21 de marzo / Un poema de Mary Oliver

Mary Oliver. Fotografía: Molly Malone Cook.

En TAM TAM PRESS continuamos con la sección antológica “LOS POEMAS COLGADOS”*, con textos de poetas muertos escogidos por Ildefonso Rodríguez Eloísa Otero. El trigésimo séptimo autor que llega a esta sección, aprovechando la celebración del Día Mundial de la Poesía, es la estadounidense Mary Oliver (1935-2019), cuya poesía apenas ha sido traducida en nuestro país.

Mary Oliver nació en Maple Heights, Ohio, en una familia disfuncional. La escritura, la lectura y las escapadas a los bosques cercanos se con­virtieron para ella, siendo muy pequeña, en herramientas de huida o defensa. Estudió en la Universidad Estatal de Ohio y en el Vassar College, aunque no llegó a obtener ningún título ni tuvo mayor interés en ello. A los veintiocho años publicó su primer poemario, y desde entonces su trabajo se inspiró más en la naturaleza que en el mundo humano, nutriéndose de su inexpugnable y constante pasión por los paseos solitarios por territorios salvajes.

La obra de Mary Oliver, contemporánea de Sylvia Plath y Anne Sexton, se sitúa en la tradición de Walt Whitman, a quien leyó con veneración, pero también en la del romanticismo poético de William Wordsworth o John Keats; resuenan en ella ecos de Thoreau, de Elizabeth Bishop, Marianne Moore y, sobre todo, de Edna St. Vincent Millay, a la que reconoció como la mayor influencia de sus primeros versos juveniles.

Fue autora de más de treinta libros, la mayoría poemarios y unos pocos ensayos. Errata Naturae ha publicado en castellano La escritura indómita, libro de referencia entre los suyos de no ficción, Horas de invierno, una recopilación de ensayos con reflexiones entre lo literario y lo personal, y Vita longa, otra luminosa colección de ensayos y poemas.

Durante más de cuarenta años compartió su vida con la fotógrafa Molly Malone Cook, y la firma de ambas aparece en el libro Nuestro mundo (Ediciones Comisura); a su muerte, le dedicó además el libro La sed, con el que obtuvo el Premio Pulitzer de Poesía. Recientemente, Lumen ha publicado Devociones. Poesía reunida.

:: Un poema de Mary Oliver

EL DÍA DE VERANO

¿Quién creó al mundo?
¿Quién hizo al cisne, y al oso negro?
¿Quién dio forma al saltamontes?
Me refiero a este saltamontes,
el que acaba de saltar en la hierba,
el que ahora come azúcar de mi mano,
el que mueve las fauces de atrás para adelante y no de arriba abajo,
el que mira a su alrededor con enormes ojos complicados.
Ahora levanta una de sus patas y se lava la cara cuidadosamente.
Ahora de pronto abre sus alas y se va flotando.
Yo no sé con certeza lo que es una oración.
Sin embargo sé prestar atención
y sé cómo caer sobre la hierba,
cómo arrodillarme en la hierba,
cómo ser bendita y perezosa,
cómo andar por el campo,
que es lo que llevo haciendo todo el día.
Dime, ¿qué más debería haber hecho?
¿No es verdad que todo al final se muere, y tan pronto?
Dime, ¿qué piensas hacer
con tu única, salvaje y preciosa vida?

*

THE SUMMER DAY 

Who made the world?
Who made the swan, and the black bear?
Who made the grasshopper?
This grasshopper, I mean-
the one who has flung herself out of the grass,
the one who is eating sugar out of my hand,
who is moving her jaws back and forth instead of up and down-
who is gazing around with her enormous and complicated eyes.
Now she lifts her pale forearms and thoroughly washes her face.
Now she snaps her wings open, and floats away.
I don’t know exactly what a prayer is.
I do know how to pay attention, how to fall down
into the grass, how to kneel down in the grass,
how to be idle and blessed, how to stroll through the fields,
which is what I have been doing all day.
Tell me, what else should I have done?
Doesn’t everything die at last, and too soon?
Tell me, what is it you plan to do
with your one wild and precious life?

— — —

“LOS POEMAS COLGADOS”

NOTA de Eloísa Otero e Ildefonso Rodríguez: Esta sección quiere ser una Miniantología (que puede alargarse hasta donde nos den las fuerzas y las ganas). Un doble criterio nos guiará: El primero, serán poemas que los autores no podrían colgar por sí mismos, por ser ya de aquellos que Joyce sin más llamó fantasmas (“… alguien que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres”). O por decirlo con Quevedo, en nuestra Miniantología viviremos “en conversación con los difuntos”. Y segundo: nuestros propios gustos, que ojalá sepan recoger el hermoso Babel de la poesía, la Gran Republicana.

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