Pilar Blanco: «Ser poeta es verdad»

Pilar Blanco.

Por TOMÁS NÉSTOR MARTÍNEZ
Desde astorgaredaccion.com

Pilar Blanco, poeta, profesora, berciana sin otro domicilio fijo que la poesía. Ha publicado más de una docena de libros y ‘plaquettes’ destacando los poemarios ‘Voz primera’ (1982), ‘A flor de agua’ (2000), ‘La luz herida’ (2004), ‘Ceniza'(2005), ‘El jardín invisible’ (2007), ‘Vigía de tu paso’ (2018), ‘Yo escribo la noche’ (2020); en 2012 aparece la antología de su obra ‘Con la cal en los dedos’ con poemas escritos en el periodo 1982-2010.

Entre los premios recibidos destacan el Francisco de Quevedo (1995), el Premio Internacional Miguel Hernández (2003), el premio ‘Alegría’ José Hierro (2005), el San Juan de la Cruz (2007), el Premio de la Crítica Valenciana 2021. Su obra figura en varias antologías y es colaboradora de varias revistas literarias.

– Tomás Néstor Martínez: “Por su sangre circulan savia de castaño, aguamar (y el intenso color de la cereza). Tiene amor. Tiene un hijo. Tiene el hierro candente de la poesía”. Tu voz poética se ve así en el poema ‘Tiempo de lluvia y Bierzo’, de ‘La luz herida’: “ Y ya no sé quién soy, ni qué ni dónde habito”. En ‘El jardín Invisible’, ‘La fiebre’, esa misma voz vuelve a dibujar a la poeta. Retrato y autorretrato; ¿con cuál nos quedamos?

– Pilar Blanco: Es un autorretrato, a veces fingido, a veces anhelado, pero autorretrato. Lo que pasa es que yo soy muchas, contengo multitudes que decía Walt Whitman. Así que tampoco doy tanta pista…

– Por lo tanto estamos con la misma poeta…

– Eso es. Siempre mi poesía es absolutamente Pilar.

– ¿”Ser poeta es mentira”?

– No. Existe una ‘poeticidad’ basada en el fingimiento, basada en la construcción de un personaje, que no es necesariamente el poeta, pero no es mi caso. Ser poeta es verdad.

– «¿Dime / para qué las palabras / si no inventan el mundo?» ¿Qué hacemos con las palabras; nos rodean por todas partes? ¿Hemos de enfrentarnos a ellas?

– Las palabras pueden ser un arma o pueden ser un abrazo. Sirven para crear el mundo o para disfrazarlo, para transmitir mentiras. Yo defiendo siempre en todo la verdad y la honestidad de la palabra, reconozco que muchas veces es necesario utilizarlas como armadura, como defensa, pero son imprescindibles siempre. ¿Qué hacemos con ellas? Hay que procurar utilizarlas bien.

– ¿Inventan el mundo o no?

– No es que inventen el mundo, es que lo crean, lo moldean. Lo justifican.

 

Pilar Blanco.

– No siempre será capaz la palabra de expresar el destello que deslumbra a la poeta, ¿Cómo ‘rellenar’ esa incapacidad, esa carencia?

– Con humildad y con oficio. Sabiendo que nunca vas a alcanzar aquello que presentiste como fulgor, como relámpago y adquiriendo la pericia en el uso suficiente de lenguaje que te permita enlucir los desconchones y rellenar los huecos.

– Necesaria, tal vez imprescindible, la mirada hacia sí o desde sí mismo para conocernos y contemplar la ‘otredad’;  aunque «No sé si es la mirada la que crea el entorno / o todo estaba ya antes de ser yo misma.» ¿Imprescindible también la mirada hacia?

– Naturalmente, lo que pasa es que la mirada que volcamos al exterior parte siempre de un adentro a través del cual percibimos; pero quizás lo importante en un poeta, en un escritor, en un artista es ser capaces de dejar caer o apartar la mirada desde el interior y aceptar lo que viene de fuera. Que no sea solo un viaje en torno al propio ombligo, sino que sea capaz de modificarse conforme a lo que nos viene desde fuera. Aprender siempre.

