«La civilidad del poeta», un texto de Miguel Marinas sobre Claudio Rodríguez

Miguel Marinas, durante su intervención en las IV Jornadas dedicadas a Claudio Rodríguez (Zamora, 2010).

Desde el Seminario Permanente «Claudio Rodríguez», en Zamora, han querido sumarse al recuerdo y homenaje al desaparecido amigo José Miguel Marinas Herrera —que falleció repentinamente el pasado 7 de enero de 2022— con la reproducción de un texto (íntegro) sobre «La civilidad del poeta» que este leyó un día de noviembre de 2010, en el marco de las IV Jornadas dedicadas al autor zamorano.

NOTA PREVIA:

En las IV Jornadas en torno a Claudio Rodríguez, que de manera bienal se celebran en Zamora desde 2005, intervino también Miguel Marinas. Fue una mañana de noviembre de 2010. En aquella ocasión el eje central de las jornadas fue la utopía (“El lugar de la utopía”, bajo ese título se acogieron esos días). De inmediato, se pensó en Miguel como alguien que tenía mucho que decir sobre el asunto, junto a otros pensadores y creadores que también fueron convocados (Fernández Buey, José Luis Pardo, Bernardo Atxaga…). Además de otros argumentos, nos dio pie para llamar a Miguel Marinas su mirada especial sobre la realidad, nunca exenta de ese sesgo emocional evocativo que lo hacía todo más poroso en su voz porque escucharlo así era entregarse al relieve veraz de sus palabras, siempre vinculando el pensamiento y la vida como quien juguetea con todo ello.

Nos ha parecido oportuno a los miembros del Seminario reproducir en Tam Tam Press aquella intervención –ya publicada en el número 3 de nuestra revista monográfica “Aventura” (2011)–, que Miguel tituló “La civilidad del poeta” y en la que el filósofo habló de la radicalidad, de la extrañeza y de ese “estar en vilo” permanente que es, según su criterio, la condición del poeta, alguien que ha de poner su bagaje –su experiencia, su lenguaje, su memoria– al servicio de su comunidad.

Sirva este escrito para volver a recordar a quien jamás dejó de cantar [sic] la vida. Aquella mañana de noviembre nos lo demostró en Zamora leyendo, con espontáneos comentarios ocasionales que daban otro vuelo a su discurso, esta lección que nos entregó a todos con la complicidad y la cercanía de quien nunca dejó de creer en la alegría de estar irremediablemente vivo. Y así sigue.

SEMINARIO PERMANENTE “CLAUDIO RODRÍGUEZ”. ZAMORA

Miguel Marinas, acompañado por Tomás Sánchez Santiago, durante su intervención en las IV Jornadas dedicadas a Claudio Rodríguez (Zamora, 2010).

LA CIVILIDAD DEL POETA

Por MIGUEL MARINAS

“Erguido sobre / tantos días alegres / sigo la marcha. No podré habitarte, / ciudad cercana. Siempre seré huésped, nunca vecino”

(Claudio Rodríguez, Alianza y condena[1]).

Lo que sigue pretende poner en claro, si ello es posible, una intuición que siempre me ha acompañado respecto del oficio de poeta. A saber: que la mujer o el varón que ocupa el lugar de cultivar la poesía, de poner nuevos objetos de palabra en el mundo que no existía antes (ese es sentido del verbo poiein) lo hace a partir de una experiencia; esa experiencia es un viaje, es decir una metamorfosis.

Advierto que estoy lejos de celebrar una supuesta poesía de la experiencia, puesto que la única que aquí debiera interesarnos es precisamente la experiencia de la poesía. El mundo que inventa el decir poético, que no existía antes de la palabra que lo construye y en la que esta lo hace consistir o, si quieren ustedes, reverberar. Pero no es copia del mundo, ni de la vida cotidiana, ni de la vida siquiera. Sino que la pone porque la hace: con palabras hace un mundo, el del poema. Que no es poco. Hay una forma de caracterizar esta posición viajera de quien hace la poesía que es atribuir un “sentido sin sentido”. Éntreme donde no supe, dice San Juan de la Cruz, o sea, Fray Luis de León.

El psicoanalista Jacques Lacan, que pasa por ser un hombre salvado de la mera psiquiatría por los surrealistas, a los que frecuentó en su juventud (comentario que recibe con una cierta reticencia, pues pareciera que los que le han hecho ser un sorprendente psicoanalista y pensador fueran los enloquecidos partidarios de la escritura automática), dice así de los poetas:

“De los surrealistas conocí a uno que entonces sobrevivía y que era Tristan Tzara. Por supuesto que le pasé mi texto La instancia de la letra, cosa que no le dejó ni frío ni caliente, y ¿por qué?…pues, porque estos no sabían muy bien lo que estaban haciendo. Pero esto, a fin de cuentas, depende del hecho de que eran poetas y, como señaló hace mucho Platón, y no es algo del todo forzado, incluso es preferible que el poeta no sepa lo que hace”.

(J. Lacan, Seminario 21 Les non-dupes-errent, sesión 9, abril 1974).

 

Civilidad es una palabra un poco esquinada. La Real Academia la define muy ordenadamente. Casi de forma pacata.

Civilidad. Sociabilidad, urbanidad. Orden. Colocación de las cosas en el lugar que les corresponde. Concierto, buena disposición de las cosas entre sí. Urbanidad. Comedimiento, atención y buen modo. Cortesía. Demostración o acto con que se manifiesta la atención, respeto o afecto que tiene alguien a otra persona.

Por mi parte, pretendo indicar con ella la vinculación consustancial del poeta y la ciudad, la condición del poetizar entre los oficios menos montaraces y sí más civilizados. Si se me permite, matizaré un poco más diciendo que civilidad implica que la tarea (1) es cívica, circula para edificación de la ciudad, (2) es civil: no tiene más poder que lo que tiene de auctoritas, que es lo que da auge, lo que hace crecer y es (3) civilizatoria, busca nuevas formas de lo real que siguen tapadas, no dichas.

