FÁBRICA DE NOCHE / Lo que esconde el silencio / Un viaje por la memoria latente de una harinera centenaria

Sillas preparadas para la performance. Foto: E. Otero.

Escuchar el silencio. Auscultar una vieja fábrica de harina abandonada para percibir su latido, lo que se esconde debajo… lo latente. Ese fue el primer propósito de «Fábrica de noche», una performance que fusiona artes audiovisuales y escénicas con memoria democrática, planeada por el colectivo Orquestina de Pigmeos. Escuchar el pasado para escuchar, también, el presente y el futuro. Y relacionarlo al final con la música y el baile, como algo que viene del corazón (propio o de otros) y nos hace seguir latiendo.

Por ELOÍSA OTERO

Unas 500 personas confluyeron el pasado 3 de julio, al caer la tarde, en la antigua Fábrica de Harinas Fernández Nistal, en Benavides de Órbigo (León), para asistir a «Fábrica de noche», una intervención site-specific (adaptada al lugar) del colectivo Orquestina de Pigmeos, impulsada por la Celebración de los 50 años de España en libertad. Estaban a punto de presenciar una performance cocinada a fuego lento, durante meses, para establecer un diálogo con la historia, la arquitectura y la memoria de un espacio emblemático, con más de un siglo de vida, que para muchos habitantes del pueblo fue todo un paraíso durante la infancia, con sus prados, arboledas, molino, canales de agua (y con una especie de secreto latente que será revelado, poco a poco, durante la acción). De esas 500 personas, casi con seguridad que ninguna sabía a ciencia cierta qué iba a acontecer esa tarde-noche ahí…

Programas de mano secándose a la entrada de la fábrica. Foto: E. Otero.

Era la primera vez que Orquestina de Pigmeos —colectivo que impulsan desde hace años los leoneses Chus Domínguez (cineasta independiente) y Nilo Gallego (artista sonoro experimental)— mostraba su trabajo en León. No solo su trabajo, también su singular manera de trabajar, en colaboración con las gentes del entorno donde se va a desarrollar cada una de sus piezas únicas. Y el resultado fue sin duda sorprendente, revelador, inspirador, emotivo, divertido, conciliador, poético… Sin embargo, ¿cómo resumir, y contextualizar, lo que allí ocurrió durante las cuatro horas largas que duró la acción? Lo intentaremos, en forma de crónica subjetiva, aún a riesgo de que haya cosas se nos escapen o se salten de orden.

Hasta el último momento, Chus y Nilo estuvieron probando, ensayando distintas escenas con las ocho alumnas de la Escuela de Arte de León que participaban en la acción —con la complicidad de su profesora Nuria Rubial Seijas, pendiente de todo siempre—, colocando cables, aparatos y sillas, dando instrucciones a los voluntarios de Benavides de Órbigo que, capitaneados por el concejal de Cultura, Pedro Toral, se iban a encargar de mantener el orden… En realidad, solo Nilo y Chus sabían lo que estaba a punto de suceder a partir de las 21:30 horas, ya que ni siquiera el resto del equipo (unas 35 personas) conocía el guion al completo.

Nilo Gallego, dando instrucciones a los voluntarios de Benavides antes de la performance.

«Ven con la mente abierta, déjate llevar y descubre cómo un lugar cargado de historia cobra una nueva vida al caer la noche». «Déjate sorprender por una experiencia inmersiva donde el patrimonio, la creación contemporánea y la noche se unen para ofrecer una vivencia irrepetible». En respuesta a esa y otras llamadas por los medios de comunicación y las redes sociales, a las 21 horas ya se agolpaban decenas de personas ante las vallas colocadas a la entrada del camino a la fábrica.

Personas esperando para entrar al recinto de la fábrica. Foto: E. Otero.
Silvia Alonso, imprimiendo el programa de mano con la vietnamita a la entrada de la fábrica. Foto: Martín Ruano.

