Empresas estratosféricas

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Por LUIS GRAU LOBO

Hay estos días una otra actualidad que nos sirve un plato precocinado de epopeya, esponsorizado por una conocida marca de brebajes estimulantes. El austriaco Felix Baumgartner se ha arrojado al vacío desde una altura estratosférica para batir unos cuantos y asombrosos récords. El límite de la resistencia y el arrojo humanos, de nuevo, en entredicho. Por este motivo, se me ocurre traer a esta palestra el caso de William Rankin, héroe por accidente, cuya gesta no le fue a la zaga aunque hoy día, más de medio siglo después, apenas se le recuerde.

Tan sólo hace tres años que murió Rankin, el 6 de julio de 2009. Pero en la biografía de este veterano de la Segunda guerra mundial y de Corea, un hecho insólito y único en su especie ocupó un lugar muy especial a los ojos del mundo. Y le ha proporcionado un hueco en la memoria de los hombres. El 28 de agosto de 1959, durante un vuelo rutinario de su caza de combate F-8U sobre el estado de Virginia, una serie fatídica de incidencias mecánicas acabaron con este piloto de los marines arrojándose al vacío a quince mil metros de altura. Hasta ahí, nada demasiado insólito. Pero sucedió que Rankin fue expulsado de su avión sobre una de las más temibles y formidables energías desatadas sobre nuestro planeta: un gigantesco cumulonimbo. Después de penalidades incontables y contra todo pronóstico, logró atravesarlo antes de caer exhausto y literalmente triturado en tierra. Pero vivo. Fue el primer ser humano que ha logrado tal cosa y ha podido contarlo, aunque nadie comprenderá nunca del todo qué pudo experimentar este coronel estadounidense arrojado a las fauces de un monstruo de furia gélida, granizo perforante, presiones inestables, relámpagos, truenos y ráfagas de huracán. Su excursión involuntaria por el interior de ese infierno, su triunfo insospechado sobre una de las fuerzas más destructivas e incontrolables de la naturaleza, merece traerse a colación en estos días de entusiasmo por el logro de una gran hazaña deliberadamente lograda. De alguna manera, nos recuerda que existen gestas de dos tipos, las que uno busca y las que el destino coloca en medio de nuestro camino.

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Otros artículos del mismo autor en:
La mirada perdida
(un blog de LUIS GRAU LOBO)

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