La rebelión de los tipos

lecturaPor GONZALO BLANCO

En muchas noches leo, cuando hace buen tiempo hasta altas horas con la ventana abierta. También con el libro abierto, claro. El flexo de mesa crea un  territorio escueto de luz intensa. No es un círculo, ni un haz difuso. Es más bien un bloque iridiado en medio del negror extenso de la noche. Una isla excitante hacia la que se sienten atraídos, casi fatalmente, visitantes minúsculos, insectos raros, frágiles y hermosísimos que hacen un aterrizaje de emergencia sobre la superficie tersa de la página que estoy leyendo. A veces tengo la sensación que es una pieza, un signo gráfico que de pronto abandona la línea en la que estaba instalado y hace un recorrido, sin sintaxis, sin regla gramatical alguna, sobre el texto restante, como buscando un nuevo acomodo semántico. Como si no estuviera satisfecha con su rol en determinado sustantivo o adjetivo o preposición o conjunción en donde ha habitado hasta este momento. (En realidad un discurso escrito es un enjambre, un ejército ordenado, una colmena de partículas gráficas que el autor o editor ha implantado sobre la celulosa virgen de las páginas del libro). Trabajan esos seres minuciosamente según un guión tan rígido como el que ha instaurado la naturaleza en esas comunidades hacendosas, rigurosamente estructuradas, obedientes y eficaces en su tarea diseñada desde siglos. Ya digo, algunos insectos de estos que aparecen como huéspedes imprevistos no abultan más que una letra del cuerpo ocho o que una vírgula o que un acento esdrújulo.

Si de pronto –me he puesto a pensar a partir de este episodio trivial– ocurriera de verdad esta movilidad autárquica en las líneas de un reportaje o de una novela, incluso de una obra de filosofía, estaríamos ante una catástrofe en la geografía de los significados. Una anarquía de este cariz pervertiría el relato, demolería el mensaje que ha creado pacientemente el autor, reduciría a escombros monumentos como el Otelo de Shakespeare o la Divina Comedia.

Y, sin embargo, algo parecido a esto está perturbando nuestra comunicación. Nos hemos acostumbrado al asombro del lenguaje. Esto es lo peor. Hemos banalizado el lenguaje hasta límites extremos. Y sin embargo ha sido tan lento, tan costoso, ha invertido tantos cientos de miles de años la cadena de la vida en la fabricación de las palabras que debiéramos hacer memoria y celebrar casi a cada instante como aniversarios fugaces el nacimiento de los vocablos en el escenario del cosmos. Comparado con los millones de años que hace que empezó la vida, la aparición del lenguaje es casi de antes de ayer. Debiéramos estar aún presas del asombro por el hecho de hablar. Y sacudidos por la responsabilidad de que estamos construyendo la comunicación para futuras generaciones, herederas de este suntuoso y frágil patrimonio. Y sin embargo lo derrochamos. Dieciocho millones de kilos de alimentos se tiran al año en España. ¿Cuántas palabras arrojamos a la basura, cuántas sintaxis destinadas a dar concordia y luz a la convivencia humana se han convertido en algo putrescente, por el desdén, la ignorancia o la indecencia de quienes las pronuncian o escriben?

Nos hemos dejado llevar por una inercia letal en esto de hablar o escribir de cualquier modo, al resultarnos tan normal, casi tan biológico como comer o mear, el hecho de emitir mensajes verbales o escritos. Pero debiéramos recordar los versos del poeta Emilio Rodríguez: “Traemos las palabras cosidas a las venas. / Traemos un volcán, / Una cosecha alucinada, /Un manto de cristales”.

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