Había expectación, mientras Silvia Alonso iba imprimiendo el programa de mano con una impresora «vietnamita» restaurada, tal y como se hacía hace un siglo, para repartirlo entre quienes iban accediendo al recinto. En el programa figuraba un pequeño manual de instrucciones (basado en los «Consejos para escuchar un concierto de campanas» de Llorenç Barber):

  • «Muévete despacio, sobre todo cuando llegue la noche».
  • «Haz un esfuerzo especial por cuidar el lugar y respetar a todos los seres frágiles que lo vamos a habitar».
  • «La fábrica funciona también al borde del silencio y reclama un oído concentrado. Crea a tu alrededor un espacio de atención y calma».
  • «Recréate en disfrutar lo distinto. Provoca tu suerte».
  • «Vamos, simplemente, a compartir la noche alrededor de la vieja fábrica de harinas, para atender a lo que acontece»…

«En las ciudades clandestinas, las imprentas estaban ubicadas provisionalmente… Instaladas en casas particulares, huecos, sótanos o locales ocasionales. Representaban un mundo oculto pero vital, en medio de una ciudad silenciada…». (* textos)

Silvia Alonso, con la imprentilla y la plancha con el programa de mano. Foto: E. Otero.

:: Una fábrica con corazón y una historia olvidada

La fábrica de harinas de Benavides de Órbigo, fundada hace 125 años y sostenida por la extensa familia Fernández Nistal desde 1931, funcionó también en tiempos como fábrica de cera para velas, central eléctrica para abastecer de luz al pueblo y alrededores, e incluso sirvió como almacén y venta de vinos. También fue, para los niños y habitantes de la comarca, un espacio lúdico, familiar y social, al que iban a jugar y a bañarse; «el paraíso terrenal», al decir de algunos.

Pero hay un hecho olvidado y muy poco conocido, incluso por los habitantes de la zona: el sótano de los almacenes fue requisado y utilizado en 1938 como cárcel, en la que se alojó a un batallón disciplinario —el «Batallón de Trabajo Canero 21»— formado por civiles republicanos que realizaban trabajos forzados para construir la carretera Benavides-Antoñán. Y eso es lo que late, y lo que acabará por desvelarse (hacemos spoiler aquí), a lo largo de la performance «Fábrica de noche». Eso sí, como espectadores habrá que estar atentos y escuchar para, de manera un tanto intuitiva, ir atando cabos. Porque, de momento, y mientras el público comienza a entrar y llenar el recinto, nadie sabe qué va a pasar, ni qué se va a contar…

«Una memoria es también todo el olvido y todo el secreto y todo el silencio del que somos capaces» (…) «Sea como sea, sigo transcribiendo, sigo buscando restablecer en el mundo una memoria hecha de voces». (* textos)

Chus y Nilo han hablado con la gente del pueblo y con miembros de la amplia familia propietaria de la fábrica, recopilando testimonios, historia y memoria. También se han entrevistado con historiadores e investigadores como José Carlos García Funes o Javier Rodríguez y activistas como Emilio Silva, presidente de la ARMH. Han consultado archivos, buscando documentación, y no ha sido fácil. Pero al final consiguieron dar con unas actas en las que figuran que fueron 67 los presos que pasaron en 1938 por el sótano de la fábrica requisado y convertido en cárcel, en su mayoría jóvenes obreros y trabajadores de distintos oficios, entre los que había maestros y artistas. «Aquí hubo un hecho histórico concreto, que si lo escalas a nivel nacional fue algo salvaje: los batallones, la represión, y que ni siquiera eran prisioneros de guerra, eran civiles represaliados por sus ideas», comentaba hace unos días Nilo Gallego en una entrevista.

«Los prisioneros abandonamos el jergón. Echamos mano al macuto, donde guardamos un pedazo de pan, el plato de aluminio y la cuchara, y salimos del caserón. Uno de los escoltas nos cuenta uno a uno. Después, el cabo da la voz de la marcha y emprendemos todos juntos la caminata, sin prisas, con la rutina de los hombres desesperanzados. Una vez en el tajo, comenzamos la tarea». (* textos)

En la performance hay mucho trabajo textual latente también, (* textos) escritos y recopilados por la escritora y filósofa Marta Echaves, sobre las distintas capas de historia y memoria que sugiere la vieja fábrica de harinas. Desmenuzados en fragmentos, esos *textos serán los que se escuchen de fondo cuando el público acceda al recinto de la fábrica.

Público accediendo al recinto de la fábrica. Foto: E. Otero.

