Wangari Maathai: empujemos todas juntas

Wangari Maathai.

Wangari Maathai.

La siguiente intervención se desarrolló dentro de los encuentros ‘Marzo en femenino’ organizados desde el Ayuntamiento de Astorga, a través de la Concejalía de Cultura, Educación, Igualdad, Familia y Servicios Sociales. La conferencia se impartió el día 9 de marzo de 2013.

Por MARIFÉ SANTIAGO BOLAÑOS

He de comenzar dando las gracias a la alcaldesa de Astorga, a la concejala de Cultura, Educación, Igualdad, Familia y Servicios Sociales, a las Asociaciones de Mujeres de Astorga, y a todas las personas que, una vez más, han considerado útil mi aportación a los actos astorganos que celebran el 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres. Con el mismo agradecimiento he aceptado, como me pidieron, elaborar mi intervención alrededor de Wangari Maathai, quien, directa o indirectamente, propició los encuentros astorganos de mujeres, que han ido creando un hermoso tejido de conocimiento y amistad desde hace ya más de tres años.

Wangari Maathai estaría feliz aquí, con las “hermanas astorganas”, como se habría dirigido a nosotras. Feliz porque ella era de Kenia, como somos todas las personas, porque un cierto azar nos hace nacer en uno u otro lugar de la Tierra. Pero ser de Kenia, trabajar desde Kenia aceptando su responsabilidad ciudadana, su responsabilidad histórica, no fue un obstáculo para que su labor tenga un valor universal, para que sea nuestra compatriota en el amplio país de la justicia, que tiene habitantes trabajando por él en todos los rincones del mundo y de la historia. Ser keniana –o keniata, como ustedes prefieran– no impedía que su lema, el que está escrito en la bandera de Kenia en lengua kikuyu, no fuera un canto que, como en el maravilloso romance castellano, cantaba “a quien con ella iba”. Es más, era un canto que no la abandonó ni un instante y que dejaba oir con esa sonrisa inmensa y verdadera, llena de vida incluso cuando la enfermedad le iba restando fuerza a su cuerpo.

La última vez que tuve el inmenso honor de estar con Wangari Maathai, como quien está a la sombra benéfica de un gran árbol centenario cuyas raíces sostienen sabidurías ancestrales, cuyas ramas protegen de quienes estarían dispuestos a negarlas, y cuyos frutos son viajeros, como han de serlo las verdades que ennoblecen el género humano, fue en el mes de marzo de 2011. Pocos meses después moría en su Kenia natal la primera mujer africana Premio Nobel de la Paz.

Al recibir el Premio, en 2004, reafirmaba en muchas personas, entre las que me encuentro, el compromiso filosófico y la proximidad de expresar una conciencia ecológica en la lucha por un mundo en paz, desde una perspectiva de género. La Academia sueca reconocía su esfuerzo por lograr paz y democracia, oponiéndose al régimen  dictatorial de su país. Como pudimos leer en la prensa entonces:

Sus formas de actuar únicas han contribuido a prestar atención a la opresión política, nacional e internacionalmente. Ha sido pozo de inspiración para muchos en la lucha por los derechos democráticos y especialmente ha alentado a las mujeres a mejorar su situación.

Wangari Maathai nació en el mes de abril de 1940, como hemos dicho, en Kenia. Al terminar sus años de estudiante de estudios secundarios en un colegio religioso, una beca de estudios le permite ir a Estados Unidos, Alemania y, finalmente, a Oxford, para acabar su licenciatura en Biología. Tras obtener el título regresa a Kenia, la descolonización es muy reciente en su país. En la Universidad de Nairobi, se convierte en la primera mujer Doctora de África oriental, especializándose en medicina veterinaria. Leo sus textos, los entresaco de las entrevistas, de los libros que escribió en torno al movimiento ecologista que creó, en 1977, y al que llamó “Movimiento Cinturón Verde”. Son textos que han nacido, como su sonrisa llena de vida, de una constatación de algo muy evidente, al menos para mí: la ecología es un camino riguroso y firme para alcanzar la paz. Ella dice: “La paz en la tierra depende de nuestra capacidad para asegurar el medio ambiente”.

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Wangari Maathai solía decir que la primera fuente de inspiración para su vida fueron las montañas, especialmente en lo que respecta a la “biodiversidad cultural”. Tal vez se deba al hecho de haber nacido y pasado la mayor parte de su niñez en Kenia central, a los pies del Monte Kenia, que es sagrado para los kikuyu y para las otras comunidades que viven alrededor del mismo.

