte de un camino hacia, ojalá algún espacio de sentido, donde se haga sentido.

No cabe duda de que tus poemarios son fruto de la lectura del mundo, de la observación del ser humano;¿dónde colocas tú ese observatorio para conocer tan bien al otro?

Gracias por esas palabras. Lo primero, porque leer el mundo es nada menos que la gran tarea que nos es dada. Yo pienso que es vivir, tomar conciencia de este tiempo, tomar conciencia de la hora, de lo que pasó antes, de estar vivos, de este minuto, de este relámpago. Y mi deseo es ampliar la visión, los espacios de visión lo más que pudiera. Entonces leer a otros autores, inquirir dónde colocaron ellos su ángulo, cuál fue “un ángulo me basta” que escribe Juan Antonio González Iglesias, dónde fue que pude colocar mi ángulo Primero preguntándome, siendo consciente de que cualquier lugar está marcado de algún modo. No hay una mirada que no esté teñida de la persona que mira, no hay relación con lo real y lo irreal que no esté teñida de la persona, que no tenga que ver con lo que cada uno de nosotros deja ahí. Por eso en el primer poema de ‘Incendio mineral’ aparece la idea de que el lenguaje, de que los pronombres son vísceras y plasma en la transfusión que cede cada uno de nosotros, lo que cada uno de nosotros cedemos de nosotros  para esa transfusión común. Hay sangre vísceras, piel, por eso nos interpelamos…

María Ángeles Pérez López. Foto: Eloy Rubio Carro.

¿Dolor y poesía son inseparables?

Sí, pero también poesía y belleza, poesía y verdad, también poesía y vida, poesía y mundo, porque no se puede separar el dolor de… Nuestra sociedad separa lo enfermo de lo sano, separa la muerte de la vida, pero no, no es así; están absolutamente entremezcladas. Nuestro propio cuerpo es tiempo que va cambiando. Todo lo que ocurre a nuestro alrededor está atravesado por ese tiempo y por la experiencia de la muerte y de la vida; esas separaciones parecen como deseos de poner orden en medio de experiencias que nos sobrepasan.

¿Con qué libros conversas más habitualmente?

Con ‘Trilce’ de César Vallejo, converso a menudo con Blanca Varela, con sus ‘Valses y otras falsas confesiones’; con Eugenio Montejo, al que admiro enormemente; con Vicente Huidobro y con ‘Altazor’, por supuesto.

¡Vaya compañía!

Si es una compañía de lujo.

No hay Parnaso mejor.

No; en realidad son coetáneos nuestros. Es lo prodigioso de la literatura; en ella puedes decir perfectamente que Dante o Petrarca o la Divina Comedia son tus coetáneos, porque es verdad, es verdad que hay claves de época que tal vez hayamos perdido, porque nuestro tiempo es otro. Como clásicos son presentes vivos. Cualquiera de nosotros los va a actualizar totalmente, porque los necesita, porque la poesía es oxígeno, la necesitamos.

Cuesta mucho esfuerzo convencernos y creer que somos uno y los otros, que “ahí están los cien mil caracteres hereditarios que nos atan a los demás”; ¿por qué tanta indigencia y falta de empatía?

Porque no nos detenemos a pensar, sentir, porque en gran medida somos sociedades narcotizadas, narcotizados por el ego, por el dinero, por los ‘likes’, por muchas formas de banalidad o de superficialidad que son modos estupendos de no mirar a los ojos de la muerte, y no mirar a los ojos de la vida, ¡claro!; porque falta arte, filosofía, historia, falta conocimiento de uno mismo, de los demás, del tiempo; falta lo esencial. Podemos ser sociedades muy desarrolladas en algunos aspectos; en otros, los humanos de las primeras cuevas sabían mucho más que nosotros.

Tengo una curiosidad por saber qué contienen y guardan “las maletas que quedaron extraviadas frente a las aduanas y las noches de Ítaca y Caronte”.

No lo sé, no lo sé bien, creo que dentro está la esperanza, también el miedo. Están las maletas… Está la maleta de Walter Benjamin en Portbou, están las maletas que fueron requisadas en Auschwitz o en otros campos, están las maletas de los migrantes del Mediterráneo, esa terrible fosa común, y las de los que atraviesan la frontera de México y de tantos otros lugares, están nuestras propias maletas imaginarias;  tal vez, la maleta de los sueños que podemos haber cerrado en un momento dado porque nos parecía que eran inalcanzables, que eran utopías.

