Operación visera (una odisea moderna) 9 / El palacio de Circe

«Mercurio protegiendo a Ulises de los encantos de Circe» (1590), de Annibale Carracci.

Por LUIS GRAU LOBO

Luis Grau Lobo.

En el curso de este canto se sabrá cómo nuestro fingido héroe, el de las mil trapacerías, pretendiendo escapar de la gravedad de la cultura en compañía de sus partidarios, es capturado con encantamientos hasta el punto de ver transfigurados a aquellos en viles y pestilentes suidos.

Ocurrió que se apiñó la tropa congregada por el veraneante para su solaz con ánimo de preparar nueva hecatombe cárnica y vitivinícola que aliviase de los miembros la fatiga roedora del ánimo y alentadora del hastío. En tal orden estaban de tales arreglos cuando a varios de ellos sucedióles por error el ingreso a innominada estancia que tomaron por teleclub y resultó ser aposento para conferencias y demás actos de mucha ilustración y prosopopeya, siendo el momento de la celebración de juegos no se sabe si florales o de otra variedad biológica. Y sucedió entonces que los entrantes fueron invitados a sentarse y soportar aquellas no previstas ceremonias, pues ellos iban buscando otras no menos ilustres y ancestrales. Pero puesto que no andaban escasos de cortesía y conociendo allí aviesa vecindad pendiente de su talante, tomaron decisión acorde con lo esperado, no con sus deseos. Se sentaron.

El tiempo transcurría penosamente entre declamación asonante y verso recluso, el anuncio de cierta exposición de pinturas al agua y las narraciones sobre las miradas y las memorias de los años en que llovía y se mojaba todo. Al cabo, los invitados a la fuerza comenzaron a contonearse en sus sitiales olvidando compostura y buenas maneras, siendo como eran conscientes de haber sido secuestrados. Uno de ellos, Euríloco de remoquete, que lograra escabullirse en la misma puerta, puso en aviso a nuestro bochornoso héroe. Este se encaminó con celeridad impropia de su condición a combatir la amenaza que suponía tal contratiempo para los planes de la homérica pitanza.

—Chisss —profirió en la sala creyendo no ser oído— ¿Qué hacéis ahí? Venga, desfilando.

Aquella perturbación del arrobamiento de un vate local provocó la reacción de la organizadora del acto, conocida pitonisa en fines de semana y festivos:

—«Laertíada, de jovial linaje, fecundo en recursos!…» —Aunque en realidad dijo: —Pero bueno, muy señor mío ¡¿Qué despropósito es este?! ¿A qué se debe ese griterío?

Como el muy veraneante no contestase pero sí siguiera exhortando a su mesnada, la reprimenda prosiguió en términos tan líricos como biológicos:

—Si es que se comportan como lo que son: unos cerdos.

Y así, tenidos por tal como por artes mágicas, abandonaron todos el palacio de las letras, orejas gachas y tropel patoso.

Aparejaron al fin un banquete espléndido y a la puesta del sol, aún asimilando la abundante carne y bebiendo dulce vino, el convocante habló de esta manera:

—«¿Cuál varón, que fuese razonable, osara probar la comida y la bebida antes de liberar a sus compañeros y contemplarlos con sus propios ojos?»

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 28 de agosto de 2022)

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