Así que entremos, caminemos hacia la explanada situada frente al edificio principal. Lo primero que nos sorprende es ver a varios muchachas y muchachos tumbados sobre colchonetas o esterillas dispersas por el recinto, con un sensor conectado desde su frente a un altavoz por el que se escucha… no se sabe muy bien qué, testimonios, relatos, quizá sueños…

Uno de los «durmientes» dispersos por el recinto. Foto: Martín Ruano.

«Si te fijas bien, tras esos matorrales donde empieza a caer el reflejo del crepúsculo, una figura humana se inclina sobre el pecho de un durmiente. La concha de su oreja se posa sobre la piel que recubre el corazón, adentrándose en el agujero de sus latidos. / Bum – bum – bum – bum – bum…» (* textos)

Foto: Martín Ruano.

Paseamos por el recinto observando, escuchando, cruzándonos con gente conocida… aunque hay quien opta por tomar asiento en las más de 200 sillas preparadas, para no quedarse sin sitio mientras llega lo que tenga que llegar.

«Pegué la oreja en el suelo, y sentí el latido del sótano cuando fue molino, y del agua cabalgando ladera abajo. Pegué la oreja al suelo y escuché el rugido de las máquinas fabricando unos mil kilos a la hora. Sus latidos son los latidos del mundo». (* textos)

Al cabo de un rato, unos dulzaineros del lugar —Los Cirolines: Pepín, Graciela y Tello— bajan desde el reguero a la explanada, tocando canciones populares con dulzaina y tamboril y despertando a los durmientes.

Los dulzaineros empiezan a tocar dulzaina y tamboril, despertando a los durmientes. Foto: Martín Ruano.

«Al principio no teníamos electricidad así que cuando queríamos poner música en las fiestas del sótano éramos nosotros mismos quienes golpeábamos las paredes. Entre todos éramos un bajo que vibraba y vibraba haciendo temblar las tuberías y restos de basura que acumulaba ese lugar» (* textos)

Cuando los dulzaineros llegan a la explanada, seguidos por el público, tres muchachas se animan a bailar de manera espontánea en el espacio abierto entre las sillas y la fábrica, y pronto se les une una decena de mujeres del pueblo. Todo va muy lento pero, casi sin que nos demos cuenta, empiezan a pasar cosas mientras anochece y se arranca a soplar un poco de viento fresquito para contrarrestar el calor de este día veraniego. Suenan los cencerros de un rebaño de ovejas… Algunas personas, pocas, se van, un poco cansadas de esperar, otras charlan, preguntan de qué va todo esto… ¡Sssshhhhh! El resto seguimos a la expectativa, unos con más paciencia que otros, pero tan a gusto en este luscofusco apacible que augura sorpresas.

… y algunas mujeres salen a bailar, mientras el público espera y se pregunta qué va pasar. Foto: Martín Ruano.

«En verdad lo que todos queríamos era fugarnos, no sé, dejarnos caer, colarnos entre las grietas que rasgaban las paredes de las fábricas abandonadas que rodeaban nuestro sótano» (* textos)

La espera se demora, mientras la luz del día se va apagando, y todo el mundo se pregunta qué va a pasar ahora. Cuando el sol termina de ponerse, jóvenes estudiantes de Arte hacen sonar la sirena de la fábrica, y se retiran corriendo.

Jóvenes performers de la Escuela de Arte hacen sonar la sirena de la fábrica. Foto: Martín Ruano.

Mientras, por el campo, dos sonidistas grababan los sonidos de la noche y hasta el agua de una fuente con una parabólica (los sonidos se escuchan a través de los altavoces instalados en la explanada). A lo lejos, una charanga disparatada con varios cabezudos y algunos músicos con chuflas y tambores comienza a hacer ruido y a echar humo de colores en el exterior de la fábrica, en la carretera, con una moto… como si regresaran alegres y beodos de una fiesta.

«Los gritos de los jóvenes en la ladera pueden oírse ya antes del atardecer. Inquietos en la noche poblada de espíritus, se gritan unos a otros tratando de adivinar qué sucederá con el sol alto. La tradición dice que el lenguaje se transforma en las noches de luna llena». (* textos)

Sonidista captando sonidos con la parabólica, en el exterior de la fábrica. Foto: Martín Ruano.