Desde su punto de vista, democracia y paz, que sólo se logran a través de un desarrollo sostenible, son términos que van unidos. Por eso, elige el Árbol como símbolo de su lucha: la reforestación es un modo de enfrentarse a la lluvia ácida, a la pérdida de un ecosistema, a la destrucción de una comunidad. La pérdida de árboles trae aparejada la desertización, y esta, junto a la escasez de madera, trae el cambio de los hábitos alimenticios, la desnutrición, el hambre y la pobreza, por lo tanto.

Los políticos desarrollistas, dice, suelen olvidarse del medio ambiente, lo que, en su manera de ver la vida, es contradictorio con lo que un político debe hacer, esto es, servir, con amor, a los demás. Así, afirma, se lo enseñaron sus padres y sus profesores. Y así, desde luego, se lo enseña ese gran símbolo que la montaña y el árbol contienen. Desde esta perspectiva, el desarrollo sostenible va unido al respeto, a los valores democráticos; por tanto, a los derechos humanos, a la justicia social y a la equidad.

Wangari Maathai se reconoce elite intelectual; eso no impide que una gran mayoría de los miembros del Movimiento Cinturón Verde sean mujeres del ámbito rural, analfabetas y, como suele ocurrir tantas veces, absolutamente anónimas, con la fuerte carga social que el término conlleva. Tal circunstancia exige que la máxima del Movimiento quede recogida en la palabra harambee, cuya traducción sería algo parecido a “empujemos todos juntos”. Y en ese lema va escribiendo su propia acción cívica. Cuando se incorpora a la Universidad de Nairobi como profesora, y militando ya en la Asociación de Mujeres Universitarias, comienza a reclamar la igualdad de salarios para los profesores y para las profesoras. Al tiempo, empieza a trabajar con las mujeres del campo, a escucharlas, a aprender de ellas. Comprueba que las quejas de todas ellas son muy semejantes: inseguridad alimentaria, malnutrición, por lo tanto, falta de agua, de leña, de ingresos.

“No podemos quedarnos sentadas a ver cómo se mueren de hambre nuestros hijos”, les dice. “Si no tenéis leña, plantad árboles”.

Desde el año 1975, Wangari Maathai trabaja en esta línea. Cuando se empiezan a plantar árboles y plantas indígenas, recuperando los cultivos tradicionales, empiezan a regresar los pájaros y los pequeños mamíferos, con la consiguiente “recuperación” del entorno. De este modo, llegó un momento en el que la Organización era más eficaz que los propios departamentos ministeriales responsables del tema, así que con este “resurgimiento de la esperanza” empezaron, también, las suspicacias y la represión contra los granjeros.

Sumémosle a esto el hecho de que un cambio como el que el Movimiento Cinturón Verde implica obliga, aunque no se pretenda, a una reflexión. Y en esa reflexión aparece la historia más reciente de Kenia y de un gran número de países africanos, para los que la descolonización significa una segunda afrenta, en cuanto se produjo con escasos atisbos de piedad. La primera afrenta tenía que ver con la “desmemoria”. Así, el Movimiento Cinturón Verde incluye la recuperación de su propia memoria histórica, puesto que la colonización había hecho que muchas personas relevantes de Kenia hubieran sido olvidadas. Por eso, cada árbol que se planta, cada ceremonia de “salvar la propia tierra plantando un árbol”, harambee, tiene un tema o está dedicado a alguien. Tal ceremonia es un “cinturón verde”, y la primera tuvo lugar el 5 de junio de 1977. Desde entonces, el Movimiento ha plantado más de 47 millones de árboles.

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El presidente de Kenia era, en los comienzos del activismo de Maathai,  Daniel Arap Moi. Maathai sufrió detenciones, fue golpeada y amenzada de muerte. Pedía, en la hoy conocida como “Esquina de la Libertad” del Parque Uhuru, la liberación de los presos políticos de los años 80 del novecientos. La violencia no acalló su voz ni redujo su fuerza. En 1989, el “Movimiento Cinturón Verde” salva el Parque Uhuru de Nairobi, impidiendo una operación urbanística especulativa que habría destruido este lugar tan emblemático y necesario en la ciudad. Dice:

La gente me pregunta con frecuencia por qué no tenía miedo. La mejor manera que tengo para explicarlo es decir que yo no proyecto el miedo. Si tú te mantienes concentrada en lo que quieres obtener, entonces, en efecto, irás exactamente al lugar donde mucha gente no se atrevería a ir. No es que sea valiente o que no vea las consecuencias, sino que al no proyectarlo, yo no adopto el miedo que con tanta frecuencia nos frena al perseguir nuestras metas.

Cuando en 2002 gana las elecciones Mwai Kibaki llama a Wangari Maathai para que sea Ministra de Medio Ambiente y Recursos Naturales. Lo aceptará, creando, además, en 2003, un partido político ecologista, que contó con miles de seguidores: Mazingira Green Party of Kenia.

