Tomás Sánchez Santiago, cerezas en el escondite y la luz de los días…

Cerezas en el escondite
Tomás Sánchez Santiago
Menoslobos & Eolas, 2021

El escritor vallisoletano Luis Marigómez reseña el último libro de Tomás Sánchez Santiago, en el que el autor zamorano afincado en León reúne artículos publicados en el suplemento La sombra del ciprés. La obra se presenta este lunes 20 de diciembre en librería mutante Tula Varona (junto al jardín de Cid, en León) a las 20 horas. El autor estará acompañado por editor Héctor Escobar.

LA LUZ DE LOS DÍAS

Por LUIS MARIGÓMEZ

Además de su labor como poeta, ya con una edición de su Poesía reunida ‘Este otro orden’ (2019), y de su tarea de narrador, con dos títulos de gran éxito de crítica y público: ‘Calle Feria’ (2006) y ‘Años de mayor cuantía’ (2018), Tomás Sánchez Santiago siempre ha cultivado una escritura fronteriza entre los dos géneros, próxima al diario, al apunte inmediato, cuajada de reflexiones que salen al paso a partir del transcurrir del tiempo. Su última entrega en esta variante es ‘Cerezas en el escondite’, una colección de artículos que vieron la luz en el suplemento La sombra del ciprés (en el diario El Norte de Castilla) entre 2011 y 2020.

El porqué del título, y de la serie de textos que conforman el libro, se explica en la primera entrega, en un recuerdo de la infancia en el que se guardan los ahorros, los tesoros que estaban a su alcance: «No se trataba de tener una hucha sino de tener un escondite (…) El gran escondite es el lenguaje; ciertas maneras de tratar con el lenguaje». Sánchez Santiago, haga lo que haga, es siempre poeta, juega con los límites de la expresión.

El tema habitual es un cierto malestar ante las costumbres del presente, nunca airado, a menudo irónico; el autor se dibuja a sí mismo como ciudadano sensato que no se deja embaucar por los brillos de lo novedoso y opone a esos espejismos su fondo de armario de poetas y poemas como un lugar de resistencia.

Juan Ramón (sin apellido) es quizá su paradigma, pero circulan en esos textos también versos y maneras de Claudio Rodríguez, de Gamoneda, de Machado, y de poetas cercanos como Aníbal Núñez, Luis Javier Moreno o Ángel Fernández Benéitez. También hay narradores o pensadores que marcan pautas, Kafka, Camus, Emilio Lledó… Y luego está la gente normal: el frutero; una anciana que tiene miedo de perder las palabras que todavía recuerda, y canta; amigos en los bares, con los que habla de lo que sale en la tele; compañeros de autobús… Todo está al mismo nivel. Estos alrededores, unos impuestos y otros buscados, dan pie a las cavilaciones de Sánchez Santiago, a su escritura.

Hay juegos a lo Cortázar, visitas al pasado, comentarios sobre pintores y fotógrafos, momentos hilarantes… pero sobre todo está la escritura propia, cuajada de hallazgos que señalan el territorio que caracteriza su labor: «el féretro apurado de sus mangas»; «puñados de viento»; «la gota sangrienta en las hojas de los arces»; «las primeras cucharillas de septiembre contra el cristal»… Estos ejemplos aparecen en el artículo ‘La inadvertencia’. Su labor en la prensa, sus textos periódicos, son la tercera pata que sujeta su hacer, con el propósito siempre de que sea «la última dimensión peligrosa de la escritura: una manifestación alegre que introduce sin más al hombre en el tiempo de la fiesta y lo una así a los dioses.»

Tomás Sánchez Santiago, al fondo, con el editor Héctor Escobar, en una fotografía de JdelaRosa tomada del FB de Héctor.

:: Sinopsis del libro, por Tomás Sánchez Santiago

«Cada dos o tres semanas escribía un artículo que fermentaba a su modo, sin la agresividad de la prisa, y lo enviaba al diario, que antes o después lo publicaba con el esmero que lo caracteriza. Así, con ese comportamiento de colaborador fijo pero discontinuo, fui desgranando los textos que ahora aparecen aquí y así. El título me vino de golpe a la cabeza como un tiro ineludible. Buscaba yo cobijarme —y cobijar esta escritura— bajo una imagen que evocase algo parecido a la alegría, único pariente de la felicidad que me es creíble. Imaginaba eso: ir guardando cerezas sigilosamente en un escondrijo como quien preserva de las inclemencias del mundo un pequeño botín, infantil y secreto. En realidad, la propia aventura que me supuso escribir cada uno de estos textos fue eso para mí: llevar a un escondite el lujo rojo y frutal de unas cerezas brillantes. ¿Qué otra cosa es querer compartir en voz baja ocurrencias y propuestas con esa tribu invisible de lectores que se atreven a entrar, entre crujidos de ramas apartadas, en el bosque disimulado de un suplemento cultural? O sea, en un escondite.»

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