23F, qué noche la de aquel día

 Antonio Tejero toma el Congreso el 23F

 

Por ANTONIO BERMEJO PORTO

Aquel 23 de febrero de 1981 me pilló estudiando quinto de carrera en Madrid y pensé que el sueño se había acabado. Han pasado 32 años y ya casi nadie recuerda la ominosa época del ruido de sables, los militares cesaristas y las proclamas promoviendo un golpe de timón en el rumbo de la Patria. Cuando saltó la noticia en la radio, estábamos bebiendo cerveza en el Gobolen (una cafetería en la calle San Francisco de Sales), a nuestro lado tomaba un café una señora con maternal gesto que levantó el puño y exclamó: “¡Ya era hora!”. En ese momento le tuve más miedo a la señora que a los carros de combate. En la radio un humorista anunció la salida a la venta en grandes almacenes de la medalla del terror: “Hoy Tejero más que ayer, pero menos que mañana”.

El Rey estuvo en su sitio, a Gutiérrez Mellado no consiguieron tirarlo los del Cuartelillo, Santiago Carrillo siguió fumando paciente sin tirarse al suelo como casi todos, hasta Fraga estuvo a la altura rechazando cualquier trato de privilegio al grito de “¡Más vale morir con honra que vivir con vilipendio!” –pareció entendérsele– lo cual no era del todo adecuado ya que al primero que pensaban despenar era al solitario fumador. Sabino Fernández –secretario general de la Casa del Rey– a la pregunta del General al mando de la División Acorazada Brunete sobre si había llegado a Palacio el golpista Armada contestó con la histórica frase “Ni está, ni se le espera”.

El diario El País tituló “Golpe de Estado. El País, con la Constitución” –puedo imaginarme el apresurado debate sobre la coma–. ABC se quedó en un académico “Asalto armado al Congreso”, vamos, como si fueran a robar o así.

Un rotativo sueco al recibir la fotografía de agencia donde se veía a un Tejero conminatorio, pistola en mano, en el salón de sesiones del Congreso tituló: “Un torero asalta el Parlamento español”. Afortunadamente hace tiempo que la imagen del guardia Tejero –como despectivamente decían sus compañeros de Academia– encañonando a los diputados es casi tan exótica como lo sería la de un matador de toros dando un golpe de Estado.

La verdad es que hubo suerte. Eran los días en que el postfranquismo había anidado en el ánimo de muchos españoles y el miedo alimentaba nostalgias de la dictadura hasta en aquellos que nunca la apoyaron. Afortunadamente hoy el Gobierno no consulta a los uniformados ni para bajarles el sueldo.

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