Esa definición de la RAE que he llamado pacata puede tener su miga, si la tomamos como punto de llegada de un esfuerzo, de un itinerario. Ser cortés, poner en orden, dar a ver, como resultado de un combate, de un esfuerzo imposible contra la prosa del mundo, ponerlo a disposición de los contemporáneos, esa es la civilidad del poeta. Porque aunque no se dedique a contar experiencias, sino más bien a descontarlas, lo hace desde el nexo con los demás conciudadanos. Por más que sea solitario, el poeta no es inmune, (no es exento, no es sin cicatriz) sino que pone su munus (su responsabilidad, sus recursos y su memoria) a disposición de la communitas.

Digo que descuenta experiencias, las distorsiona, las revierte, las vuelve sobre sí, nos enseña a mirarlas desde las vueltas del lenguaje como si fueran nunca dichas, nunca acabadas, nunca cerradas, nunca nombradas. Como Barthes proclamó, su primer enemigo es el lenguaje cuando cuaja, cuando se cierra y nos dice “no hay mas que esto”.

La utopía de la civilidad es su carácter movedizo que nunca acaba de cuajar, que siempre se reta a sí misma para decir de lo imposible algo que se trasmita.

Lo que expongo aquí tiene que ver con la condición fundamental de poeta: ir y venir y traer. Quien se pone de poeta –podemos decir a partir de Antonio Gamoneda conversando con Ildefonso Rodríguez (Los solitarios y sus amigos, Calambur, 1992)– es porque se vio movido a entrar en un lugar no conocido. De la iluminación allí vivida le queda la moción de contarlo una y otra vez, de intentar precisamente decir lo que allí vio. En ese esfuerzo, en ese pulso de contar lo entrevisto y traerlo a la ciudad, se edifica el poema. Nunca todo, nunca de una vez, ir y venir y traer esa es la tarea cívica, la civilidad del poeta.

Quiero ilustrarla con Claudio Rodríguez y con otros andares semejantes al suyo. Andar que un zamorano amigo, emigrado en Madrid como yo mismo, calificó de pleno, de llano, como el andar de un hombre bueno. Bueno y querido. Seguramente porque vivió en paz con los hombres y alguna suerte de guerra con sus entrañas, que es la condición del bueno lúcido.

La tarea común es salir de lo poético literario que no alcanza a rozar el reto mayor que azuza: decir lo ominoso. Al fin y al cabo, como hemos aprendido, no se trata de hablar de un objeto, sino de permitir que ese sujeto hable. Lo inconsciente no es un objeto; es un sujeto que habla. Así que no es cosa de quedarse –como dicen en la vega del Torío– “en lo puelme”. Hay que entrar al corazón del nombrar lo que tiene peligro. Como quien se planta a la puerta del templo y reta hacia dentro:

—Sal, sal si puedes.

Esa fue la enorme sorpresa inicial de un escritor de veinte años que construye en endecasílabos blancos la huella indudable de un don, el que más cumple al arriesgado: el don de la ebriedad. Es decir, que al contar el revés de la experiencia, allí donde el lenguaje no llega, la sorpresa comienza por los propios andares. La manifestación de lo raro golpea una y otra vez la contraventana suelta del ventanuco de la habitación interior, pidiendo una cifra, un nombre que aún no está dicho. No para deleite propio sino para proclamarlo con la urgencia de lo que no puede dejar de decirse aunque no se sepa, con prisa, con rabia, como una desazón que resulta ser –si puedo decir esta palabra llanamente– mística, pues mística es decir de lo imposible algo, en metros, en lenguaje arrebatado a la experiencia y vuelto contra ella. Ese es el don de la ebriedad, tan sabiamente comentado y glosado, en cuya mención me autorizo para echar a andar. Pues que es regalo, don que Claudio Rodríguez hace de ese fruto esplendoroso, cívicamente compartido.

Claudio Rodríguez sentía además una inmensa curiosidad y respeto por todas las cosas y una profunda y constante simpatía por todo lo humano; no sólo estaba de buena gana entre la gente, sino que ejercía constantemente su ciudadanía como quien participa en una fiesta”. Así dice García Jambrina en “El misterio de la claridad”, que prologa Alianza y Condena. Lo más llamativo, según nos vamos acercando a su obra, al gesto nuevo que trae, es que –de nuevo Jambrina– “ese misterio, lejos de producirle angustia o inquietud, le traía sosiego y serenidad, incluso en medio del dolor”.

Es como el cimarrón cubano cuya vida escucha y escribe Miguel Barnet:

“Por cimarrón no conocí a mis padres. Ni los vide siquiera. Pero eso no es triste, porque es la verdad”.

Ese misterio es el nombre del propio límite, más que de una epifanía aplazada. Y así Claudio Rodríguez advierte: somos “ciegos para el misterio y por lo tanto tuertos para lo real”. Esa condición bisoja que el poeta no acepta, esa visión que pretende siempre ampliar, que clama por abrir: visión de la vida, no sólo para contar lo visto, sino para empecinarse por desmontar lo que damos por bien armado, lo que cuaja sin dejar flujo alguno, lo que reduce todo y lo presenta como lo que hay. Así pasamos entre ello, sin preguntarnos siquiera por eso que no se da a ver. No por razón teológica o metafísica, sino por condición política: la ciudad se cierra sobre algo que deja sin nombrar.

