Las fronteras de Augusto

Teatro Romano de Mérida

Con este artículo, Miguel Ángel Varela se incorpora a TAM TAM PRESS con una colaboración mensual en la sección de los lunes ‘Paso de Gato’.

Por MIGUEL ÁNGEL VARELA

En la monumental investigación Decadencia y caída del Imperio Romano, el historiador Edward Gibbon cuenta que el emperador Augusto dejó en su testamento un valioso consejo para sus sucesores: confinar el Imperio dentro de los límites que la naturaleza parecía haberle concedido en aquel momento como fronteras permanentes.

Con algunas excepciones, los herederos de la corona de Roma siguieron el consejo de Augusto y aunque ello no impidió finalmente su caída, el Imperio consiguió sostenerse en su integridad durante casi quinientos años más.

Después de 25 años de progresivo acercamiento a los parámetros medios europeos, de conseguir un volumen de público más que notable y unos niveles de calidad muy destacados, el sector escénico español está en situación de seguir el consejo de Augusto, encerrando su modesto imperio dentro de unas fronteras permanentes que tendrá que defender con todo el esfuerzo, el más creativo de los ingenios y la mayor habilidad táctica frente a la tormenta perfecta que amenaza con hundir la nave tan trabajosamente construida.

Unas fronteras cuyo límite norte mantendrá como máxima que el público es razón de ser del teatro, su recurso estético y económico. La frontera sur deberá basarse en una defensa, clara pero pragmática, de las artes escénicas como bien público. Hacia el este, la divisoria exige una intensificación de las complicidades entre los integrantes del sector, siguiendo la sugerencia del guionista Robert Anderson de que “en todo matrimonio que ha durado más de una semana existen motivos para el divorcio. La clave consiste en encontrar siempre motivos para el matrimonio”.

Y hacia el oeste –la frontera más compleja– debemos marcar una línea definida por un pacto político que garantice el mínimo de un sector profesionalizado en el que la ocurrencia, la improvisación, el buenismo voluntarista, el localismo y la demagogia populista o electoralista sean inmediatamente desterrados y sustituidos por los proyectos proteínicos, la práctica ética y competente, la visión de conjunto y la transparencia expositiva y de gestión.

Hemos visto en estos años de abundancia, al lado de los innegables logros, mucho diletantismo juguetón, mucha frivolidad, mucho derroche disfrazado de buenas intenciones, mucho complejo paleto envuelto en cemento. Sustituir con capacidad crítica prácticas erráticas por acciones sostenibles es obligado, aunque sea en medio de un temporal como el que vivimos.

Entre esas fronteras se puede mantener este imperio, infinitamente más pequeño que el legado por el emperador Augusto, pero que, con todas sus debilidades, ha sobrevivido durante muchísimo más tiempo.

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*Miguel Ángel Varela es gerente del teatro Bergidum de Ponferrada (León).

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