Ideología de cincuenta sombras

Por BELÉN GOPEGUI

Un folletín con sexo es leído por millones de personas, ¿por qué hablar de ello? Porque entre una y otra batalla interesa averiguar cómo nos evadimos. Porque “aunque sea un instante deseamos descansar” y a veces se descansa en un libro o una película cursis, lo bonito es la pereza de lo bello, lo cursi abriga, etc. No obstante, ningún relato puede huir del significado.

De manera que he leído 50 Sombras para descansar y para comprender. Y he visto que el discurso que ha envuelto al libro es mucho peor que el libro pues le atribuye el tema del presunto deseo de sumisión de las mujeres. ¿Por qué? Porque en él se practican algunas modalidades de BDSM, como si ese discurso no supiera reconocer lo que es un rol, un juego, prácticas que no son expresión de identidad sino búsqueda de nuevas formas de placer. Junto al juego sexual de los protagonistas, ¿qué cuenta esta novela, qué la hace distinta de otras de amor y lujo? Chica pobre pero independiente, culta, audaz, se enamora de chico muy rico con pasado turbio y logra redimirle sin renunciar a su independencia y sus criterios. Hasta aquí lo que ha cambiado es que la heroína del folletín mantiene su trabajo, sabe defenderse de una agresión y disparar, y no necesita ninguna protección especial por ser mujer. Además, en las escenas de sexo existe el clítoris, ausente casi siempre de las historias de grandes narradores folladores y premiados.

Hay una suerte de contabilidad orgásmica menos inverosímil y más generosa de lo habitual. El resto es como siempre: la persona inteligente que todo lo pregunta pierde esos atributos ante el capital y prefiere no saber cómo ha podido Grey acumular su riqueza sin explotar, oprimir, sin corromperse, e incluso cree en la filantropía de su Bill Gates particular. Estamos, al cabo, ante una historia no muy alejada de las corrientes que reclaman para la mujer la mitad de todo: la mitad de los orgasmos —en este caso alguno más—, la mitad de la belleza —moneda de-vuelta a los que se pretenden con derecho a juzgar el físico femenino sin ser juzgados—, la mitad de la riqueza, la mitad de la explotación —ajena— y la mitad del no querer saber. No es un avance en términos generales, desde luego; tampoco, dado el corazón tan capitalista de la narrativa dominante, un retroceso.

Publicado en Diagonal
bajo licencia Creative Commons.

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