(…) saben que lo oyen
saben que lo que oyen es lo que saben que oyen
saben que lo que oyen es lo que saben que oyen porque saben que lo oyen
y porque saben que lo que oyen es lo que saben que oyen, lo escuchan de memoria
es decir, su oído sabe el río dónde está (…)
. María Salgado / (*textos)

Deslabazada charanga montando ruido en el exterior de la fábrica. Foto: Martín Ruano.

De pronto, una camioneta alumbra con sus faros desde la carretera, y penetra en el recinto cargada de jóvenes, deslizándose por una rampa hasta el sótano. Los jóvenes se bajan y entran, y el coche se va. Se ven luces en el sótano a través de la ventana, se escuchan voces; los jóvenes salen al exterior con una cazuela y unos platos de metal, y se ponen a cenar, mientras suena una canción flamenca, «Aunque es de noche» (adaptación de la noche oscura de San Juan de la Cruz por parte de Enrique Morente):

Los jóvenes cenando junto a las ventanas del sótano. Foto: Martín Ruano.

Que bien sé yo la fuente que mana y corre,
aunque es de noche.

Aquella Eterna fuente está escondida,
que bien sé yo dó tiene su manida,
aunque es de noche.

En esta noche oscura de esta vida
Qué bien sé yo por fe la fuente fría,
Aunque es de noche… aunque es de noche… aunque es de noche…
(…) /(*textos)

Hay vibraciones, luces de faros que iluminan el sótano, más coches que misteriosamente se acercan y se van… Y comienza una doble proyección sobre las paredes de ladrillo del edificio de la fábrica y los redondos depósitos metálicos. Sobre la pared, imágenes de los jóvenes estudiantes de Arte durmiendo en el sótano, sobre los sacos, abrazados en un intento de combatir el frío de la soledad y el miedo. Sobre los silos, imágenes antiguas de las máquinas y labores de la fábrica de harinas y la molienda.

De fondo, por los altavoces, se empiezan a escuchar testimonios de personas vinculadas a la familia de propietarios de la fábrica, testimonios sobre las instalaciones, la maquinaria, el molino, los camiones, los horarios, los distintos tipos de grano, los kilos de harina que se producían al día…

Proyecciones sobre el edificio y los depósitos de la fábrica. Foto: Avelino Fierro.

Los testimonios (lo preguntaremos y sabremos después) son de José María (Lito) Fernández Criado, sus hermanos Marita y Francisco, además de Jesús Fernández, que fue el molinero hasta el final de la fábrica, todos ellos de la amplia familia Fernández Nistal. Pero hay un testimonio que resulta especialmente emocionante y esclarecedor, y que pondrá la carne de gallina a los presentes, como recordarán algunos más tarde, en la voz de Lito:

«Ahí está la bodega, todo eran cubas… metían el camión hasta ahí, ¿eh? y con gomas y tal iban llenando los toneles que estaban alineados allí al fondo. Y aquí es donde, aparte del vino, hay una anécdota, que la gente no conoce y yo creo que si se pregunta… bueno, hoy día nadie conoce esa historia, y es que la bodega, durante la guerra, se requisó para albergar aquí a más de medio centenar de personas que estaban presos, en manos del bando nacional, y que los trajeron aquí para construir la carretera que va desde Benavides a Antoñán, que son cinco kilómetros. Y claro, esto era una especie de campo de concentración. Este local fue requisado, por el bando nacional, [y sobre los presos] mi madre decía que era gente de Valencia, de la zona de Levante, y me hablaba de que eran una gente muy educada, una gente muy fina decía ella, incluso había gente que iba a la iglesia, a misa, e incluso uno de ellos, que debía de ser artista —porque claro, toda esta gente del bando republicano eran maestros, profesores, había obreros, había de todo…—, restauró el altar de la Inmaculada, en la iglesia. Esto para decir que era gente que tenía creencias como podían tener los del pueblo. El asunto que más me conmueve a mí, de esta historia, y mi madre me la contaba, es que las gentes del pueblo, independientemente de la ideología que tuvieran… las chicas y gente joven venían a ayudarles, o con la comida, o para hacerles el lavado de la ropa, que parece ser que la cocían en calderas por culpa de los piojos o lo que fuera. Y claro, a mí esa anécdota me conmueve tanto… pensar que en el pueblo de Benavides, por encima de cualquier ideología, había esa humanidad, de ver a gente que estaba en una situación precaria… pues me conmueve, es una anécdota que no conocemos, como no conocemos tantas cosas de la guerra, porque evidentemente, cuando terminó todo, hubo un telón de silencio que… En el pueblo nunca se habló, y sobre todo esta anécdota, que sucedió en este lugar, que perteneció a mi familia… porque la empresa no tenía nada que ver con esto, fue una requisa, como muchas que se hacían en otros aspectos y en otros lugares». (Lito, **testimonio)