Acercarse al lugar al que se viajará, prefigurarlo tantearlo con los dedos, como en un mapa –tal vez con los ojos cerrados (para tocarte mejor)– y reconocer su radical extrañeza, es lo que damos en llamar misterio (ritual de paso para salir de allí siendo otros) o sea la suposición del acontecimiento que llamamos lo real. Hacerlo hablar, irradiar, no considerarlo jamás “inefable”: pelearlo, reñirlo, retarlo, traerlo. Esa es la soberbia civil del poeta. Así lo dice José Ángel Valente en su “Segundo homenaje a Isidore Ducasse”:

“Un poeta debe ser más útil / que ningún ciudadano de su tribu / Un poeta debe conocer las diversas leyes implacables. / La ley de la confrontación con lo visible / el trazado de líneas divisorias / la de colocación de un rompeaguas / y la sumaria ley del círculo / Ignora en cambio el regicidio / como figura de delito y las otras palabras falsas de la historia / La poesía ha de tener por fin la verdad práctica / Su misión es difícil”

(J. A. Valente: Punto Cero. Poesía 1953-1979, p.294-295)

Ese viaje de ir, ver, venir, traer, comienza, pues, con la extrañeza. La que causa una vida que, con silencio o con palabras nunca sopesadas, nunca dejadas resonar, define malamente lo que hay. Así, divido el recorrido de la civilidad en estos tres momentos:

  1. La extrañeza y el escape
  2. El intento de nombrar la iluminación
  3. Traer el don a la ciudad

1. LA EXTRAÑEZA Y EL ESCAPE

Comencemos con Borges, por favor: “Es verdad que cada vez que me he enfrentado a la página en blanco, he sabido que debía volver a descubrir la literatura por mí mismo” (J. L. Borges, Arte Poética, Crítica, 2001).

Este es el carácter frágil y fundante de la práctica que vengo a comentar. Siempre he pensado que la filosofía –escribir tratando de pensar en lo que hay y en lo que podemos hacer– debiera ponerse a la altura de los lenguajes de vanguardia: (1) de la desarticulación fecunda que se da en la música y (2) de la desazón buscadora de la pintura que ya no figura el mundo. No sé si ya hemos pasado de este lado o aún no.

Si me acerco a hablar de la poesía, con la poesía, es por cotejar mi afición o mi vocación de saber con este modo de hacer música rota y de no figurar, pero con palabras, que es el ejercicio poético, como el filosófico debiera poder hacer. Por más que citemos a Heidegger salmodiando que el poeta y el filósofo “habitan montes vecinos”, y por más que yo mismo acabo de enunciar lo que entiendo por viaje constitutivo del poeta en términos que consuenan con la caída y la elevación platónica (veremos que no tanto), parece existir una diferencia decisiva respecto de un tercer elemento: la radicalidad de la extrañeza. Vale que el filosofar, y el componer mitos, dice también Aristóteles, nacen de la extrañeza radical (apo tu zaumadsein). Así filosofar y poetizar, o buscar el saber y también buscar el decir del mundo, tienen valle común (digamos siguiendo el modelo del pliegue de Deleuze) pese a mostrarse como montes disjuntos. Pero creo, de entrada, que sí le cabe a la poesía una mayor franqueza con la extrañeza radical del hablar y del ser.

No es condición extravagante, por más que comience con la extrañeza radical. La estoy llamando la civilidad del poeta porque, como ocurre en nuestros oficios, la condición ciudadana es la vaguada en la que vienen a hermanarse las diferentes cumbres aparentemente exentas (disciplinadamente sueltas) de los saberes, escrituras y artesanías.

“El arte sucede cada vez que leemos un poema”, sigue diciendo Borges. Y a leer vengo algunos ejercicios de los poetas que nos enseñan a aunar extrañeza, viaje y decir. Si tuviera más valor, diría que lo que quiero es intentar convocar el duende –saliéndome de la sobriedad atribuible a quien escribe filosofía– que es una presencia que descompone y pone fuera de uno. No convoco, pues, a la lectura fruitiva (plaisir del texto, según Barthes) sino que advierto que estos temas por más que se dan en las ciudades, de suyo nos desmontan y nos desarticulan (jouissance, límite del decir). Si en las artes y en el filosofar –siguiendo el andar de la poesía– hallamos algo de jugado y de exigente, de insatisfacción y de lucha por decir bien, puede ser que algo cambie. Puede ser que la misma condición humana note cómo se esclarece, se hace más reconocedora, fruitiva y sufrida, por consciente de su manquedad y sus recursos, de lo que hay y de lo que falta.

Contener la pluma es la primera situación, el primer gesto, por no saber decir bien. Como sentencia el abate Dinouart en su tercer principio de su obra El arte de callar (Siruela, 1999, pg. 111): “El tiempo de escribir no siempre es cronológicamente el primero; y nunca se sabe escribir bien, si antes no se ha sabido contener la pluma”.

Lo radical de nuestro tiempo –¿puede haber poesía, puede haber filosofía después de Auschwitz?– es que ese mandato de calamum teneatis, no es por prudencia o por corrección retórica, sino por no saber, por no poder decir el horror. Y toda forma de vida, desde las más solemnes a las más humildes, esas que forman los que Jiménez Lozano llamó, con intención, “los grandes relatos”, todas esas quedan sobrecogidas más allá de su vacío cotidiano. La extrañeza de lo ominoso terrible tiñe también y para siempre los silencios de los pueblos más pequeños, de las calles sin luz, de las plazas de provincias.

La experiencia de la extrañeza no es una retahíla de anécdotas, es el estar en vilo en una condición. No es la papilla remascada de la poesía de la experiencia. Es enfrentarse a la desazón radical. Por más que sus detalles, la urdimbre de ese vértigo, sea bien concreta y tenga el aire de la desazón de las calles heladoras de una ciudad pequeña o la grana engañadora del poniente en los campos de la meseta. Es lo que canta Ildefonso Rodríguez en sus “Coplas del amo”: “Alguien que pasa por la calle / y va soltando su canción de la nada / el silbido consolador de los solos; quien le oiga tendrá que recomponer esa música más tarde”.