El movimiento “Cinturón verde” llena la desesperanza, literalmente, de árboles. Imagínense: un grupo de mujeres, muchas de ellas analfabetas, la mayor parte muy pobres, se rebelaban contra el expolio al que se estaba sometiendo al bosque, la tierra, lo que provocaba un desequilibrio climatológico, sequía, por lo tanto, y con ella la devastación de la naturaleza, la imposibilidad de alimento, hambre, muerte, conductas delictivas en todos los sentidos. Y una flagrante desigualdad entre los que “vendían la tierra” a otros consiguiendo un dinero, un beneficio que no se repartía, y quienes no participaban, por tanto, de ese beneficio. Como en tales condiciones sociales las mujeres son las que sostienen la precaria economía familiar, porque, por ejemplo, los hombres emigran, desaparecen, no están, la pobreza se feminiza. Y en tal feminización deviene en enfermedad, en desconsideración, en borradura como persona, etc., etc., etc. Wangari Maathai empieza a darle responsabilidades a las mujeres rurales, primero para que ellas gestionen las semillas que sembrarán en las pequeñas parcelas que cada una pueda tener, y después en lugares públicos con la ayuda del Movimiento Cinturón Verde. Cuando en 2004 le otorgaron el Nobel de la Paz, ya había 3.000 viveros gestionados por 35 mil mujeres.

Plantar árboles, un símbolo revolucionario

Hoy, incluso con la situación terrible que está sufriendo Kenia en nuestros días, tras años de persistencia y de reconocimiento del fruto extraordinario de esta resistencia de las mujeres, plantar árboles sigue siendo un símbolo revolucionario que, además, ha logrado recuperar zonas enteras de Kenia y de otros países de África, a la par que se recuperaban unos principios de dignidad ejemplares. He tenido el honor de estar en la plantación de uno de esos árboles en el parque de Nairobi, en ese “parque o bosque de la libertad”. Os aseguro que la sonrisa de Wangari Maathai tenía la misma fuerza que ese sol capaz de derretir la nieve. En la sentencia de divorcio, el juez dijo de ella que era cabezota, triunfadora, con mucho nivel educativo, demasiado fuerte y muy difícil de controlar. Lo decía, obviamente, todo en un sentido peyorativo, nosotras sabemos el halago que supone esa descripción de su carácter.

La ecología, entendida como respeto en un sentido amplio que incluya, por supuesto, la actitud que respeta a los otros, que teje espacios de convivencia, es un camino firme hacia la paz activa. Afortunadamente, el concepto de “sostenibilidad” empieza, de una vez, a entenderse como respeto en todos los órdenes, incluso más allá de la idea de respetar la naturaleza sin más, porque en tal respeto ya se incluye, aunque haya tenido que explicarse, las relaciones que los seres humanos establecemos con ella, los pactos que establecemos con la vida. La vida que, en el caso de las personas, exige dignidad y posibilidad innegociable de futuro. Hablo, pues, de que el desarrollo sostenible va unido al respeto, a los valores democráticos, a los derechos humanos, por lo tanto, a la justicia social y a la equidad.

He sentido tal experiencia entre las mujeres africanas. Con los medios más precarios, están consiguiendo darle un porvenir a lo que, en apariencia, no lo tiene. Como en tantos lugares de este planeta, más “paternal” que “maternal”, se valen de los conocimientos prácticos tradicionales para fundamentar el futuro: quieren aprender a leer, a escribir, que así lo hagan sus hijos y sus hijas; quieren dejarles de herencia esa fuerza. Desde los comedores colectivos para alimentar a los hijos de todas, hasta las cooperativas de mujeres, como aquella que visité en Maputo, con cuyos rendimientos las mujeres han abierto una escuela primaria y otra de formación profesional, para que sus hijos puedan construir otro mañana muy distinto del que a ellas se les impuso. Ni las enfermedades terribles, o la tradición difícilmente cuestionable que las propaga, frenan la voluntad de miles de mujeres en todo el mundo, de miles de mujeres africanas en particular, que han hecho a sabiendas o por pura intuición lo que a alguien como Wangari Maathai le hizo obtener el Premio Nobel de la Paz.