– Además de los poetas clásicos, barrocos y anteriores, hay, entre otros muchos, un manojo de nombres como Juan de la Cruz, Cernuda, Lorca, M. Hernández, Gamoneda, Brines, Jabes, Huidobro, Adonis, Olga Orozco, Pizarnik, Mújica… a quienes has leído con fervor; ¿Qué caminos te han abierto? ¿Cuáles te han cerrado? 

– Me han abierto el camino del otro, como decías de la ‘otredad’. Me han abierto mundos porque para eso leemos también, para tener acceso a planetas que no conocemos. Me han cerrado esa mirada pequeña de quien cree desde el principio que lo sabe todo, que lo conoce todo y que con su interior es capaz de abarcar el universo. He aprendido mucho, creo que he evolucionado conforme a lo que he ido leyendo. El otro día decía que igual que somos lo que comemos somos lo que leemos. Ya no soy la misma que escribió ‘Voz primera’ y al tiempo sí lo soy. Los años, pero sobre todo las lecturas, la capacidad de aprender esa que no debe perderse nunca…

Abren, por tanto, al mundo tu poesía.

– Sin duda, al mundo, a los otros, a otras percepciones que no estaban en mí pues yo solo conozco lo que puedo conocer, lo que está a mi alcance y lo que aprehenden mis sentidos; pero y lo que no veo, lo que no toco, cómo lo aprendo, pues mediante la lectura y lo que otros me enseñan. Es imprescindible esa voz, esas voces.

– Escribía Eugénio de Andrade: «No prato da balança um verso basta / para pesar no otro a minha vida». ¿Tal puede ser el valor de un verso?

– Lo que pasa es que en realidad no es un verso, sino un verso de cada vez. No somos los mismos ni vivimos siempre en el mismo estadio de necesidad. Con que haya un verso en el momento en que lo necesitas y otro verso en otro momento y otro sucesivo y otros complementarios hasta formar una red, con eso ya tenemos la vida hecha.

– ¿Tus poemas acaso son ese ligero reposo tras la herida que pudiera dejar el volcado de sentimientos, emociones, de la vida misma en ellos?

– Los poemas suelen tener dos fases. Una es durante la herida y otra la del reposo de la herida, la de la decantación y la de la elección del lenguaje. En caliente, durante la herida, el patetismo y el exceso de sentimiento no son lo más recomendable, por lo menos a estas alturas en que una ya se aleja de la adolescencia, poco a poco, se aleja. La segunda fase es la manera de volcar fuera todo ese sentimiento excesivo, limpiar cuanto le sobra y elegir la forma en que no resulte excesivamente dramático.

Pilar Blanco.

– Puede ser considerada tu obra como un extenso poema con tres momentos y una entrada o prólogo -no diré etapas, palabra inadecuada según Diego Jesús Jiménez, ya que la obra del poeta no es una carrera ciclista, decía él.- ‘Voz primera’ sería el prólogo. ‘Vocabulario íntimo’, ‘Mundos disueltos’ y ‘A flor de agua’ conformarían el primer momento en que la voz poética busca «nómada siempre, los ejes del porqué». El tridente, que no trilogía, integrado por «Mar de silencio», ‘Ceniza’ y ‘La luz herida‘ asentaría el segundo momento: desasosegantes y airados sobre todo los dos primeros, vecinos ya del nihilismo. ¿Cómo se produce ese paso, a veces, brusco?

– No es brusco, puesto que entre unos y otros hay poemarios que se han quedado aparcados. La transición es mucho más fluida de lo que pueda parecer. Lo que ocurre es que las publicaciones sí que van marcando lo más representativo de cada momento. Ocurre también que cuando se escribe una poesía que es bastante autobiográfica, o al hilo de la biografía, es lógico que al cambiar la vida cambie también la forma en que se cuenta. Sí que advierto una evolución pero sobre todo es una evolución del lenguaje en el mundo poético que reflejan. Mientras que la primera era pura inocencia con las poquitas lecturas que tiene una a esa edad.

