Esperando el ciclón

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El autor de este artículo decidió hace seis meses “tomar por una vez el sendero inesperado”, abandonar España y embarcar hacia la lejana isla francesa de La Reunión, en el océano Índico. Desde allí nos cuenta, en este nuevo artículo, cómo se afronta la llegada de un ciclón, algo habitual por esas latitudes en esta época del año.

Por GERMÁN RICOY

La fotografía no es buena, porque no lo son la cámara ni el ojo, tan miope, que se situó tras ella, pero ilustra mis preparativos para afrontar la llegada de un ciclón, aquí siempre el penúltimo: el tabaco de reserva, de la marca “Che” con el irónico aviso (demasiado irónico) sobre la letalidad del tabaco bajo la cara del Comandante; un paquete de velas para afrontar los posibles cortes de luz con la imagen del Sagrado Corazón, curioso contrapunto del icono guevariano; el mando del aire acondicionado para soportar el calor en una estancia de ventanas y postigos bien atrancados; las obras completas de Miguel Mihura y El orden libertario, de Michel Onfray, para mantener la cabeza en su sitio; un gato negro que pasaba por ahí y un martillo deshozado que, sin embargo, puede servir como paño de lágrimas si la situación se vuelve desesperada.

Por aquí los ciclones son habituales en esta época del año y el viajero de larga estancia aprende pronto a estar pendiente de las informaciones meteorológicas. Al principio cuesta comprender la cara de preocupación de la gente cuando te muestra una fotografía de satélite en la que se ve una tormenta tropical formándose a dos mil kilómetros de distancia que se desplaza en dirección sur a una velocidad de nueve kilómetros por hora. Todo te parece muy lejano y muy lento, hasta que ese mismo día pasas por una carretera en la que están construyendo un nuevo puente y ves, al lado de la obra, los restos del puente anterior, de 550 metros de longitud, que fue destrozado por el ciclón Gamede a finales de febrero de 2007. Regresas a casa, consultas de nuevo la información del tiempo y ves que la tormenta ha evolucionado hasta convertirse en ciclón y que la velocidad de la furiosa masa eólica ha ascendido hasta los catorce kilómetros por hora y que ya se encuentra a poco más de mil kilómetros de la isla, que se ve minúscula esperando el embate de esa tremenda masa compuesta de agua y viento en furiosa acumulación. Entonces vas al supermercado más cercano y te encuentras con largas colas de gente acumulando provisiones y garrafas de agua, sobre todo muchísimas garrafas de agua y te dices que tal vez sea mejor tomar algunas precauciones y, sobre todo, hacer acopio de víveres y de agua, mucha agua, porque la que cae del cielo suele traer consigo el corte del suministro o, en ocasiones, convierte lo que sale del grifo en una ponzoña no apta para el consumo humano.

Vuelves a casa y a la página de información meteorológica y te enteras de que el ciclón está cada vez más cerca y ha acelerado la velocidad de su trayecto hasta los veintiún kilómetros por hora, situándose ya a unos quinientos kilómetros de la isla. Pones la radio, que ya no apagarás hasta que todo pase y oyes que se ha decretado la alerta roja para el día siguiente, que las olas sobre la carretera del litoral ya alcanzan los cuatro metros de altura y que se prevé que mañana dupliquen su altura, junto con vientos que pueden alcanzar los ciento ochenta kilómetros por hora, aunque para entonces estará completamente prohibido circular no sólo por las carreteras sino también por la calle. La alerta roja equivale a un toque de queda y entonces uno comprende que es el momento de retirar todos los muebles y macetas de la terraza, atrancar bien los postigos y esperar hasta que todo pase.

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Al final, el ciclón Dumile que inauguró la temporada del 2013, pasó rozando la isla sin causar demasiados daños. Es cierto que estuvo cayendo mucha agua durante cuatro días de forma casi ininterrumpida, que más de veinticinco mil personas (sobre una población de unos ochocientos cincuenta mil habitantes) sufrió cortes de electricidad y de agua pero no llegó a causar grandes daños.