Vaciamiento del solitario que silba y soledad del mundo que ya ha probado que sabe destruirse a sí mismo:

“Hoy no es nada / junto a este aquelarre de imágenes que, ahora, / cuando los seres dejan poca sombra / de un reflejo, la vida, / la vida no es reflejo / pero ¿cuál es su imagen?”

(Alianza y condena)

Vean que la extrañeza no es sólo del mal que el mundo acepta como porvenir, como lo bueno coercitivo, unidimensional, inevitable. La desazón íntima, que es el punto de partida del poeta, tiene que ver con una forma de cercanía y distancia ante lo que hay. Y, seguramente con razón, podríamos decir leyendo a María Zambrano que no es un tirón arrebatado, prometeico, sino una rebeldía ante el mundo de lo hecho que pretende nombrarse de un modo sólo y sin problemas. Es el malestar ante la propia cultura vivida como un cuerpo extraño y así Freud lo declara en El malestar en la cultura, 1929.

“El poeta siente la angustia de la carne, su ceniza, antes y más que los que quieren aniquilarla. El poeta no quiere aniquilar nada, sobre todo las cosas que el hombre ha hecho. Rebelde ante las cosas que son hechura humana; es humilde, reverente, con lo que encuentra ante sí y que él no puede desmontar: con la vida y sus misterios. Vive, habita en el interior de ese misterio como dentro de una cárcel y no pretende saltar los muros con preguntas irrespetuosas. Eterno enamorado, nada exige, pero su amor penetra todo lentamente”.

(María Zambrano, Filosofía y poesía, FCE, 1987, p. 57)

La desazón no descompone, seguramente porque quien la siente quiere ponerla en voz humana. Quiere humanizar lo que antes fue alarido, voz de mando, orden desaforada. Mensaje desmesurado de los sueños:

“El conocimiento de los sueños es una ventana –sabido es desde antes de Freud, desde la noche de los tiempos– o, al menos, una grieta abierta ante una extraña verdad: la verdad de la mentira, de la congénita mentira en que la criatura humana parece tenga necesidad de envolverse, tal como a las criaturas se envuelve: arropándolas, defendiéndolas de esa intemperie a la que se ven lanzadas al nacer. Al entrar en el sueño el hombre deja cuanto es posible de ser persona para volverse criatura”.

(María Zambrano, El sueño creador, Turner, 1986, p. 35)

Esta práctica tan plural que es la poesía parece tener sus vecindades con el sueño. Porque el sueño es el cumplimiento de un deseo, su puesta en palabra de forma no transparente, jeroglífica.

En el primer momento de la extrañeza el poeta, como el filósofo, dejan las palabras de la tribu y se reconocen en la escritura del sueño. Pesadilla o gozo sin tasa, el sueño destila, como por lo demás ocurre en la ensoñación diurna (Bloch y Benjamin sabían mucho de eso), las gotas de sentido de un modo nuevo de decir lo extraño, lo ajeno, lo que horroriza. Son los cantos de Celan, advirtiendo a la ciudad de París –al mundo que se libra del horror radical– que no todo está aún salvado. Y lo dice con la mera forma, con el ritornello de un poema que avisa de la repetición que atrapa:

“Schwarze Milch der Frühe wir trinken sie abends
wir trinken sie mittags und morgens wir trinken sie nachts
wir trinken und trinken”

(“Negra leche del alba la bebemos de tarde
la bebemos a mediodía de mañana la bebemos de noche
bebemos y bebemos
cavamos la fosa en los aires no se yace allí estrecho
Vive un hombre en la casa que juega con las serpientes que escribe
que escribe al oscurecer a Alemania tu pelo de oro Margarete
lo escribe y sale de la casa y brillan las estrellas silba a sus mastines
silba a sus judíos hace cavar una fosa en la tierra
nos ordena tocad a danzar”

(Todesfuge)

No es, por tanto, esta extrañeza una desubicación metafísica, que hubiera que reconducir hasta recuperar la condición de pastores del ser. Más bien nos vemos como aquellos habitantes de la casa deshabitada, que es el mundo en su ilimitada capacidad de autodestrucción de la vida humana.

Las circunstancias son varias. Forman, en su cara tanática, la historia del siglo XX. Y son tan radicalmente destructivas que no parece haber mucha componenda posible. Más bien un sentimiento, una evidencia –continuamente negada por el colorín de los incesantes anuncios— de lo mal hecho, de lo mal dicho. De lo que Norman Brown llamó en los sesenta la enfermedad llamada hombre. Es difícil escribir contra la muerte y sin embargo parece que es el sino de esta poesía tenaz, intensa, recortada de palabras y de andares que es la de Claudio Rodríguez. Es difícil hallar motivos amables. Es difícil no incurrir en una especie de nihilismo metafísico que ciega palabra y posibilidades de encuentro mas humano, verdaderamente humano. José Ángel Valente lo dice así en La memoria del fuego (1991):

“La tensa, la exasperada forma de expresión de un infinito despliegue del horizonte de lo posible. ¿No será lo imposible la metáfora de un posible que infinitamente nos rebasa? ¿No se constituiría así, también en su absoluta infinitud, el desierto territorio de un ser –de ser– esencialmente errante?”

Cercano a la expresión del “desierto de lo real”, que el filósofo Zizeck roba del film Matrix y que nos tiene quizá confundidos en la tarea de hacer metafísica de lo que puede que sea tarea política. También. Sobre todo.

