Días de 2022 (4)

El cartel es obra de Fernando Ampudia.

Avelino Fierro —autor de secciones como “Querido diario”«Calendario»«Desde mi celda», «El cuaderno naranja»«Días de 2021»— continúa, con esta entrega, con su sección «Días de 2022». Esta vez nos anuncia y explica su próxima exposición de dibujos y libros que, a partir del miércoles 13 de abril, se exhibirá en dos acogedores lugares de la ciudad, ubicados en el entorno de San Isidoro: la librería Tula Varona (mañanas y tardes) y el bar Santo Martino (noches y madrugadas).

Por AVELINO FIERRO

Querida Eloísa, se han ido acumulando los dibujos que he estado haciendo para ilustrar mis últimos diarios. He decidido exponerlos. Así que le envié una copia de un autorretrato a mi amigo Ampudia, acompañado de un pequeño esbozo de cartel. Al rato, me devolvió confeccionado el que te adjunto. Son más de 50 dibujos; he desechado algunos porque eran demasiado “improvisados” o esquemáticos o chapuceros o realizados cinco minutos antes de enviarte los textos para publicar en el Tam-Tam Press. En realidad ninguno de ellos está demasiado “pensado”. Pero tienen la ventaja de ser ilustraciones para lo que yo había escrito, y con eso evitaba todo ese proceso de estrategias, reflexiones o discursos más o menos ordenados previos a una práctica artística.

Estos días estoy muy atareado, tomando notas para escribir un prólogo para un libro jurídico y otro para la primera novela de mi amigo Elías González. Y he tenido que decir no a otros asuntos culturales. Y quizá no pueda con ninguna de esas tareas, porque ando un poco delicado de salud; los médicos me han recomendado tranquilidad, reposo, mantener la mente en blanco, rutinas sanas y buenos alimentos. Así que no voy a escribir ahora nada sobre estos dibujos. Te voy a enviar unos párrafos de un texto antiguo, de 2016. Y al final añadiré tres frases que tenía anotadas en un papel, en esa bolsa en que guardé los dibujos. No sé por qué están allí: posiblemente las copié de alguno de los manuales de dibujo –el de Betty Edwards, el de Simmons, o el de Francis D. K. Ching–, pensando en desarrollarlos de por largo o reflexionar sobre ellos con detalle.

*

He vuelto a pensar en el dibujo. Estábamos paseando cerca del árbol de las dos lunas, esperando la noche más cerrada, y llamó Sendo. Le proponía a Julio que le presentase su exposición en la reformada casa astorgana de los Panero. Y el recuerdo de esa vieja pasión de adolescente se me ha venido encima en los días siguientes, en momentos y lugares inesperados: durante la lectura de un poema, en la visión de las sombras de unos árboles –también anocheciendo– en la taberna de los Pinos, viendo los libros que formaban pequeños zigurats en el suelo de la habitación…

Y me he sorprendido a veces mirando el mundo o los objetos de forma deliberada, escudriñándolos, tratando de aprehenderlos, pensando en cómo los traduciría al llevarlos dibujados al papel. Con tanto mirar parece que estaba dando la razón a Degas cuando decía aquello de que el dibujo no es la forma, es el modo de ver la forma.

Así he estado yo en varias ocasiones estos últimos días, de mirón, desnudando volúmenes, claroscuros y puntos de fuga. Con poco provecho; casi no he dibujado. Pero he vuelto a releer algunos textos sobre el dibujo y a recordar –entornando los ojos para avivar la memoria– cómo hace mucho tiempo me afanaba en trasladar a un papel apresado con chinchetas en un tablero, los datos, líneas, grises y hasta el alma del modelo. Hace mil años estuve en una academia. No hice carboncillo, pasé directamente a los pinceles. No llegué a terminar un óleo de una jarra con algunas flores secas. Me entretenía más viendo al profesor, que alternaba paisajes entre puntillistas y a la manera de Cézanne, y retratos imaginarios de personajes y borrachines como los de Hals. Era un gran paisajista y colorista.

Me distraía también observando al resto de los alumnos, sus diferentes maneras de ver, esas ojeadas alternativas al modelo y al soporte, cómo sus manos trasladaban al papel y recreaban lo percibido. Las réplicas podían ser más o menos fieles al motivo dependiendo de su pericia, pero cada alumno miraba y confeccionaba algo conforme a una forma particular y exclusiva de percepción. Y todo venía a complicarse cuando entraba en danza el color (¿No veíamos azules distintos en el mismo azul? ¿No nombrábamos todos los amarillos cuando veíamos la estampa del viejo sofá en el que se sentaba Marin Marais en su vejez?).

