La guerra de los mundos

Luis Grau Lobo, director del Museo de León, publica su cuarto artículo de la serie veraniega de opinión “Ovejas eléctricas”.

Por LUIS GRAU LOBO

En este futuro preapocalíptico algo amodorrante del año 2121 que visitamos, el campo tampoco es lo que era. De tanto hueco, la España vacía se ha atiborrado: ha pasado como con el propio vacío, que tiende a llenarse de repente en cuanto hay con qué. El teletrabajo, los precios de la vivienda, la superpoblación, el afán de naturaleza… un poco de todo provocó décadas atrás un éxodo masivo a la que hoy analistas y estudiosos denominan la ‘España curvy’ y la ‘España rellenita’ (o rellenada). Nadie se dedica al cultivo o la ganadería, por descontado, y la vida sigue siendo urbanita a esgalla, que diría alguno de los nuevos ‘ruralitas’. Se trataba de aumentar las comodidades de la ciudad sin sus inconvenientes. Una zona residencial vasta y desperdigada, a la gallega, abarca campo y pueblos como si la ciudad se hubiera dilatado en plan gaseoso. De ahí, tal vez, lo de rellena. El neolítico y lo rural sucumbieron definitivamente en nuestra era, afirman los citados analistas, algo sobrepasados por su intemperancia verbal. «Hay que aprovechar el sitio, que somos mucha gente», concluye mi ciber-guía, menos ufano. Hoy día el personal disfruta asuetos y descansos semanales en la ciudad, en casa de los abuelos, de visita a comercios o recorriendo paisajes urbanos alicaídos y ruinosos, tipo el final de ‘El Planeta de los simios’. Senderismo por aceras reventadas, MBK en los baches del carril-bici y montañismo de escombrera son deportes de moda.

Debe tenerse también en cuenta que el cambio climático ha favorecido mucho las tierras leonesas, ahora subtropicales en temperatura, humedad y efectos meteóricos. Páramo y cordillera, riberas y hoyas han sido poblados a la carrera por gentes huidas del sofoco y las dichosas danas. Nos beneficiamos cuando no hay más opciones, ese sí es un rasgo de identidad.

Entramos en la conruración Cistierna-Mayorga dejando a nuestra izquierda el terraplén de skate ‘Canal de los Payuelos’, y a la derecha el Centro de interpretación del lobo ibérico ‘Suarez-Quiñones’. Hay mucha exégesis y mucha cosa desaparecida por estos lares. Nuestra llegada coincide (o estaba previsto por la agencia de viajes futuristas) con la ‘Fiesta del confinamiento’, jolgorio efemerístico de honda raigambre, según informa el cartel anunciador. Cuenta con baile de mascarillas y mascarillada. También con la famosísima ‘balconada’ o Vigilia de balcón, en la que se aplaude a cascoporro y se lanzan berridos sin conocimiento pero con mucho y desafinado volumen desde balconada o ventana, sin pisar la calle. El fin de festejo incluye ruptura de la distancia social y un mask-less multitudinario regado con espirituosos de la zona consumidos obligatoriamente en terraza (no hay servicio en barra por razones que el personal desconoce, pero se dicen muy tradicionales). A continuación, carreteras locales y caminos vecinales se llenan de vehículos camino de los encantos de la ciudad: comienza el mes más vacacional, es primero de agosto.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 1 de agosto de 2021)

Deja un comentario con tu nombre

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .