La superstición de la paloma

Por BELÉN GOPEGUI

En la película Mr. Nobody, de Jaco Van Dormael, asistimos a un experimento conocido. Una paloma acciona una palanca y por un pequeño ventanuco se le suministran semillas para comer. Como la mayoría de los seres vivos, la paloma asocia en seguida el accionar la palanca con la recompensa. Pero a continuación un temporizador suelta la comida de forma automática cada 20 segundos. La paloma se pregunta: “¿Qué he hecho para que me la den?”. Si en ese momento estaba aleteando, continuará aleteando, convencida de que sus actos tienen una influencia decisiva en lo que ocurre. Lo llamamos superstición de la paloma.

Ha venido la crisis, el temporizador ya no proporciona comida sino hambre, pero seguimos aleteando, como si en cualquier momento eso fuera a traernos de vuelta el plato de semillas. Aún hoy se recuerda a las palomas que dijeron: quien pone el plato de comida no es libre de ponerlo cuando quiere ni cuando la paloma mueve las alas. El sustento de millones de trabajadores y trabajadoras no depende de que algunos se reúnan y fijen un precio y una tasa de ganancia. Su sustento depende de un mecanismo —capitalismo— que obliga a destinar una parte cada vez mayor de la plusvalía al capital fijo, con la interesada mediación del capital financiero, de manera que cada cierto tiempo la retribución de la clase trabajadora se quiebra y surge la sobreproducción. Entonces caen palomas; entonces, con violencia, se amplía el número de lugares y plazas donde ir a apresarlas y también se vuelven a extraer recursos del planeta que va quedando exhausto.

Algunas palomas vuelven a obtener un plato de comida pero muchas caen, la comida empeora y lleva ya su parte de veneno. No se trata de aletear, se trata de derribar las jaulas y organizar la manutención, porque “los capitalistas no son libres (Brecht) para fabricar tantos trajes como sean necesarios. Sólo pueden fabricar tantos trajes como admite el mercado”. Sólo son libres cuando eligen y refuerzan el sistema que obliga a enloquecer palomas. Dejemos, por tanto, el discurso de la codicia y la falta de responsabilidad y la estupidez del temporizador. Los temporizadores no razonan. Podemos apagarlos, dejarlos atrás. Llamamos a esto: revolución.

 Publicado en Diagonal
bajo licencia Creative Commons.

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