En el tiempo que pasé encerrado aproveché para volver a ver Cayo Largo, echar de menos a Nora Temple y escuchar una y otra vez “Rabo de nube”, aquella canción de Silvio que hacía muchos años que no oía. Y pensaba, cómo no, en todas las feas tristezas que dejé atrás en España. A pesar de mi desarraigo o tal vez por eso mismo, no dejo de estar informado sobre lo que pasa en ese país en el que tanto oíamos hablar del anticiclón de las Azores, responsable de la general bonanza del tiempo mediterráneo.

Pero hoy parece que el clima es lo único bueno que le queda a ese país. Nunca he tenido más patria que mi idioma y siento cierta alergia ante himnos y banderas, pero no puedo ni quiero evitar el sentir algo especial por el lugar en el que vive mi gente más querida, un país que hoy sufre más que nunca el saqueo al que lo somete una oligarquía demasiado grande, desmantelado por un huracán de codicia y desvergüenza inaudito que está condenando a tanta gente a perder, tal vez para siempre, la ilusión y, algo peor aún, el derecho inalienable a ser felices, algo que demasiadas personas ya ni siquiera se plantean.

Y me gustaría que un gran ciclón pasara por allí. Un barredor de tristezas, un aguacero en venganza, como dijo Silvio, que se lleve con él la ponzoña que lo está ahogando, volviendo la realidad irrespirable, no apta para el consumo humano.

El paquete de velas con la imagen del Sagrado Corazón permanece intacto, porque no ha habido cortes de luz. En la radio los oyentes bromean acerca de la naturaleza de un ciclón que no resultó tan fiero como lo pintaban, aunque no puedo dejar de pensar que en lugares cercanos y más pobres que esta isla, en los paraísos turísticos como Mauricio, o en la exótica Madagascar que Dreamworks (menudo nombre) glosa con su mirada hollywoodiense hecha de felices animalitos que nada saben de las condiciones vitales de sus habitantes. En esos lugares, lo sé, el ciclón puede llevarse con él a mucha gente cuyo único techo es el cielo.

Enciendo un cigarrillo Che y recuerdo el estúpido mensaje de los administradores de la muerte, como los llamaba mi admirado García Calvo, aquél según el cual “fumar acorta la vida”, como si ellos conocieran su duración. Me pregunto si no será así, si en algún despacho más grande que las casas de las que tanta gente se ve expulsada hoy no habrá alguien haciendo cálculos en los que la duración de la vida de la gente ha de ser “compensada” con un nuevo aplazamiento en la edad de jubilación y en los periodos de cotización, zanahorias atadas al extremo de un palo que la gente normal, que somos la mayoría, jamás podrá alcanzar, desesperada como anda por no poder pagar una casa que le han quitado, por no encontrar trabajo o, si lo encuentra, tener que pagar su precario sueldo con la renuncia a los mínimos derechos de dignidad humana, mientras alguien, enemigo nuestro, se fuma un puro en ese despacho cuyo alquiler pagamos entre todos.

Apuro el cigarrillo y, mientras aplasto la colilla contra el cenicero, mi mano aferra el martillo que estaba sobre los libros y pienso que una vida más corta merece la pena si se vuelve digna de ser vivida. Consulto las portadas de los periódicos españoles y me doy cuenta de que durante mucho tiempo voy a seguir esperando a que llegue el ciclón.

  1. Maxi Olariaga

    Veo que pronto pusiste en práctica el refrán: Adonde fueres haz lo que vieres. Me alegro que te hayas hecho amigo de Humphrey Bogart durante la angustia.

  2. Pingback: Esperando el ciclón | Tam-Tam Press | Líquenes

  3. Maxi Olariaga

    Añado. Tampoco a mi me gustan los himnos y las banderas. Pero me gusta mucho menos los que vienen a decirte que tu no puedes tener himno ni bandera que no sea la suya. ¡Malditos colonizadores!

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