:: Cinta de voces, cinta de presos

Tras la proyección y la escucha de testimonios arrancará una nueva acción, un «tape music» o cinta de voces (cinta de presos), como un concierto de sílabas, a cargo de los estudiantes de la Escuela de Artes de León que hacen correr una cinta que sale de la ventana de la bodega y parece infinita, mientras cantan los fonemas que aparecen escritos en ella y, sobre la fachada del edificio principal, se proyectan las actas en las que figuran los nombres de algunos de los presos del «Batallón de Trabajadores Canero 21» que fueron reclutados a la fuerza para trabajar en las carreteras de la comarca y que, en mayo de 1938, durmieron en la bodega de la fábrica.

Aquí se puede consultar una parte de esas actas, con información sobre este y otros batallones de trabajadores forzosos:

«El rumor de las voces es continuo y sus cambios suenan noche y día. Parece una turbina que marcha con el alma de los muertos». (* textos)

Cinta de voces/cinta de presos, en el exterior, con proyección de una parte del acta en la que figura que fueron 67 los presos que durmieron en el sótano de la fábrica, requisado en 1938. Foto: Martín Ruano.

«Algo sisea en mi oreja. Una lengua estrecha se cuela profundo en la cavidad arrastrando fonemas que chisporrotean tímpano adentro. ¿Tú crees que queda mucho para llegar? Exhalo y cierro los ojos. Comprendo que lo único que sé, es que nunca vamos a regresar al lugar de donde venimos. Creo que al menos queda otra noche, respondo, y mis dedos insisten y se aferran a la piel resbaladiza de su antebrazo. Suspira tan cerca que la siento como el rugido de una ola feroz al caer». (* textos)

Lanzamiento de pasquines. Foto: Martín Ruano.

La acción finalizará con una tirada de pasquines desde las alturas del poste mayor, con los *textos utilizados a lo largo de la performance (se han ido escuchando por los altavoces, desde el arranque de la obra, y hemos reproducido algunos aquí, sobre fondo rojizo), recopilados por Marta Echaves e impresos, al igual que el programa, con la impresora vietnamita restaurada por Silvia Alonso:

Dos de las ocho caras de los pasquines con textos en parte modificados de distintos autores, recopilados para esta acción por Marta Echaves. Imagen/impresión: Silvia Alonso.

:: Sopas de ajo con trucha, vino y música techno

Los espectadores, finalmente, no entraremos al sótano de la fábrica, esa oscura y misteriosa bodega iluminada por dentro y convertida en el centro neurálgico de la acción, en símbolo «de lo que está oculto, del silencio mismo».

Pero la performance finalizará con una rave musical en el piso superior, justo sobre ese sótano de la memoria, en un espacio diáfano donde la dj Noelia Sánchez AKA Neonoe y Chencho, ambos de la zona del Órbigo, pincharon techno con visuales incitando a la catarsis y al baile, mientras fuera, a la puerta, se servían vasitos de vino y unas riquísimas sopas de ajo con trucha –preparadas en la misma comarca del Órbigo– a todos los asistentes, que guardaron cola de manera cívica para hacerse con una cazoleta: «No os preocupéis, que hay para todos», tranquilizaban los voluntarios encargados de servirlas. ¡Por supuesto que hubo! (Y, en el recuerdo, las sopas con las que las mujeres de Benavides dieron de cenar a los presos del Batallón Canero en aquellos aciagos días de 1938).