El segundo grupo de poemarios refleja el mundo de la ‘poesía de la experiencia’, que era lo que afloraba en ese momento, en lo que yo leía y que me iba dejando esa huella. Más tarde llega una cierta madurez, que no tiene que ver exactamente con la edad sino cuando una se adentra en la escritura, y esa madurez busca una voz propia y la manera de expresarla, pero siempre hay unos temas comunes y un modo de ver el mundo muy semejante y yo pienso que bastante coherente, a veces se decanta más por la oscuridad otras veces por la esperanza o el barrunto de una luz que se prevé, de ahí por ejemplo ‘La luz herida’, y rara vez se manifiesta plenamente satisfecha.

Siempre comento que el problema que tengo es que en el lugar donde vivo se prioriza el cántico, la satisfacción de la vida, la contemplación de lo bien hecho. Esa manera de estar en el mundo, que es más bien la insatisfacción de la pregunta que no encuentra respuesta, me hace sentirme poco comprendida, pues no puedo estar de acuerdo con esa satisfacción hedonista. Puedo ser hedonista cuando vivo, pero cuando escribo no, pues entonces me asaltan todas las incertidumbres y todo lo que no sé o me inquieta. Al escribir yo no puedo ser hedonista.

– El tercer momento llega con ‘El jardín invisible’, ‘Alas los labios’ y otros poemarios de este mismo tiempo hasta el más reciente ‘Yo escribo la noche’. Ahí continúan los interrogantes, qué somos, qué seremos, el desengaño, qué itinerario seguir, hacia qué punto cardinal mirar, en qué dirección señalar con el dedo… Estos libros mantienen tanta o mayor intensidad que los anteriores, aunque aparentemente menos airada.  ¿Es así realmente?

– Efectivamente, porque están escritos a veces desde el dolor, a menudo desde la ausencia, no desde la imprecación a quien pudiera ser responsable de eso. La edad proporciona a veces esa aceptación, ese conocimiento del mundo que te dice que lo que es no puede ser de otra manera. Eso no significa resignación. Yo no me resigno, al contrario, siempre pienso que detrás de un tropiezo existe la posibilidad de levantarse y de reconstruirse. El renacer, el reconstruir, el recuperar todos los ‘re’ son algo que repito constantemente, pero no hay ira porque no me siento insatisfecha de mi vida, porque estoy haciendo ya lo que quiero hacer. Puede salir mal, pero hago lo que quiero hacer. Ya no vivo la vida de otros o la vida que otros han escrito para mí, que es lo que dio lugar a esos otros libros anteriores. 

Pilar Blanco.

– Incertidumbre, duda, desasosiego, búsqueda constante. «Del vigor de la duda / dependemos. En ello arraiga el alma su firmeza.» » (…) preguntarse, dudar, no saber, ser en otros». ¿Son estos ejes fundamentales y sustrato de tu obra?

– Sí, sin duda. Aunque hay otros como la nostalgia, el amor, el desamor pero todos ellos terminan siendo enfocados desde esos puntos de vista que señalas. Soy un ser ‘dudante’ por así decirlo. Y en esa duda intento consolidar mi fuerza, mi fortaleza en mis dudas.

– Pese a tu afán «por conseguir respuestas para desbrozar enigmas insolubles», ¿has hallado destello o respuesta en alguna creencia, en alguna propuesta filosófica?

– No, en ninguna creencia más que la de que tenemos una vida y nunca debemos renunciar a ella ni a conseguir la felicidad por mal que nos vaya. Esa es mi máxima creencia. Nunca tirar la toalla, nunca darse por vencido, levantase otra vez, porque en algún momento conseguirás realizar ese anhelo. Pero no creo que eso tenga una corriente filosófica detrás.