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Naciones Unidas ha declarado 2013 “Año Internacional de la Cooperación en la Esfera del Agua”. Desde 1992, cada 22 de marzo se viene celebrando el Día Mundial del Agua. Una extraña y hermosa coincidencia hace que justo un día antes, el 21 de marzo, sea el Día Mundial de la Poesía. Está bien… Wangari Maathai recordaba su infancia de niña africana yendo, cada día, a por agua. Recordaba la pureza del agua de su infancia, y cómo la reencontró contaminada, esquilmada por la especulación y el abuso. Debemos añadir nosotras otro ángulo, que subyace en la obra de la Mujer Árbol: que las niñas en tantos lugares del mundo sean las depositarias de la obligación de obtener agua para la familia, y que en la mayor parte de los casos el agua esté lejos e impide que vayan a la escuela. Un pozo en una aldea –lo he visto así en Níger, por ejemplo– es el principio de la libertad para las niñas, su posibilidad de asistir a clases como lo hacen los niños. Agua e Igualdad son dos realidades que discurren, en una buena parte de la Tierra, muy próximas. Obtener una es el camino previo para obtener la otra. Hay que sumarle un hecho tremendo: para muchas niñas del mundo “el camino del agua” es una fuente de violencia, de inseguridad. Por lo tanto, la buena obtención del agua trae consigo la certeza de que el futuro mejora porque lo hace el presente.

Poco antes de morir, como les decía, Wangari Maathai estuvo en España, en el Encuentro de Mujeres españolas y africanas por un Mundo Mejor. Habló, una vez más de que los malos hábitos reproducen comportamientos dañinos, y de que en África hacían falta prácticas de buen gobierno, comportamientos ejemplares. Pidió protección para los bosques del mundo, se centró, sobre todo, en los bosques del Congo. En el Encuentro estaba la periodista congoleña Caddy Abzuba, amenazada de muerte en su país por haber denunciado las atrocidades cometidas por la guerrilla en el conflicto bélico que el Congo lleva padeciendo años. Por denunciar cómo se reitera la humillación en el cuerpo de las mujeres desde la antigüedad más remota, sin importar si hablamos de países más o menos desarrollados, más o menos industrializados, si nos referimos a economías básicas o a economías sofisticadas, a lo rural o a lo urbano. De la Guerra de los Balcanes a la Guerra del Congo, por hablar de dos realidades próximas y que nos son contemporáneas, hay demasiados casos atroces de mujeres convertidas en botín de guerra. Nuestro entorno es más sutil a la hora de reiterar esas conductas criminales reprobables, pero todas ellas coinciden en ser conductas delictivas “de género”.

Wangari Maathai pensaba que cuando plantamos árboles, plantamos la semilla de la paz y de la esperanza:

Empecé a plantar árboles para acercarme a las necesidades básicas de las mujeres en las zonas rurales. Y, trabajando con ellas, vi que degradación ambiental y pobreza van juntas, vi que hay un nexo entre esa degradación y la falta de agua potable. Conecté la degradación con el reto de solucionar necesidades básicas. Cuanto más me involucraba, veía que muchos de los problemas se relacionan con la degradación ambiental y el mal gobierno. Y saqué la conclusión de que sin espacios democráticos es imposible proteger el medio ambiente y solucionar las necesidades de las comunidades.

El desarrollo se sustenta en el desarrollo de los derechos, si no no es nada más que palabrería y maquillaje. Su acción, entendida en una esfera práctica pero también simbólica puede ser un ejemplo. Visité el suburbio infernal de Kibera, en Nairobi, la primera vez que estuve en África. Qué paradoja: “Kibera” significa “bosque”. Quiero que sepamos que la extrema gravedad de lo que ocurre en ese lugar del mundo es, precisamente, la posibilidad de que algo así ocurra. Escasos tanques de agua potable como mucho un par de veces por semana, recipientes donde se recoge el agua, mafias que se ocupan del reparto, millones de personas hacinadas y enfermas en condiciones insalubles, y mujeres jóvenes que ponen en marcha, sin que seamos capaces de explicarnos de dónde sale su fuerza, proyectos ínfimos que entregan mundos impensables, hormigas que horadan, con su valor, cadenas montañosas inmensas de enfermedad, violencia y derrota.

La pobreza es invisibilidad. Hace falta que se vea para que se cure, porque es una enfermedad social que hay que tratar con medios terapeúticos sociales, es decir, con responsabilidad, con respeto, con solidaridad y con medios como la educación, como la información, como el agua. Extendamos esta reflexión a nuestro ámbito, sé que sabrán extrapolar mis palabras a nuestras pequeñas capacidades diarias.

Acabo, como no podía ser menos, con las palabras de Wangari Maathai, nuestra homenajeada en esta Semana, en este mes de las Mujeres en Astorga:

La experiencia me ha enseñado que servir a los otros tiene sus recompensas. Los seres humanos pasamos tanto tiempo acumulando, pisoteando, negando a otras personas. Y, sin embargo, ¿quiénes son los que nos inspiran incluso después de muertos? Quienes sirvieron a otros que no eran ellos.

Sea. Muchas gracias.

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