La extrañeza, la desazón inicial, no pide estampida, como tampoco parece pedir robo del fuego a los dioses. Más bien es el comienzo de una lúcida, despojada, metamorfosis. El escape es escape del mal decir, del encubrimiento, de los silencios ominosos. La expresa bien Claudio Rodríguez en Conjuros, con esa concreción, acotada, pegada al limes, y al aire de un lugar. Esa desazón de escapada, para tratar de ver mejor, ya está ahí:

“Y como yo veía / que era tan popular entre las calles / pasé el puente y, adiós, dejé atrás todo / pero hasta aquí me llega, quitádmelo, estoy siempre / oyendo el ruido aquél y subo y subo, / ando de pueblo en pueblo, pongo el oído / al vuelo del pardal, al son, al aire / yo qué se, al cielo, al pecho de las mozas / y siempre el mismo son, igual mudanza“

El punto de salto de la extrañeza inicial es su búsqueda de salida. Que no está fuera de nosotros. Que comienza en nuestra capacidad de desanudar el cordel que se pretende fatal y que nos lleva al silencio, a que nos pueda el runrún de lo que es sin palabras, o con palabras falsas. No quedar mudos, pugnar por decir, que el orden del mundo roto pueda ser dicho en sus fisuras, en sus fracturas, en sus junturas.

“Sobre la imposibilidad de la palabra” dice Valente en Memoria del fuego: “Palabra o voz no identificable la palabra poética. Ininteligible, propiamente en su aparición pues reclama un intelligere incomprehensibiliter –“un entender no entendiendo”– por el que el decir de esa palabra remite esencialmente al indecible en que se funda. Palabra clandestina que se hurta a la palabra legítima o legitimada, a la que se lee o declara públicamente en la sinagoga o en la comunidad eclesial, palabra, pues, apócrifa, en el sentido originario de ese término. No pertenece en rigor, dicha palabra a la ciudad, no es de la ciudad, sino que a esta le sobreviene o le llega. El que la oye se pregunta: ¿de dónde viene y qué dice esa voz? No dice nada o dice la vaciedad del decir, o rompe la legitimidad actual del dictum”

Valente, Claudio, tantos más apelan a la extrañeza como el fenómeno que percute y obliga a un modo distinto de escuchar.

2. EL INTENTO DE NOMBRAR LA ILUMINACIÓN

“No nace la poesía, pues, del hechizo, que sólo en una estación plenamente ciudadana tendrá lugar, se revelará como prenda, como talismán. Como no viene la mística de la magia, de la mágica apropiación de lo divino o puesto o resistente al hombre sólo”

(María Zambrano, El nacimiento de la poesía, 2007, pg. 70)

Son dos tareas. Dar cabida a la iluminación y, de momento, quedarse a solas. La iluminación, como Benjamin nos enseñó, es de lo fugaz y de lo que no está acuñado. La soledad es la de Baudelaire, que entiende que quien ve en las ciudades agitadas del consumo conspicuo, lo hace como un rey que va de incógnito. Sabedor pero solo. Ignorándolo todo, también, porque le llega y para que le pueda llegar el decir de ese sujeto-mundo ajeno, terrible, sin sentido.

La iluminación es la experiencia de lenguaje –es relámpago del ver y es luego trueno del tejer lo escrito, dice igualmente Benjamín– y no trae contenidos, relatos, modos. Trae más bien hueco. Pero no hueco negro, sino hueco iluminado, por eso tanta metáfora, tanta alegoría de la luz.

Oquedad es el nombre del manque, de la carencia constitutiva. Que el poeta se empeña no en tapar, como se hace en el discurso de la doxa, de la opinión pública, ni tampoco en llenar, como se pretende hacer en la ciencia positiva. El poeta se dedica a señalarlo, a nombrarlo. Ese es su intento solitario y civil. Zambrano –de nuevo María Zambrano– lo tiene muy pensado y lo dice muy bien:

“De ahí que el poeta tenga que irse lejos del centro donde vive, que sea primeramente el huido, el perdido. Regresa cuando se va: a la naturaleza o al modesto y domeñado campo. Al orden que siente sea el primero y se ha ya ocultado, se ha ya sustraído alentando tan próximo a él. Huye a las afueras, bordea las horas los oscuros lugares, las horas y los lugares sin nombre de la ciudad”.

Así pues, se enfrenta con la porosidad, con la inconsistencia de lo real: más que enfrentarse se topa, se da de bruces con ello. Como los místicos de estas tierras, sopesa las cosas y cata su hueco, su no identidad con el apodo o el estatuto que llevan. Siempre palpita alguna veta, alguna culebrilla del otro lado de las cosas. Esa desazón hermana poesía y filosofar, las hermana en ese poiein. Pareciera que para colmar se hace (poiesis), se pone en la tierra ese objeto nuevo que es el poema, o ese artefacto nuevo que es el concepto, ese concepto que salvando la duración de lo que transcurre engendra la cosa, dirá el hegeliano Lacan (Escritos, 267). Colmo y llenumbre que no se dan, que no se logran, que no arman catedral, ni sistema, ni armazón duradera. Lo sabe mejor quizá el poeta. Lo atisba en su tragedia el filósofo. Pongamos verso de Claudio a este punto: “Cuándo hablaré de ti sin voz de hombre / cuándo / mi boca sólo llega al signo / sólo interpreta muy confusamente” /…/ “Hay demasiadas cosas infinitas / para culparme hay demasiadas cosas”.

No es, por tanto, sólo que no quepa la multiplicidad de lo que hay en los moldes del decir, es que las cosas se revuelven mostrando la escasez de quien habla. Y hacen que en él anide la culpa, que es un golpe que muestra lo tantálico del ir y venir, del subir y volver a poner en pie lo de suyo caedizo. Tomás Segovia, en sus Poemas del Sobreviviente, lo dice así: “nadie puede callar bastante / para acoger su desmesura / sin romper para siempre los goznes del coloquio”.