– Me atrevería a definir tu poesía como volcánica ya que nace de lo más profundo del ser humano, hermosamente lírica, de intensa mirada reflexiva desde y hacia el interior, con trasfondo de mística civil -basta con repasar algunos títulos de tus libros.- ¿Qué más resaltarías para definirla?

– Es que creo que la has definido muy bien porque sí que hay un misticismo absolutamente laico, porque la trascendencia me parece que es la base de la poesía, la capacidad de buscar en lo más cotidiano que nos rodea algo que lo trascienda, que lo eleve del suelo. No me gusta la vida al ras; me gusta la vida trascendida. Que eso haya tenido siempre unas reminiscencias religiosas pues a mí me da igual, por eso utilizo la palabra alma descontextualizada del componente religioso con total desparpajo. Eso que dices de volcánica o pasional, es evidente. No pienso que una se amanse con la edad. Más bien pienso que mientras la vida dure, ha de vivirse con fuego y con apasionamiento, incluso el dolor. También has hecho alusión a la forma y a la manera de construir, al lenguaje, que a mí me apasiona. La lengua me parece imprescindible y entonces me gusta mucho trabajarla, afilar las palabras. Cuando no me complacen del todo me las invento. Me gusta jugar con la metáfora, buscar, dentro de lo dificilísimo que es, la originalidad. Intentar libro tras libro ir consiguiendo una voz propia.

– «Mi patria es la memoria / no el olvido / que adormece en sus brazos.» ¿Sin esa patria el ser humano quedaría huérfano, a la intemperie?

– Absolutamente. Estaba leyendo ‘El huerto de Emerson’ y Luis Landero hace alusión a que todo es memoria. Cualquier cosa aunque sea ficción ancla sus raíces en la memoria, allí es donde se germina lo que luego vamos a construir, aunque sea un relato de ciencia ficción. Esto se va descubriendo con frecuencia según se cumplen años, porque una parte de nuestra vida es la huida de lo que fuimos, queremos correr, queremos irnos lejos hacia otras geografías, conocer otras personas pero al final termina siendo un viaje circular por el que vuelves al punto de partida y empiezas a desenterrar aquello que creías que habías olvidado, y entonces la memoria efectivamente es lo que nos compone y solo gracias a ella terminamos entendiendo quiénes somos porque nos damos cuenta de dónde venimos.

– Luz hay en tus libros, noche y sombra también; sin embargo, recuerdas que «Nos movemos a ciegas: vivir es laberinto / de ventana tapiada / y no existe avecica ni salida posible». ¿Será un castigo vivir? ¿La poesía, la creación artística podrán, al menos, destellar algún rayo de luz o abrir una ventana dentro ese laberinto?

– No sé realmente si es la ventana o es la maldición, porque lo cierto es que quien no tiene ese temperamento artístico a veces vive muy feliz dentro de su celda con la venda en los ojos, porque no conoce su propia ceguera, no sabe que está preso. El exceso de sensibilidad, el exceso de percepción, a veces nos conduce a ser más infelices. Por tanto, eso mismo que nos da la sensación de ser distintos y que nos conduce a momentos de plenitud, de intensidad creadora, es lo que nos hace más desgraciados de lo normal. Es la ‘dulce quemadura’ que el oxímoron manifiesta de tantas maneras, ‘la sabrosa vida’, todas estas cosas y volvemos a los místicos…

– ¿Vida, respirar y remontar «el abismo líquido de las aguas» cuesta esfuerzo?

– Y tanto, pero así estamos, braceando todo el día y no siempre salimos a flote, como se percibirá en mi último libro. Pero al final sale.

– Y para finalizar esta conversación ¿Conservas buenos recuerdos de Zascandil?

– Muy buenos. Y además viendo recientemente a Morala después de tantos años… Fue, sí, mi salida del ‘pueblín’ y una manera de integrarme con gente nueva en todo aquello que anhelaba tanto en Bembibre, fue la manera de integrarme en el mundo cultural y no sentirme una marciana. Todo eso me lo dio Zascandil. Me hace pensar cuando vuelvo la vista atrás. Me encanta.

 

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