«Las mejores aliadas de los cautivos fueron siempre las mujeres. Cada una tenía un motivo diferente para ayudarles. Un motivo que casi siempre era un hombre muy cercano que había sido fusilado, encarcelado, o que había muerto en la contienda. También algunas madres y esposas de jóvenes que habían sido enrolados se volcaron con los cautivos con la esperanza de que alguien hiciera lo mismo con sus hijos o maridos. Las llamaban las madrinas: mujeres que «adoptaban» uno o más prisioneros y se encargaban de lavarles las ropas y de suministrarles comidas». (* textos)

Los asistentes hacen cola para las sopas de ajo y también se animan a asomarse a la rave. Foto: Avelino Fierro.

La idea de tribu urbana, de grupo de gente joven que comparte una escucha… es algo que ha estado presente en este proyecto desde el principio, como ya explicaron en su día Chus y Nilo. Pero el vino, las sopas y el baile final lograron concitar a personas de todas las edades hasta bien entrada la madrugada (estaba previsto acabar sobre la una, pero la improvisada rave, y también los encuentros y las conversaciones entre quienes optaron por quedarse se fueron alargando hasta bien pasadas las dos), a lo que ayudó el buen ambiente y la calidez fresca de la noche en medio de la ola de calor de estos días de julio.

«En ese sótano también hacíamos fiestas. Sobre todo los días especiales, cuando volvíamos de bailar de otros sótanos en otros lugares de la ciudad. Estaba el sótano del murciélago, el sótano de la barra acolchada, el sótano repleto de espejos, pero sin duda el nuestro era el mejor, aunque siempre me pareció un lugar tan hostil… Lo habíamos ocupado». (* textos)

Rave final en el interior de la fábrica, con los dj’s Notone y Neonoe al fondo. Foto: Martín Ruano.

Porque de eso de trataba, al fin y al cabo: de escuchar (y recuperar) una historia dormida en la memoria colectiva y, a la vez, conjugar lo contemplativo con lo lúdico, bailar, fluir… buscando tocar, también, los corazones. Y que sigan latiendo… en libertad, con alegría, en confraternidad próspera y solidaria. ¡Gracias, Orquestina de Pigmeos, por esta acción irrepetible y llena de significado, propiciada por la Celebración de los 50 años de España en libertad!

«Fábrica de noche», de madrugada, casi al final. Foto: Avelino Fierro.

«Estos materiales deberían construir, de modo urgente y desnudo una vida mejor. No nacen de la voluntad de durar y conservarse, sino del deseo de arder e iluminar». (* textos)

«Queríamos generar un espacio de reflexión sobre la historia de la fábrica y, en relación a ella, nuestra historia más o menos reciente. Pero más que ir a una revisión explícita de los hechos históricos, lo que pretendíamos es repensar nuestra memoria desde de la mirada de los jóvenes, para pensar qué son estos ’50 años de Libertad’ en los que se enmarca el proyecto. Y sí, estamos muy contentos, sobre todo del buen ambiente que se ha creado. La performance fue un poco lenta quizá, en algunas partes, también hubo algunos errores que mejoraron el guion original; al final todo salió bien»», valoraba al día siguiente Nilo Gallego, emocionado y contento.

El diseño del cartel es obra de Silvia Alonso.
Sello del evento, con diseño de Silvia Alonso basado en el sello original de la fábrica.

«Queríamos hablar de la noche, pero queríamos conservar su secreto, que conservara ese misterio, ese olvido de lo que por la mañana no existe más, esa potencia y esa impotencia que, por metonimia, se llaman «noche» y nos llevarán hacia atrás, hacia el miedo de cuando de niñas nos da miedo la oscuridad (…), y hacia mucho más atrás, hacia la noche sin raves, sin clubs, sin naves ni sótanos, sin cafés cantantes, sin salones, sin calles definidas ni asfaltadas, sin luz eléctrica, en los claros de las aldeas o en las casas, fandangos: fiestas del candil: se canta y se baila hasta que alguien golpea la luz, la luz se va y los jóvenes aprovechan para poder tocarse aunque no vean; y más lejos aún…» (* textos)

Autoría de los textos recopilados por Marta Echaves para la performance «Fábrica de noche».

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