Carl Gustav Carus, en sus cartas sobre la pintura de paisaje, hasta en aquello que nos parece monocromático, habla de los colores refractados que se hacen visibles al ojo adiestrado. Describe masas de nieve en sombra que señalan sus elevaciones en tonos azulados, y otros que viran hacia el violeta, y cómo las superficies de hielo muestran refracciones verdes y púrpuras, colores en parte verdaderos y en parte fisiológicos. Lo rememoraba hace unos días mientras divisaba desde el balcón de la casa de campo una delgadísima luz carmín y violeta extenderse sobre las lomas, como una bruma, mientras hacia el norte, en las montañas, penetraba la última claridad de la tarde. Una misma luz caprichosa que alternaba tonos metálicos y blanquecinos o anaranjados. Mientras, el arbolado que enmarca la casa, sobre todo las masas más densas de las fincas que están al este, pasaba por varios tonos de verde: claro, vejiga, Hooker…

De Carus, hace tiempo, leí su viaje a la isla de Rügen. Habla también allí de pintura y de la importancia del trazo para reproducir los lugares costeros. Volví a consultarlo y, al releer esa frase, sentí ganas de dibujar. Traté de representar la bruma que describe Tranströmer en uno de sus poemas, por la que pasa silencioso un navío. Es la ilustración de esta entrada del diario. No hay precisión alguna, es una imagen inventada. Imaginada por alguien de tierra adentro, que nada sabe de velas izadas ni del perfil de la costa de Suecia. Una imagen mentirosa, que desmiente aquella frase de Kandinsky, “sólo se dibuja lo que se sabe”. Una torpe ilustración.

Esas manchas trazadas con mi pincel chino han quedado en el libro al lado de los versos finales de ese hermoso poema, “Epílogo”, lleno de vientos y soles de invierno, y de nubes que, al desaparecer eliminadas por la luz de la noche, cazan en las almas.

*

Esto, lo de dibujar en los libros, me ocurre con cierta frecuencia. Suelo tener a mano un lápiz canijo para subrayar una frase armoniosa o un verso certero y me sorprendo, de repente, trazando líneas o haciendo una mancha gris sobre el papel. Las consecuencias de ese momento en que dejo de leer –por cansancio o, las más de las veces, para relamerme saboreando esas palabras– y garabateo algo, suelen ser la aparición de una imagen casi siempre figurativa, que empieza a colonizar el blanco de la hoja y, muy a menudo, previa metástasis, impregna el texto escrito, las palabras.

El proceso es parecido al clásico de Leonardo para “avivar el espíritu de invención”, cuando aconsejaba mirar las manchas de humedad de las paredes en las que acabarían apareciendo paisajes, batallas, y extrañas figuras en acciones violentas. La línea curva que acabo de trazar puede convertirse luego en el borde de la taza del desayuno en la mesa del jardín (luego vendrán los cubiertos, una botella, el mantel, la radio y el periódico) o ese pequeños borrón gris puede ser la parte más oscura de la sebe, detrás de la cual comenzarán a verse los árboles de las fincas de al lado, unas nubes, ángeles y arcángeles, tronos y abominaciones… Si en vez del trozo de papel en el que me muevo –siempre pequeño, porque no gasto librotes en el campo o en los viajes– tuviera las hojas de un álbum de dibujo –algo que a menudo me propongo pero nunca cumplo–, podría practicar más, adquirir mayor dominio en el trazo y en la interpretación de la realidad: dibujar cientos de ojos, orejas y narices; hojas, insectos y pájaros; hacer –como Alexander Cozens– catálogos de nubes.

*

Pero hay días en que uno baja el listón y le sirve cualquier cosa. Otros, dan ganas de quitarse de en medio, pero viendo que hay que seguir alimentando a los hijos, cuidando a los padres, soportando a los amigos…, basta con echarse a llorar. Es entonces cuando recuerdo un párrafo que copié no sé dónde, que tengo en un papelito que me sirve de marcapáginas en el libro de Walter Pater sobre el Renacimiento: “Diderot buscando el secreto de la pintura antigua, Mengs llorando las fuentes desaparecidas, Winckelmann y sus desnudos perdidos, Delacroix inclinado sobre los esbozos de los maestros; otros tantos ejemplos de una misma nostalgia del origen, es decir, de la perfección”.

*

“Se fija la mirada en un punto bien definido del objeto y se sitúa la punta del lápiz o de la pluma pensando que está tocando el objeto en el punto escogido. Despacio y con esmero se recorre el contorno con los ojos, observando hasta el más mínimo cambio y curvatura que esté presente”.

“El tipo de ‘visión’ necesaria para dibujar es diferente de la ‘visión’ que usamos normalmente… está más cerca de la percepción del ojo sin las interpretaciones del cerebro”.

“Dibujar es la respuesta natural ante la experiencia de un artista gráfico, del mismo modo que llevar un diario constituye la respuesta natural de un escritor”.

El cartel es obra de Fernando Ampudia.

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