Envío 6 (graffiti, silbando, fantasma…)

Ilustración de Juan Rafael.

Collage fotográfico de Juan Rafael.

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Frente al último portal de la calle que ya enfila hacia las montañas en la lejanía, hay un sofá abandonado, a la espera, quizá, del basurero. Es un anuncio de todos los que, inesperadamente, se nos presentan en los extrarradios, ése de color lila que acabo de ver en un rastrojo, o el par de ellos en una fotografía muy hermosa de José Ramón Vega. Cuando me encuentro con uno, pienso de inmediato en mi amigo el poeta Miguel Suárez, cómo pateó las afueras, descampados, suburbios tangueros, zonas fronterizas de la ciudad, volviendo siempre con algún papelito donde bullía el poema, como si trajera de allí un animal diminuto, una especie de insecto. Tengo que preguntarle si en sus caminatas de entonces se encontró algún sofá, si sucumbió a la tentación de sentarse un rato a descansar, a fumarse un pitillo, como un Molloy pausado. De todas las deyecciones que soportan los extrarradios, el sofá me parece la menos dañina. Melancólico, queriéndote acoger, queriendo contarte su historia…

(Segunda toma)
En la zona infectada que a veces atravieso para venir andando a la ciudad, hay un sofá casi nuevecito al lado de un graffiti glorioso: PENA+PENE. Y un falo (o pollón, como los de Aubrey Beardsley)  muy bien dibujado lanza a lo alto el chorro seminal. En ese lugar de escombros y alimañas, es un signo de alegría, un dios Término con priapismo (sacar foto).

En la ribera del río hay senderos por donde van los corredores y los que andan con mucha prisa. Un conocido los llama, en genérico, la Senda de los Pajaritos: los que van a saltos, los del colesterol, los de la hipertensión…, a saltos y con tanta prisa. ¿Hacia dónde? Al encuentro con la salud definitiva.

Hay veces en que la calle, inesperadamente, se ve convertida en una barraca de fenómenos de feria, una parada de monstruos (procesiones, desfiles…). Pero, no conviene olvidarlo, uno es, uno acaba siendo lo que mira, lo que ve.

De una papelera asoma un par de sandalias. Inevitable, me viene la imagen de un suicida, alguien las tiró a la papelera y después se tiró él (o ella). Como hizo el filósofo Empédocles de Agrigento, alrededor del año 430 antes de Cristo, cuando se lanzó al volcán Etna. Todo lo que encontraron de él sus conciudadanos fueron las sandalias al pie del cráter. Tantos años y persiste la imagen, aunque transformada: de cráter a papelera, ya ves…

Siempre hay alguien que va silbando a solas por la calle, como si no llevase dirección ni propósito. Es una forma de abandono, de despreocupación absoluta. Si es en la noche, parece que silbase para espantar el miedo.
El actor Luppi nos contó que en Buenos Aires la gente va siempre silbando.
“Un modo de llamar a la deidad teriomorfa, al animal totémico. Ello explica la represión social del silbido”, escribió cierto sabio alemán. En Alemania, parece ser, se reprime el silbido.

 “¿Qué es un fantasma?, preguntó Stephen. Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres”, se lee en el Ulises, de James Joyce.
Ahí viene uno.

  1. Lucía

    qué bonito, me ha parecido acompañarte en el paseo

  2. La foto cojeaba de dedicatoria, ya no. Hermosas palabras.

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