Estoy trayendo de nuevo a colación la ambigüedad radical que señalé. La iluminación es el colmo del riesgo. Si el punto de llegada es, como sugerí, dar noticia a los familiarizados de la extrañeza de lo que hay, ¿cuál es la ganancia de este camino? Advertir de lo abierto en la tierra de la cerrazón. A costa de uno mismo. Señalar que lo real no es un cierre territorial, sino un advenimiento. Lo real es el acontecimiento, lo que viene, lo que descompone lo hecho, en quien escribe y en la ciudad que lo alberga. Contra la territorialización de lo real, la utopía atisba su venir, su incompletud fundante. Y esa es la tarea que resulta de abrir, de mostrar, de suscitar no la poesía como objeto que se consume, sino como verdadera función poética. La misma que Jakobson aisló para definir el hacer por excelencia del lenguaje. La función poética que será el principal don del poeta para la polis que le acoge.

“Atraído siempre por el nombrar primero y por lo sin nombre, que el poeta apetece nombrar o, al menos, mirar, sentir y, ante todo, darle compañía, que lo no nombrado o innombrable no quede solo. Y el poeta así se asimila a ello, se hermana con ello. No tiene nombre y sólo de este modo lo encuentra a veces, en momentos en que la palabra vuelve a ser humildemente”.

(María Zambrano)

Pero antes debemos preguntarnos qué pasos se van dando entre esa manera de entender la extrañeza, lo cerrado y oscuro, lo no ajustado del nombrar a las vidas que este embrida, esas maneras que parecen fatales, casi ciegas y que tienden a resolverse, como a veces en provincias de la filosofía, en condiciones metafísicas, detenidas, como dijo Parménides, en el corazón impávido de la redonda verdad. Si todo es quieto y fatal, ¿de dónde sale la energía que pugna por decir otro lugar, otros topoi, lugares sin sitio que los ate? Claudio Rodríguez nombra muy temprano, en Don de la ebriedad, el agente de la mutación. Es el deseo:

“Así el deseo. Como el alba, clara / desde la cima y cuando se detiene / tocando con sus luces lo concreto / recién oscura, aunque instantáneamente / Después abre ruidosos palomares / y ya es un día más. ¡Oh, las rehenes / palomas de la noche conteniendo / sus impulsos altísimos! Y siempre / como el deseo, como mi deseo. / Vedle surgir entre las nubes, vedle / sin ocupar espacio deslumbrarme. / No está en mi está en el mundo, está ahí enfrente / Necesita vivir entre las cosas”.

El deseo es el desiderium. Por donde se orientan los marinos, antes de la brújula: el mundo sideral, las estrellas. Hace años me fue dado descubrir que ese “de-“ de desiderium es negativo, indica privación, pérdida. Y así el deseo equivale a la pérdida del norte. Y podemos colegir que sólo quien ha perdido el norte desea. Se afana en buscar, en inventar nueva constelación que le de rumbo. Por eso, podemos leer en Claudio que el deseo no está en mí, está en el mundo, arriba entre las nubes, y se ofrece como figura de luz que deslumbra. Hasta la próxima cerrazón. Nunca ilumina para siempre. Lo sabemos. No hay colmo del deseo. Pero ese es el motor de la mudanza. El principio de reconocimiento de ese misterio que, al no verlo, como escuchamos hace un momento, tuertos nos deja para la realidad. La causa del deseo, está fuera de mí, en el mundo ahí enfrente:

“Mientras, queda / limpio sin una brisa que lo aviente, / limpio deseo cada vez más mío, / cada vez menos vuestro. Hasta que llegue / por fin a ser mi sangre y mi tarea, / corpóreo como el sol cuando amanece”

(Don de la ebriedad)

El deseo, que se engendra en el deseo del otro (genitivo subjetivo, déjenme que cite ya solo otra vez a Lacan) es eso que “no se halla entre las cosas, sino muy por encima, y las ocupa haciendo de ello vida y labor propias”, se convierte en campo de discernimiento. ¿Cuál es para cada quién que escribe? Aparentemente solipsista, es tarea que hermana a los conciudadanos y a la ciudad entera. Che vuoi, qué quieres, qué queremos.

Por eso la otredad, que primero parece cosa del paisaje –no es poco descubrimiento enfrentarse, en la infancia, con la tierra como otro, sobre todo en la llamada Tierra de Campos– se discierne en el interior de uno, en la medida en que la extrañeza hace de las suyas en nosotros Y el mundo no es cabal, ni está en su sitio, ni yo tampoco tengo sitio fijo. Es la radical otredad del deseo que engendra una nueva manera de ver, de nombrar, de poetizar. Para ella no vale el lenguaje hecho. Por ello, la poesía (Gamoneda lo dice a menudo) no pertenece a la literatura, a esa tarea de hacer de intermediario (“la ciencia es tosca, la vida es sutil y para salvar la distancia entre ellas está la literatura”, dijo Barthes en su Leçon). La poesía no es intermediario, más bien ha venido a señalar el hueco incolmable. Y vuelvo a Zambrano:

“En un vacío, en un hueco, cuando se le hizo presente también la oquedad de su corazón, ya suyo o pidiendo serlo, nació el poetizar irremediablemente. Cuando la palabra, pues, fue necesaria para hacer y para establecer, más allá de la comunicación que se supone sea el originario oficio de la palabra” (Ibíd., p.69).