Cuando la voz poética se declara ‘la ausente’, ¿qué ha perdido o ganado la poeta, su voz lírica, para ausentarse?

La ausente es la que intenta separarse de un yo que puede ser monstruoso, de un yo que puede devorarlo todo. El ‘yo’ es un pronombre al que hay que poner en guardia, y ponerse en guardia con respecto a él. Rápidamente el ‘yo’ está en guardia con respecto a cualquiera que se acerque. Creo que la ausente es la que intenta dejar espacio para que las cosas, las personas, lo otro, los otros digan alguna clase de verdad y poderla escuchar, porque solo se escucha si haces espacio dentro de ti.

María Ángeles Pérez López. Foto: Eloy Rubio Carro.

Los títulos de tus libros, entre el asombro y el pasmo, son sugerentes, a veces estremecedores; ¿señalan al lector la dirección en la que va el contenido?

De algún modo sí, pero también para mí son revelaciones. Eduardo Moga, con quien converso a menudo, dice que hay varios tipos de títulos; unos son los que llegan solos y otros los que no llegan nunca. Yo conozco bien ambos tipos de títulos y me peleo a veces mucho con ellos. Puedo tirarme meses, hasta años buscando un título y no encontrarlo. Cuando aparece, si es que aparece, tiene también algo de revelación para mí. Es como si el título quisiera dar cuenta de algún aspecto que siento que es como la respiración de ese libro, como que ese libro ha respirado en ese lugar y puede decir algo de ese lugar que es el título. Pero el título también es en sí mismo una gran búsqueda, una aventura del lenguaje fuerte, no es algo menor. Me parece que no lo es.

“No escribir sería no ver, no querer ver. La escritura multiplica “, escribe Ada Salas en ” Alguien aquí. Notas acerca de la escritura poética”; ¿tienes esa misma sensación?

Sí; Ada Salas es una autora que leo con enorme admiración y desde hace muchos años. Además, sí creo que nombrar es de algún modo penetrar en ciertas zonas de lo real o de lo irreal; es acercarse a la persona. Qué distinto alguien que no tiene un nombre para nosotros y que, cuando disponemos de él, entonces ya estamos acercándonos, estamos aproximándonos; como si el lenguaje pudiera ser también esa mano o ese brazo que se aproximan y nos ayudan a ver, a conocer, a sentir, a afinar nuestra sensibilidad, a evitar la parte autocomplaciente que es tan grande, que puede darse en la escritura. Por eso, cuando has escrito varios libros, los siguientes son cada vez más complejos, pues no puedes entrar en los lugares en los que ya estuviste. Esos lugares tuvieron un sentido pero ya…

¿Se escribe para vivir más, para vivir distinto, para desvelar lo oculto de lo real?

Creo que para todo ello. Y para vivir, así, sin ningún adverbio; es decir, para tomar más conciencia o para afinar esa conciencia con respecto a la vida y con respecto a la muerte, con respecto al amor, al tiempo. Esas grandes cuestiones que cada generación y cada persona actualizan cada vez. Lo extraordinario que a mí me sobrecoge siempre, es que haya siete mil millones de personas sobre la tierra y nadie sea exactamente idéntico a otro, ni las huellas dactilares, ni la manera de sentir sea absolutamente igual; sin embargo, somos especie, podemos ser tribu. Hay una parte de comunidad y una parte humana que no terminamos de conocer bien. Me interesa mucho el trabajo de Giorgio Agamben, los ensayos sobre lo humano y lo animal, dónde está lo humano, qué está conformando lo humano, pero qué extraordinario…

¿Y a dónde llegaremos cargando nuestro vacío?

Ojalá que a detenernos, que haya una resistencia en el poema, que el poema nos haga detenernos;  que la vida nos haga detenernos, preguntar y mirar y abrir espacios para la escucha; y para la escucha del mundo… Suena tan pretencioso como totalidad…;  ojalá en la medida en que cada uno o cada una lo podamos escuchar…

Pues muchas gracias, María Ángeles, escucharte es oír tantas voces tan distintas y de tantos lugares que es una lección… Sigue escribiendo y deleitándonos e incluso haciéndonos pensar.

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