Envío 1 (vampiro, bar Benito, gatos…)

© Fotografía de JULIA D. VELÁZQUEZ.

Otros títulos podría tener este álbum de la ciudad: sombras chinescas, álbum del mirón… Alguien camina, va, viene (“Lo importante no es llegar, sino ir”, ha escrito R. L. Stevenson), como si entrase en un bazar inmenso, anota en los cuadernos instantáneas, pequeñas iluminaciones, retratos fugaces, mira y anota, durante años, de vez en cuando muestra algo de su recogida…

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Secuencias, ráfagas, fugacidad. Me cruzo en la calle principal con el político corrupto, ese que diez veces ha cambiado de bando sin moverse nunca de sus negocios. Traje negro liviano, camisa de ultramoda, corbata, perfil de vampiro. Un latigazo de rabia ante su imagen y el aura que desprende: la pura impunidad y el orgullo, saberse por encima de los demás, por poderes, por ser más listo. Yo, inevitablemente conciudadano de ese a quien debería haberse aplicado el ostracismo, me siento jacobino, pienso en castigos mayores, como defensa ante semejante peste ciudadana.
Más adelante, un guardia municipal con la genética bien arraigada —el uniforme no disimula la silueta del labrador con azada— les está informando a una par de jóvenes cobrizas, africanas (la cintura alta, las lenguas melosas). Y oigo que les pregunta: ¿La carretera de Asturiaaas?, ¿no sois de aquíii? El señor guardia concede a cualquier forastero el derecho de ciudadanía leonesa.
Con estas escenas en la cabeza, entro en el bar de mi cita y pido, maquinal, un vino. El camarero, automático, me lanza una pregunta: ¿Oreja o arroz? Es pregunta en clave, como  de los misterios eleusinos. ¿De qué me habla? Hasta que reacciono, oreja (y escucho por dentro el himno: contentos de ser de aquí).

La calle interior que todos a los que vemos pasar por la calle llevan dentro. ¿Qué va viendo cada uno?
Ahí, en el balcón de la casa sellada, sigue el tiestito, como si aun fuera a florecer el geranio plantado por mano querida. En mi calle derrumbada, del Beirut bombardeado, afloran tierras de tumba abierta.

Día sí, día no, cae el pienso en el pesebre de los pobres.
En las calles una mano dura ceba la pobreza, la alimenta con nadas.
A veces se ve cómo alguien, con suerte, chupa el caramelo que otro ya chupó antes.

Esta mañana veo aparcada una limusina blanca, otro nuevo emblema de la ciudad, emparentado con la multiplicación de los letreros COMPRO ORO. Es pura señal del dinero, el dinero de los gánsteres en todas las ciudades donde impera la, así llamada, crisis. “Yo no soy un perdedor, alquilo limusina blanca, me muevo por la ciudad con mi orgía móvil, COMPRO ORO.”
Y esa misma mañana, para confirmación gloriosa del azar objetivo, veo a la hormiga más pequeña del mundo que avanza por un pétalo caído del rosal.

Permanece idéntica, la ventanita en el retrete del BAR BENITO. Aunque yo no alcance a ver lo mismo que hace tantos años, sigo asomándome al cielo desde ella y recuerdo todo lo que vi entonces y lo que vi ayer, cuando me asomé por última vez. Veo formas de mi vida (la desazón de aquellos días, un atardecer que se me clavó como una espina).
“Un pequeño rectángulo de eternidad entre las manos”, ha escrito Blanca Varela en el poema Malevitch en su ventana.

“En toda multitud —pensaba Rivière— hay hombres a quienes nada distingue, pero que son prodigiosos mensajeros. Y ni ellos lo saben. A menos que…” / Antoine de Saint-Exupéry

Ahí están sentados los gatos, al sol de octubre. Los animales gatos, ¿dónde están? Están en la vida.

Un Comentario

  1. Una mirada refrescante de nuestro ecosistema diario, a pesar del pesar que rodea algunos párrafos, como cuando en ese Serengueti que son las calles de las ciudades el observador se topa, más que con un depredador de limpias artes, con un carroñero de manual e imagina para él “castigos mayores”. Menos mal que en el remate aparece el ventanuco del Benito, que a mí siempre me pareció una de las Puertas de la Percepción Huxleiana, allí donde los vapores del clarete se equiparan a las volutas del mejor opio nunca fumado. Espero más. Ahora más que nunca necesitamos de éstos viajes. Aunque sean a la façon de un Leopold Bloom cualquiera, sin movernos del casco viejo de nuestras existencias.

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