Extrañeza de la propia condición, conciencia del deseo que siempre se engendra en la otra orilla, dan como resultado una rebelión sin aspavientos, contenida, tendida, buscando la poca luz, o la mucha, la que haya, trayendo del viaje a veces puras briznas. Ese poco a poco del “ningún día sin línea”. Así lo canta Tomás Segovia:

“Y sigo adelantándome pero aún sin rendirme / iluminado aún por la desobediencia / de nueva cuenta transformado / en el herido resistente / hasta el fin obstinado en no obstinarme / en no volver aún al hormiguero / tercamente extraviado / en mis expediciones sin botín / por la región perdida y montaraz del goce / y de sus soberanas inutilidades”

(Fiel Imagen, “Sin Nombre”, 1997)

3. TRAER EL DON A LA CIUDAD

“Sobre la voz que va excavando un cauce / qué sacrilegio este del cuerpo, este / de no poder ser hostia para darse”

(Don de la ebriedad)

La delicada evidencia de estar en un circuito, en un empeño y vínculo de donación. No es el mero, o no tan mero, Es Gibt de la dación metafísica. Es la cercanía innegable de que quien está como poeta porque algo le puso ahí, es transmisor, es Dador (título lezamiano, que no está lejos de aquí), de un flujo de evidencias de la vida que merced a su tarea vuelve sus haces, muestras sus enveses. Pareciera que el don es una exuberancia natural de lo que hay. Que no pide nada al poeta, sino dejarse prender en ello. Pero incluso en tiempos tempranos, incluso en tiempos de posguerra, ese don es resultado de una compleja operación de reconocimiento y detención de la palabra:

“¿Quién ha escogido a este arador, clavado / por ebria sembradura, pan caliente / de citas, surco a surco y grano a grano? / Abandonado así a complicidades / de primavera y horno, a un legendario / don, y la altanería de mi caza librando esgrima en pura señal de astros…¡Sólo por una vez que vuelva / a dar como si nunca diera tanto!”

(Don de la ebriedad)

Ese joven lamento o clamor tiene el referente de una tierra desolada, de un mundo que se agostó no por efecto de la naturaleza, porque esta nunca existe sin la mano humana que la cuida o la desbarata. Ese legendario don cuya vuelta se anhela es la memoria de un tiempo en que al gesto de sembrar le seguía el de dar fruto, previa muerte de la semilla, y pan para repartir, que a nadie le puede faltar al menos un zoquete, con lo que haya. La escasez provocada hace más difícil el gesto de entender la tierra como cosa común. Pone precio. Distancia. Hace que se atesore. Y así se acaba por no ver bien de qué se trata todo esto. Para que haya don, para que por debajo de las ataduras brote vida parece que hace falta un movimiento de no apresar. De entender la comunidad posible. Esa dimensión, a la que el poeta accede, tiene dos vertientes: el don que es respuesta, el don que es despojamiento.

Tomás Segovia, en el mencionado poemario Fiel Imagen (1991-1994) destaca ese mismo carácter telúrico inicial que Claudio canta. Pero también su dialecticidad constitutiva:

“Pues sé que estoy cruzando una belleza / que ha entrado sin buscarla / en una intimidad silenciada del mundo”. Y continúa más adelante: “Me pide no morir sin ser pensada / me pide ser, me pide que le hable / pero no quiere que me le adelante / que le de nada antes de que lo pida / no quiere que mi don sea sólo mi don / quiere que conste en él la voz que lo pedía / no quiere ser nombrada sino respondida “.

El despojamiento parece la otra condición para esa dádiva. “Dádivas quebrantan peñas”, nos decía el incesante Miranda Podadera en un dictado. Y peñas son lo que se trata de quebrantar. Mirad el juego de un final y un comienzo de dos poemas de Claudio:

“Es hora muy tardía / mas quiero entrar en la ciudad. Y sigo. / Va a amanecer. ¿Dónde hallaré vivienda?” (Alianza y condena)

Así termina “Tierra de lobos”. Y el que sigue, dedicado a Eugenio de Luelmo, comienza:

“Cuando amanece alguien con gracia, de tan sencillas / como a su lado son la cosas, casi / parecen nuevas, casi / sentimos el castigo, el miedo oscuro / de poseer” (Alianza y condena)

Esta sinalefa involuntaria –o vete tú a saber si no– de dos poemas es la que muestra el escenario del don (la ciudad) y el carácter de lo que vincula a los donantes. Lo que se ha visto, el relámpago de la iluminación, no podemos detenerlo en nuestro peculio. Es menester que circule, que se de, que siga, que abra nuevas maneras de vida. Es como el informante de Marcel Mauss en su Ensayo sobre los dones (1929). Ranaipiri, polinesio, afirma que si alguien entra en la circulación del regalo, y quiere quedarse con ese don que trasmitimos, la prenda pierde su virtud inmediatamente. Pierde su mana, su condición de hombre cabal quien tal cosa hace. Es profundo y central ese “miedo oscuro de poseer” que Claudio apunta tan veladamente, tan silencioso. A mi entender es la clave de esta tercera parada de la metamorfosis o del viaje del poeta que ahora completamos, espero.

Si antes nos hemos referido a las sucesivas presencias de la luz, de la iluminación aun en medio de la oscuridad del horror, de la noche de negra leche, es porque aquí vemos cómo esa luz, y la pasión escópica que la acoge, están íntimamente ligadas. Claudio dice en el poema que subtitula La mirada. Comienza diciendo rotundamente:

“Porque no poseemos / vemos”

Hago gracia del resto del poema, que no es sino tortuoso, tenso, no de mañana con aurora de rosados dedos, sino de mediodía con reverberación que desazona. Pero se afirma del despojamiento como condición de la visión, aunque el destino de esta sea registrar, inventar; así concluye: “la locura armoniosa de la vida / en tus veloces aguas pasajeras”.

Esa como impremeditación, abertura, dejación, mirada sin embargo, que dimana de la escena siguiente: Una mujer joven le enseña a su hijo chico, sentado junto a ella en la playa, al borde de las olas, a decir:

—Hola, mar, buenos días

Tal vez llegamos aquí al núcleo de la civilidad del poeta, pues, como el meollo del vínculo social se fundamenta en el don: que (1) nos obliga a recibir por menesterosidad, (2) nos obliga a corresponder, (3) nos obliga a dar superando lo recibido. Así, el otro que es, a su vez deudor, me da, rebosando, lo que yo le di como agradecimiento de lo primero… Y así se forma el vínculo. Si se quiere, el vínculo social, pero que es tan de adentro afuera, y de fuera adentro que no existe parte nuestra ni región del saber que quede inmune de él.

Claudio Rodríguez toma impulso para recorrer don natural y dádiva poética:

“Como si nunca hubiera sido mía / dad al aire mi voz y que en el aire / sea de todos y la sepan todos / igual que una mañana o una tarde” (Don de la ebriedad)

Más allá del clamor albertiano porque se hiciera marinera su voz en el supuesto de que quedara en tierra, Claudio generaliza, despoja y convierte la voz del poeta en canto general sin propietario. La ebria sembradura es donación que no conforta, ni acomoda. Pero es donación de lo que se va viendo como regalo, como gratuita compaña de quienes lo han menester. La ebriedad es donación sin tino, que se reclama para la mirada que sepa reconocerla, que sepa que lo real no se agota en el propósito y la prefiguración, ni en el telos concreto y utilitario.

El itinerario de ir y ver y traer no es nítido ni sin conflicto. En el poema A las puertas de la ciudad, en el libro Conjuros, advierte de lo azaroso, para bien y para mal, de esta cercanía del don. Así dice: “¡Si creí que podíais seguir siempre / con la seca impiedad / con el engaño / de la ciudad a cuestas! / ¡Si creía que ella, la bien cercada, mal cercado os tuvo siempre el corazón /…que estaba yo mirando que no lo vi…!”. Advierte de la presencia ominosa de la misma naturaleza vuelta inhóspita: no hay elementos naturales a favor en una tierra descuidada por el hombre. Así en “Pinar amanecido”, del mismo libro:

“Nunca digamos la verdad en esta / sagrada hora del día. / Pobre de aquel que mire / y vea claro, vea / entrar a saco en el pinar la inmensa / justicia de la luz, esté en el sitio que a la ciudad ha puesto la audaz horda / de las estrellas, la implacable hueste / del espacio. / Pobre de aquel que vea / que lo que une es la defensa, el miedo”

Queda la lucha entre la voluntad utópica del don y la experiencia de la desazón por tanto cierre y tanto miedo. La afirmación, empero, es nítida: “Viajero / sigue cantando la amistad dichosa / en el pinar amaneciente. Nunca / creas esto que te he dicho: / canta y canta. Tú, nunca / digas por estas tierras / que hay poco amor y mucho miedo siempre”.

Es un conjuro, una celebración encantatoria, como un mantra utópico que anima al don, porque se sabe la única condición de supervivencia. Despegados del ciego negocio del mundo, afirmadores a contrapelo de lo que ata, el poeta y quien escucha, el viajero, van ligeros y desprendidos, intensos en lo que ven, haciendo circular el vínculo que hace comunidad, por debajo del sálvese quien pueda, del hastío razonador del cálculo. Es como la salutación de Gersom Sholem que Benjamin atesoraba:

“en mi corazón está la ciudad / a la que dios me ha enviado: / el ángel que tiene esta sigla / no será cautivado por ella

(Gersom Sholem, Saludo del Angelus)

Tanto sabor del lugar inhóspito del don que se asume como deber. Benjamin en la ciudades, tampoco es vecino y sí huésped. Condición del poeta que ve más. Esa voluntad de afirmación del despojado hasta el final, hasta las heces: “ya no sé qué decir. Me voy alegre” (Casi una leyenda)

A modo de corolario

Todo tiene que ver con la afirmación de esto que somos: finitud que desea. Junto a Claudio y los demás poetas vuelve la bella expresión (tan terrible) de Pablo de Tarso: “llevamos estos tesoros en vasijas de barro”. Lo real nos ronda, no como un bicho o un piélago, sino como el tiempo domeñado que se nos va dando a contrapelo de lo que aguardamos. Eso descoyunta mi tiempo, mi ser. Por eso, con Olvido García Valdés podemos pedir “no más alma que la que el cuerpo admite”. O digo yo mismo: no más visión que la que el ojo y el hueso soportan. Esa limitación, esa condición de castración respecto de una omnipotencia ensoñada, puede ser la condición del finito decir poético. En concreto, despojada, provisional, y con una incesante y renovada plenitud. La llenumbre de un paseo otoñal de Claudio Rodríguez. La afirmación de un gesto que le hace seguir nombrando, haciendo palomas de barro, para luego soplarlas y que vuelen, como en los apócrifos. La rotunda mortalidad de la obra de los inmortales y el calor insustituible de su frío (la era del frío fue nuestra tierra original: se lo escuchamos a mi vecino Crémer, se lo hemos oído decir con su susurro grave a Gamoneda). El don de la sorpresa y la sorpresa del don, ambas vertientes comprometen, ambas alegran en medio de la pena.

Y al cabo: qué civilidad la del poeta, que nos trae la sorpresa de poner cerco a un modo de darse lo imposible, esto es lo real. Poner cerco un instante, lograr una forma, un acento, una palabra, el clima mismo –el gesto– de una presencia. El poeta se va al rapto, para su recompensa carnal, para volver diciendo de otro modo (tan de otro modo ya) las palabras de la tribu. Carentes como estamos de silencio fecundo, de decires atrevidos, de goznes del coloquio restablecidos.

No puedo dejar de mencionar en este cabo del discurso a un poeta ferroviario, Laureano Marinas, que vivió sus últimos días en esta capital, en Zamora. Él me trasmitió muy pronto la extrañeza de la escritura poética con estas sencillas palabras: “A veces piensa uno: ¿cómo escribe uno estas cosas?”, y añadía sonriendo:“¿estará uno loco?”.

Concluyo con esa rotunda e invocadora coda de un poema ya mencionado del libro Alianza y condena: “A veces, sin embargo, en esas tierras / floreció la amistad. Y muchas veces / hasta el amor. Doy gracias”.

Yo también lo hago.

— — —
NOTA:

[1] Las obras de Claudio Rodríguez se citan por su reciente edición de 2001 del Instituto de Estudios Zamoranos.

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